Hasta mascotas llevan consigo algunos mochileros. Estas también son bien recibidas en los hostales.
Foto: Giuseppe Restrepo

Cada vez son más los turistas que llegan a Medellín con necesidad de hospedaje barato. Esta situación ha sido aprovechada por algunas personas para poner a funcionar hostales sin registro. ¿Qué hay detrás de esta forma de alojamiento?

Por Valentina Castaño Marín

Basta con poner un pie dentro de Prado Centro para darse cuenta de que este barrio escapa a las dinámicas características del resto de La Candelaria. Entre el silencio y las reliquias arquitectónicas de la zona, un grupo de jóvenes resalta por su estilo. Llevan el cabello largo, de colores, recogido en trenzas, botas de montaña, pantalones cortos y mochilas que abarcan la mitad de su cuerpo. Todos hablan con acentos diferentes y, por lo que se alcanza a escuchar de su conversación, parece que van de salida. A sus espaldas se eleva una casa de tres pisos aparentemente residencial y sin ningún aviso.

Amplias y tradicionales casas del barrio Prado sirven como hostales clandestinos para mochileros.

Rodrigo hace parte del grupo. Su pelo negro le cuelga hasta la cintura en “rastas”, tiene 27 años, dice que nació en Argentina, pero que la mayor parte de su vida ha residido en Santa Cruz, Bolivia, y que de hecho fue allí donde comenzó su viaje hace ya cerca de un año. “Once meses y unos días”, aclara con un tono que no deja siquiera entrever pizca de nostalgia.

Viaja ligero. Cuenta que salió con algunas cosas, pero que ya le quedan pocas de estas. Entre las que aún conserva se encuentran unas bolas tejidas y rellenas con las que sale a “hacer faro”, como le llama a ir al semáforo a presentar alguna habilidad circense. Así se gana la vida Rodrigo, pero por cómo se expresa no cabe duda de que es un hombre educado. “Soy diseñador gráfico, me desempeñé por muchos años como tal, pero finalmente quise alejarme de eso, quería vivir cosas de las que por muchos años me privé,” comenta mientras acaricia a su cachorro de nombre Gokú.

Pero Rodrigo no es el único con esta historia, de hecho es solo uno de tantos. Ya sea que se les llame mochileros, backpackers o, como ellos prefieren: viajeros, son todos parte de una comunidad creciente de jóvenes adultos que decidieron dejar ciertas comodidades para salir a recorrer el mundo, sin nada más que lo que pueden cargar en bolsos.


La ley 300 de 1996 en el artículo 61 estableció el Registro Nacional de Turismo. Este último obliga a los prestadores de servicios turísticos a registrarse antes de iniciar operaciones y a actualizarse anualmente. Los hostales clandestinos funcionan sin estar registrados.

Incapaces de pagar alojamientos convencionales, que no bajan de 20 mil pesos debido a los altos impuestos que deben pagar los establecimientos cobijados por la legalidad del Registro Nacional de Turismo y a las comodidades que ofrecen, estos jóvenes se han visto obligados a encontrar alternativas para su hospedaje.

Ante la posibilidad de hacer negocio con las necesidades especiales de los mochileros nacen los hostales “clandestinos”, y el tamaño de las viejas casas de Prado es perfecto para alojar a una cantidad considerable de estas personas, cuya única petición es básicamente un lugar para dormir. Colchonetas, camarotes, catres, sofás, sleepings y otros, adornan los pisos de estos “hostales”, en un ambiente de camaradería sumamente cómodo y familiar para los viajeros.

Sin quién responda

Es claro que esta opción existe y que tiene alta demanda, pero ¿qué pasa si alguien tiene un accidente? ¿Si se extravía una pertenencia? o ¿si hay algún problema con plagas en los colchones o la cocina? ¿Quién responde por los huéspedes? No hay forma de saberlo, estos establecimientos no se rigen por ninguna ley, trabajan al margen de esta y sirven a las necesidades de un grupo poblacional al que no le conviene la formalización del negocio.
Este servicio de alojamiento no cuesta más de 8 o 10 mil pesos por noche y les permite además de economía, encontrarse con todos sus amigos y conocidos. “Nosotros los viajeros somos como una familia muy grande, entre todos nos reconocemos y nos ayudamos,” así lo afirma Rodrigo.

No se tiene ningún registro de cuántos hostales clandestinos puedan estar operando en el sector de La Candelaria.

Entre todos se ayudan y pasan el contacto de los hostales más baratos voz a voz. Así el negocio logra mantenerse sectorizado y visible solo para un grupo específico. Es por esto que es tan complejo para las oficinas de salud y de turismo de la Alcaldía o para el Sistema de Indicadores Turísticos estar al tanto de la ubicación o incluso la existencia de estos espacios.

Los mochileros saben de la ilegalidad de estos lugares, pero no lo perciben como un problema. Para ellos se trata de hospitalidad, de la posibilidad de viajar ligeros y de tener la certeza de que, dado el bajísimo precio, podrán pasar la noche bajo techo.

Sin registros o medidores para identificar la cantidad de hostales clandestinos que existen es imposible entrar a debatir si estos son un problema o no que afecta la comunidad hotelera, o si son un correcta opción para promover el turismo entre esta población creciente. Por ahora, solo se puede afirmar que existen, funcionan y generan ingresos, a diario.