Por: Juan Moreno

Uno cree que el ambiente con el que se va a encontrar es de lo más romántico y almibarado. Que la música servirá para envolver instantes plenos de acercamientos, susurros, promesas, miradas. En fin, que solo será la banda sonora para una atmósfera pausada, en la que cada pareja anda en lo suyo, en su propio oasis en medio de la zona más concurrida de la ciudad.

Al ingresar a este bar, de los denominados “de plancha”, y de los cuales hay un puñado en el centro, el volumen de los altavoces aturde y la oscuridad atortola un poco después de traspasar la entrada. Lo primero que se advierte es un aire festivo, porque los gritos y las voces en alto te dan la bienvenida.

El primer impacto corresponde a la imagen de una mujer ya entrada en los cuarenta, que está parada sobre una de las mesas del lugar. A grito herido canta “El triste”, la melodía de 1970 que hizo famoso a José José en toda Latinoamérica y lo convirtió en “El príncipe de la canción”.

Sus amigos tratan de seguirle en la excitación que ella manifiesta, pero son incapaces. La mujer, de pelo corto y figura ajena a la onda fitness, está en trance. Canta desolada: “Hoy quiero saborear mi dolor / no pido compasión ni piedad / la historia de este amor se escribió / para la eternidad.

Logro encontrar una mesa contra una de las paredes adornadas por las figuras de los máximos representantes de la música romántica en español. Me toca estar entonces sentado al lado de Sandro, “el Elvis argentino”. El sitio tiene unos 200 m², unas cuarenta mesas, dos servicios sanitarios que se llaman “Rocío Dúrcal” y “Nino Bravo”, cuenta con entrada y salida por Maracaibo y El Palo y una barra en la que destaca un crucifijo de un metro de altura y una cinta de tela blanca colgando de la cruz. También hay un discreto aviso que anuncia el pago de las cuentas solo con dinero en efectivo, como en los años en los que esta música dominaba las radios de la región.

El sitio que elijo tiene una vista privilegiada sobre el punto de atención de la concurrencia: un par de pantallas de dos metros de altura por tres de ancho cada una, que sirven para apreciar en video los cantantes que siempre escuchamos en la radio.

Los videos son recolectados de diversas presentaciones de los artistas en los programas de televisión de la época, desde el Festival Eurovisión hasta el Show de Jimmy, pasando por 300 Millones, Siempre en Domingo, el Show de Las Estrellas y Espectaculares JES. También hay videos grabados en precarias condiciones de audio y luminosidad, en medio de esos conciertos que se organizan en carpas cabaret o en la otrora Plaza de Toros.

Pido una cerveza baja en alcohol. Bueno, en realidad es una jarra que no me bajaré completa, pero quiero asegurarme de que en toda la jornada haya el surtido de las famosas “crispetas de taberna”.

Estas palomitas de maíz pira tienen un raro encanto cuando son servidas en este tipo de establecimientos. No sé yo si es el aceite recalentado o el que te lleguen frías, el caso es que saben distinto y tienen un sabor especial que te obliga a desocupar las cocas a un ritmo enloquecido.

Noto que hay parejas jóvenes, bordeando los veintitantos. A ellos no les tocó esta música en su momento, pero seguramente fueron permeados por sus padres, como los dependientes de la barra o los meseros, que mientras corren de un lado a otro llevando bebidas y surtiendo las crispetas, tararean lo que suena por los altavoces.

La mujer que canta una tras otra de las canciones parada en la mesa, se toma un respiro y sale un momento a tomar aire fresco y a fumarse un cigarro en el cruce de la calle 53 con la carrera 45. Está bañada en sudor, respira de manera arrítmica pero se le ve como recién salida de una terapia. Le ha gritado sus verdades a la pared que proyecta el video, ha liberado una furia contenida tal vez a lo largo de meses o años, no sabe uno.

En otras mesas, grupos de oficinistas hacen lo que mejor saben hacer en grupo: tratar de destacarse unos sobre otros, gritar, desinhibirse de la presión del plano laboral y dar rienda suelta a sus gustos culposos.

Ayudados por la oscuridad cantamos, que digo cantamos, gritamos que “para hacer bien el amor hay que venir al sur” de la mano de la vedette italiana Rafaella Carrá, que hace 40 años escandalizaba a la parroquia con sus letras y sus videos de planos cerrados sobre un cuerpo entonces escultural. Hoy sería una tierna cantante de lo más ingenuo comparado con lo que se ve.

Esta música, estos cantantes, tienen una magia especial. Esas líricas, esas odas al amor desgarrado, esas palabras tan justas para describir cuanto se quiere o se odia a una persona, son atemporales. Todos hemos vuelto a esas letras a buscar qué melodía es la que representa ese sentimiento para el que no encontramos la definición cuando el amor nos levanta del piso o nos devuelve a él con esa crueldad que solo quien ama de verdad está en capacidad de padecer.

Porque ya lo dice el muy sabio Camilo Sesto en ese himno llamado “Tarde o temprano”: ¿Quién nunca lloró por algo o por alguien que no pudo alcanzar? ¿Quién no es capaz de perdonar?.