En la Comuna 4 de Medellín, se encuentra un lugar que desafía la idea convencional de un museo como un depósito estático de objetos antiguos. La Casa Museo Pedro Nel Gómez, conocida por muchos como nuestra casa en Aranjuez, es un espacio de puertas abiertas donde el arte, la historia y la naturaleza convergen para formar un ecosistema cultural vibrante; donde el silencio lo interrumpen el canto de los pájaros que habitan sus árboles, las conversaciones de quienes llegan a recorrerla y las risas de los grupos que descubren, entre sus pasillos y jardines, nuevas formas de encontrarse con la ciudad.
Entrar en esta casa es adentrarse en la intimidad de uno de los artistas más prolíficos de Colombia. Aquí, Pedro Nel Gómez diseñó y construyó su hogar, además, formó su familia y desarrolló una obra que retrató el pulso social, económico y político del país. Aún hoy, conserva algo de ese espíritu doméstico: la luz se cuela entre los ventanales, el jardín abraza los recorridos y cada espacio parece conservar el eco de una conversación, de una pincelada o de una idea que nunca terminó de irse.
La casa custodia un tesoro monumental: 3.529 obras y 160 metros de mural al fresco integrados en su arquitectura, parte de los más de 2.200 metros cuadrados de murales que el maestro dejó en distintos lugares de Colombia.

Para Álvaro Morales Ríos, director de la institución, la vocación del museo trasciende la contemplación. Se trata de una responsabilidad con la memoria colectiva.
“Somos depositarios de una de las más grandes colecciones de arte e historia que dispone el país… Un artista que se dio a registrar los más grandes acontecimientos nacionales y envolver a la ciudadanía del común en los personajes de su estética de trabajo”, afirma.
Lo que realmente convierte a este espacio en un museo vivo es su capacidad de transformarse y responder a las necesidades de su entorno. El componente pedagógico del museo ha logrado que el legado del maestro, apasionado observador de la naturaleza, se traduzca hoy en acciones concretas de educación y conservación ambiental.
Aquí el patrimonio no permanece inmóvil detrás de una vitrina; florece, se siembra, se conversa y encuentra nuevas maneras de echar raíces en el territorio a partir de las construcciones colectivas.
En sus zonas verdes, el proyecto de huerta comunitaria trabaja en la recuperación de suelos afectados por la expansión urbana, convirtiendo el jardín en un pulmón verde y un refugio para la biodiversidad. El movimiento de las hojas, la siembra de todo y el zumbido de los polinizadores transforman el paisaje sonoro del barrio y recuerdan que la naturaleza tiene lugar en medio del concreto. Allí, también, participan colectivos dedicados al cuidado y la documentación de las abejas nativas.
Carlos Arturo Toro, licenciado en Artes Plásticas y colaborador del área educativa, explica que estos procesos buscan conectar, nuevamente, a las personas con el entorno natural.
“Estos museos son espacios vivos donde permanentemente estamos desarrollando estrategias y proyectos nuevos de participación, desde la primera infancia hasta adultos mayores”, señala.
En este lugar, las prácticas de siembra, el aprendizaje artístico y la educación ambiental se encuentran para demostrar que el patrimonio se va cultivando.

Para visitantes como María Victoria Giraldo, recorrer el museo es una experiencia que va más allá del arte. “A mí personalmente la casa museo me brinda paz, me brinda algo como un agradecimiento de que exista, porque en realidad que en este momento ella esté acá es algo demasiado valioso para la ciudad”, expresa.
Esa capacidad de permanecer vigente, abrir espacios para la comunidad y acercar el patrimonio a nuevos públicos ha sido fortalecida gracias al trabajo conjunto con diferentes aliados.
Entre ellos se encuentra EPM, que ha respaldado iniciativas culturales y pedagógicas orientadas a la formación de públicos y al acceso a la cultura. Gracias a esta alianza, durante el último año se realizaron recorridos como Las huellas del maestro, que permitió a los participantes descubrir la presencia de Pedro Nel Gómez en distintos puntos del centro de Medellín; talleres de mural al fresco para jóvenes en Manrique Guadalupe y en la Casa Museo; y experiencias artísticas con niños de Buen Comienzo en Moravia.
En una de estas actividades, los niños llegaron a relacionar al maestro con un superhéroe, muestra de cómo el arte sigue despertando curiosidad e imaginación en las nuevas generaciones.
Para el director del museo, este tipo de acompañamientos tienen un valor especial. “Valoramos mucho las vinculaciones como las de Empresas Públicas de Medellín (EPM), que ingresan directamente a programas de divulgación y formación, cumpliendo una valiosa cuota de responsabilidad social”, destaca Álvaro.
La Casa Museo Pedro Nel Gómez un espacio donde la memoria dialoga con el presente, donde los vecinos encuentran oportunidades para aprender, crear y compartir, y donde el patrimonio es una construcción colectiva. Es una rareza hermosa dentro de Aranjuez, su arquitectura, sus jardines y la manera en que el arte convive con la naturaleza, construyendo una estética que rompe con el paisaje urbano inmediato y recuerdan otras formas de habitar el territorio.
Como bien lo expresa María Victoria, el sentido de pertenencia que se genera alrededor de este lugar también nace de quienes creen en él. “Esta casa perdura por esas alianzas. Ese creer, crear y dar la oportunidad a todos nosotros es demasiado valioso”, afirma.
Desde Aranjuez, esta casa sigue abriendo sus puertas para recordar que la cultura vive en los muros, en las colecciones, en las personas que la recorren, la cuidan y la mantienen en movimiento. Porque en nuestra casa en Aranjuez, la historia sigue pintándose todos los días.














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