Search
Generic filters

Las esculturas que tutean a la gente

Oct 23, 2020 | Cultura, Destacado 1

Por: Andrés Puerta

El día de la inauguración de la Plaza Botero, al maestro Fernando se le salieron las lágrimas cuando el obispo bajó y le dijo a él y al alcalde que se sentaran en el altar mayor de la Basílica Metropolitana. En ese momento recordó cuando entraba a la iglesia de la mano de su madre que recién había enviudado, que trabajaba muy duro para poder sacarlos adelante. Se imaginó el orgullo que ella sentiría viéndolo allí.

Entre las décadas de los ochenta y noventa, la ciudad y el país estaban sumidas en una crisis profunda, la muerte se paseaba por cada esquina en forma de bala y estallido. Medellín fue considerada la capital urbana más peligrosa del mundo, en 1991 se registraron 4 mil asesinatos, algo así como la cifra necesaria para llenar dos veces el teatro más grande de la ciudad. Todas las personas e instituciones estaban en crisis, el Museo de Antioquia llevaba 4 años sin pagar sueldos ni parafiscales, las luces de las diferentes salas únicamente las prendían cuando entraba algún visitante. Paradójicamente, Fernando Botero vivía su momento de mayor esplendor y prometió una gran donación a su ciudad natal.

La encargada de liderar el proceso fue Pilar Velilla, una mujer de ojos claros, sonrisa discreta y gran poder de convencimiento. Cuando llegó al viejo Museo, ubicado al lado de la iglesia de la Veracruz, algunas obras estaban en un cuarto sin control de humedad ni temperatura, otras estaban debajo de las escaleras, el registro se llevaba en un cuaderno escolar. En las afueras, había una cantina donde vendían drogas y licor adulterado, alcohólicos y drogadictos dormían en el piso. Comenzaron a tratar de cambiar la imagen, pusieron grandes jarrones con rosas en la entrada, trataron de atraer nuevos públicos. Llegaron colegios, padres de familia con sus hijos. En poco tiempo, se trasladó la cantina y al frente pusieron una venta de artesanías.

Fernando Botero fue el encargado de la ubicación de cada escultura y también decidió dónde poner las obras donadas al Museo.

Después, se comenzó a gestionar el traslado del Museo para una nueva sede, se visitaron terrenos en Bello, en la Fábrica de Licores y, al final, se decidió que fuera en el edificio del antiguo Palacio Municipal, el primero construido por una firma local, diseñado por el arquitecto Martín Rodríguez, con patio central, ladrillo a la vista y murales de Pedro Nel Gómez. El proceso se convirtió en una icónica alianza entre el sector público, en cabeza del alcalde de la época, Juan Gómez Martínez y el sector privado, liderado por Tulio Gómez Tapias.

De manera paralela, se comenzó el proceso de la construcción de la Plaza de las Esculturas, un espacio de 7 mil metros cuadrados, con 23 estatuas donadas por el maestro. Tuvieron que demolerse edificios como el Luna Park (donde había billares, cafetería, sastrerías y peluquerías) y el de oficinas del Metro. Don Jhon Mario Areiza trabaja en el sector desde 1996, en su máquina de escribir redacta contratos, compraventas, etc. recuerda que, con la cantidad de polvo tuvo que moverse de un lado para otro. La Plaza se construyó como una nueva centralidad para Medellín, que después de la obra del viaducto del Metro perdió el centro natural, ubicado en el Parque de Berrío.

El día de la inauguración, se hizo un festival con 800 artistas, desde una bailarina de ballet hasta un grupo de rock. Ese fue el día en el que Botero lloró y en el que, además, se convirtió en el primer guía del Museo, al conducir varias expediciones de niños por los salones, corredores y escaleras.

 

Lea también: Fernando Botero en el centro de la escena. 

Por estos días se celebraron 20 años de aquel momento , Alberto Ávila es fotógrafo desde hace 15 años en la Plaza, llegó desplazado del municipio de La Dorada, Caldas, él ha sido testigo de la transformación que ha traído para la ciudad este espacio que es epicentro turístico. Con el dinero que gana fotografiando a turistas locales, nacionales y extranjeros obtiene su sustento y paga la educación universitaria de sus dos hijas.

María del Rosario Escobar, actual directora del Museo, una mujer entregada a la cultura y que ha establecido un diálogo permanente con el entorno de la Plaza, piensa que la mejor forma para celebrar es adquirir mayor conciencia, pensar e investigar sobre el espacio público, analizar lo que fue esta alianza pública y privada, dejar un legado, un conocimiento, por eso están desarrollando una investigación y un documental sobre el Museo y la Plaza Botero.

Mientras en otros espacios de la ciudad a las esculturas hay que mirarlas hacia arriba, porque están montadas en pedestales y son inalcanzables, en la Plaza están cerca, interactúan, puede decirse que tutean a la gente.

Para María del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia, las esculturas son uno de los regalos más importantes que ha recibido la ciudad, un símbolo de transformación de la Medellín en torno al arte.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Indicadores económicos

Más noticias