Por: Juan Moreno
Tengo una camisa azul celeste. No tiene nada de especial, es de algodón y la compré en las ofertas de un almacén de tiendas por departamentos. Es de mis favoritas porque siempre me ha gustado el azul celeste, pero ya hasta me da miedo ponérmela. Las últimas veces que lo he hecho dos o tres personas me han preguntado que a qué cargo de elección popular estoy aspirando.

Y es que se volvió una constante usar la prenda de este color para aparecer en vallas y avisos como el más fresco y familiar, como la verdadera opción para sacarnos de todo tipo de problemas y como un ser impoluto y noble, de manos limpias y dispuesto a entregar sin miramientos su servicio social desinteresadamente y en beneficio de la comunidad a la que quiere representar.

Es la nueva política amigos. Lejos de corbatas, formalismos, carreras y trayectorias. Este mes el bombardeo será con las promesas más disparatadas, los proyectos más faraónicos y las soluciones más rimbombantes. Al pueblo lo que quiere oír y ya está, pensarán ellos.

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“De política y de religión nadie sabe nada”, truena mi madre en una de sus acostumbradas píldoras de sabiduría. Y eso mismo parece percibirse en algunos de los más de 121.000 candidatos inscritos en Colombia para los comicios de este mes, pues en gran medida constituyen una fauna que representa lo más abyecto de la tierrita. Se han visto payasos, gente en pelota, con fotos de animales, con remoquetes que parecen sacados de cabecillas de bandas criminales y con un montón de frases manidas que suenan copiadas de campañas a la personería de un jardín infantil. Esto me hace acordar de la anécdota conocida en un preescolar de

Medellín, en el que un pequeño candidato a esta dignidad aseguraba a sus noveles electores que, si salía favorecido por sus votos, iba a llenar la piscina de la institución con delfines rosados. ¿De dónde le provendría la idea? mucho me temo que sus padres, oficiando esta vez de padrinos políticos y asesores de campaña, tienen mucho que ver en el asunto. Ahí ya empezamos mal.

Pero detengámonos en la cifra antes mencionada: 121.000 personas para concejos y alcaldías de 1.122 municipios y gobernaciones y asambleas de 32 departamentos. ¿O todos son políticos o el desempleo está muy duro? me inclino más por lo segundo.

Y es que hay que acudir otra vez a las frases célebres sobre política, como la que soltó el letal Frank Underwood, magistral interpretación de Kevin Spacey en la muy recomendada “House of cards”, cuando decía “La democracia está sobrevalorada”. Una multitud de advenedizos haciéndose contar y generando montones de gastos al erario, que tiene que imprimir tarjetones con su nombre, y sobre todo, con sus fotos haciéndose notar en poses inverosímiles y sin ningún futuro electoral. Aquí hay malo conocido y malo por conocer.

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Señores candidatos y electores: esto no es jugando, esto no es jodiendo. Para hacer política hay que ser político, hay que saber del tema. Están aspirando a regir los destinos de ciudades, de departamentos, de municipios. Un concejal toma decisiones sobre qué hacer con dineros que son de todos, gestiona proyectos de infraestructura y de mejoramiento de la calidad de vida de su comunidad, es, si se quiere, el jefe del alcalde. Y lo mismo pasa en las Asambleas con los departamentos y su trabajo para un montón de municipios. Es muy infame que gente que no tiene ni idea de eso se meta en eso. También ahí hay corrupción.

Y es que uno se pregunta algo así como: Eh, pero ¿qué le ven de bueno a ser alcalde o gobernador si la culpa de todo lo que pasa en la ciudad, en el pueblo o en el departamento es de ellos? Que me atracaron, el alcalde. Que hay marihuaneros por mi casa, el alcalde. Que quitaron el agua, el alcalde. Que llovió, el alcalde. Que no llovió o que hay un derrumbe, el Gobernador. Y así todo el día a todas horas. El poder es una cosa muy tremenda.

La pobreza general de la creatividad de las campañas también da grima. “Vamos a acabar con la politiquería y la corrupción”. Vea pues, qué novedad. “Por un mejor mañana”, un eslogan de antier. “Tú te mereces lo mejor”. Ajá, por eso no voy a votar por vos, dice mi conciencia.

¿Y cómo les parece pues el contacto con la comunidad? Gente que no ha visto un pobre en su vida ahora sale cargando muchachitos mocosos y desnutridos y comiendo sancocho de una olla comunal para correr a lavarse las manos cuando nadie los ve o bailando con viejitas y haciendo malabares delante de niños boquiabiertos. Lo mismo es con la entrega de publicidad en los semáforos, con caravanas de feligreses haciendo bulla, con el opinar de todo en redes y con las promesas mágicas y facilistas. Hasta amigos míos, que los conocí borrachos, mujeriegos y por ahí midiendo calles, ahora son dizque unos señores de buena familia y andan de candidatos a cargos públicos. Oiga pues.

No es solo porque no tengan empleo o porque se les pongan los dientes largos sabiendo que pueden acceder al tesoro público, es una cuestión de honestidad, de autocrítica. Y nosotros como electores, el mínimo llamado es a votar con conciencia y ser aterrizados. Tampoco hay que pensar que elegimos a Supermán o a Batman y que estamos en Ciudad Gótica o Metrópolis. Soñar no cuesta nada, pero antes, leamos los programas de gobierno para saber qué se puede y qué no según la experiencia. Eso es fundamental, más allá de la lustrosa camisita azul y la manguita remangada.