Por: Sergio Mesa Salazar*
Un centro histórico empieza a recuperarse de verdad cuando las personas vuelven a caminarlo con normalidad. No cuando los edificios han sido restaurados, ni cuando las plazas lucen renovadas, sino cuando alguien decide ir al centro un martes por la noche sin pensarlo dos veces.
Uno de los casos más ilustrativos de recuperación urbana en Latinoamérica es el Centro Histórico de Ciudad de México. A diferencia de procesos centrados únicamente en restauración patrimonial, la experiencia mexicana entendió que el centro debía seguir funcionando como una parte activa de la ciudad. La recuperación combinó espacio público, movilidad, actividad comercial, vivienda, cultura, iluminación, seguridad y recuperación de inmuebles, pero sobre todo mantuvo una lógica de uso permanente, de día y de noche.
Parte importante de ese proceso fue evitar que el centro quedara reducido a oficinas públicas o turismo ocasional. El Centro Histórico de CDMX mantiene actividad comercial intensa, restaurantes, servicios, equipamientos culturales, hoteles, comercio tradicional y nuevos negocios conviviendo dentro de un mismo espacio urbano. Esa mezcla de usos permite que exista presencia constante de personas y actividad económica, algo fundamental para sostener la vitalidad urbana y reducir procesos de abandono o deterioro.
El centro no solo atrae turismo extranjero. Mantiene una presencia cotidiana de ciudadanos mexicanos que trabajan, compran, caminan o realizan actividades diarias en la zona, como ocurre en muchas ciudades del mundo donde el centro histórico sigue formando parte activa de la vida urbana y no ha sido desplazado hacia los márgenes del imaginario colectivo. Caminar hoy por varias zonas del centro de CDMX permite ver justamente eso: personas entrando y saliendo del metro, restaurantes y comercios funcionando durante buena parte del día, oficinas, turismo, vendedores, familias, actividades culturales y movimiento permanente en el espacio público.
El metro que atraviesa el Centro Histórico de CDMX, con varias estaciones subterráneas en la zona, facilita el acceso diario de miles de personas y reduce la presión de vehículos particulares dentro del área. A eso se suma una red de buses que circula por las avenidas perimetrales, permitiendo mantener conectividad y accesibilidad sin saturar las calles internas. No se trata de infraestructura espectacular, sino de condiciones básicas que hacen posible que la gente llegue y permanezca.
Otro factor fue la participación de inversión privada. La intervención pública mejoró condiciones urbanas y espacio público, pero esa mejora terminó atrayendo también inversión en vivienda, hoteles, comercio y reutilización de edificios históricos. En distintas zonas del centro es posible ver inmuebles patrimoniales reutilizados, hoteles funcionando en antiguas casonas, restaurantes, cafeterías y nuevas actividades económicas que han devuelto movimiento urbano a calles que durante años habían perdido dinamismo. Los centros históricos pueden volver a generar interés económico cuando existe continuidad de gestión, mejores condiciones urbanas y una visión de recuperación de largo plazo, pero eso también requiere generar condiciones para que ciudadanos, visitantes e inversión privada vuelvan a confiar en el centro como un espacio con actividad y futuro.
En los últimos años, las propias autoridades de CDMX han impulsado conciertos y actividades multitudinarias en el centro histórico, convocando a cientos de miles de personas en su plaza principal, el Zócalo, y su entorno. Más allá de los eventos en sí, eso refleja algo más estructural: el centro mantiene capacidad de convocatoria y forma parte de la vida cotidiana de la ciudad. La población asiste con naturalidad, usa el espacio público y reconoce el centro como un lugar activo, accesible y seguro. Es el resultado acumulado de años de gestión sostenida.
No estamos hablando de un modelo perfecto. Como muchas grandes ciudades de Latinoamérica, CDMX también enfrenta problemas serios: comercio informal difícil de ordenar, presión inmobiliaria que desplaza usos tradicionales, inseguridad en ciertas zonas y deterioro que persiste en áreas menos intervenidas. Sin embargo, ha logrado mantener un centro histórico con actividad económica, presencia cotidiana y capacidad de convocatoria, evitando que el deterioro termine expulsando completamente la vida urbana del centro.
El Centro Histórico de Ciudad de México es recorrido con naturalidad, genera actividad económica y convoca a sus propios ciudadanos. Fruto de más de veinte años de gestión sostenida, ha logrado algo más que preservar su patrimonio, ha vuelto a ser parte activa de la ciudad.
Autor: Sergio Mesa Salazar
Sobre el autor: Abogado con más de 20 años en la alta dirección del Estado peruano, con trayectoria en los niveles distrital, metropolitano y nacional. Ocho años como Gerente Municipal de Miraflores, con responsabilidad directa sobre la conducción administrativa, operativa e institucional del municipio. Experiencia en la Municipalidad Metropolitana de Lima, el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, Pronabec y la Defensoría del Pueblo. Especializado en gestión pública y ciudades: gobernanza municipal, políticas públicas urbanas, modernización institucional y mejora de servicios a la ciudadanía.















0 comentarios