Por Juan Moreno

Recientemente estuve en Santiago, la capital de Chile. Bueno, en Santiago y otras ciudades de Chile, pero tuve tiempo, un día de asueto en mi viaje, para tomar un bus turístico, como el Turibús de aquí, y hacer un recorrido por las zonas más conocidas de esa ciudad hermosa, tan ordenada, tan puestecita en orden, tan tranquila. Pues, o por lo menos la que le muestran al incauto turista. La idea, también, era recorrer el centro para compararlo con el de aquí, ver lo que tenemos y lo que nos falta.

Lo primero que asusta es lo caro que resulta el paseíto. En eso Santiago también parece como del primer mundo. A uno le dicen que no se ponga a hacer conversiones a pesos colombianos o no compra nada, pero es inevitable no asustarse. Un recorrido de tres horas en el bus este vale la módica suma del equivalente a $133.000 por cabeza, mientras aquí no pasa de $50.000.

A uno lo llevan por los barrios residenciales más bonitos de Santiago, donde vive y trabaja parte de la clase alta santiaguina, que en buena medida también ha huido hacia las afueras para residir en asombrosas unidades residenciales al pie de las montañas infinitas de la Cordillera de Los Andes. Mejor dicho, tal cual pasa en Medellín.

Palacio de la Moneda, la edificación más reconocida del centro histórico de Santiago de Chile. Foto: Oficina de turismo de Chile.

En el centro de Santiago se ubica su casco histórico, como en casi todos los centros de casi todo el mundo. Tiene una plaza de armas rodeada por su catedral y algunos edificios históricos. Es el equivalente a nuestro Parque de Berrío, aunque el único edificio histórico que quede sea la basílica de La Candelaria. Mal ahí. Y a mí, que no me molestaba que el metro pasara como una cicatriz por la zona, ya sí me pareció como de mal gusto, como una chambonada, ver ese toque de modernidad que se abre paso como a las malas por donde se supone que hay un patrimonio histórico. Claro, se me había vuelto paisaje desde hace más de 30 años, después de comparar, ahora se ve muy impostado su paso por este lugar.

Santiago también tiene metro y es lo más aconsejable para ir al centro, como el metro de aquí. Lo que pasa es que al centro de allá llegan tres líneas de las siete que tiene el sistema (una en construcción), que también está interconectado con buses, como el TPM de aquí, que allá se llama Transantiago. Un tiquete sencillo vale 3.400 pesos colombianos contra los 2.300 de aquí. Funciona desde 1975, es el más grande de Suramérica y es subterráneo en buena parte, pero no tiene Metrocable ni EnCicla… ni es el más limpio del mundo mundial, como el de aquí. Eso sí, el metro de Santiago, llega a la Plaza de Armas por debajo, no la altera en lo más mínimo.

Pero bueno, sigamos comparando los centros. Es una realidad inocultable que en nuestro centro cada vez se siente con mayor intensidad el acento venezolano. Antes habíamos albergado cierta inmigración ecuatoriana, controlable y puntual, pero en nuestro centro los acentos solían ser de los turistas que comenzaron a llegar en masa en este siglo. En Santiago, más acostumbrados a recibir inmigrantes de tiempo atrás, sobre todo peruanos, tienen una Pequeña Lima a un costado de la Plaza de Armas. Allá se reúnen a vender comida de ese país y diversa mercancía. Pero la diáspora venezolana también ha ido a dar a Santiago en su peregrinar por Suramérica. Un hecho curioso sobre la migración es que también se ve un buen grupo de haitianos trabajando en diversos oficios, sobre todo en los hoteles, ya con el acento tan típico de los chilenos. Igual, tampoco se les entiende nada.

¿Creyeron que me iba a olvidar de los compatriotas? Somos masa en todo lado y en Santiago hay de todo, atraídos por el palpable nivel de vida que tiene Chile, desde el profesional calificado hasta el buscavidas que nos hace quedar “superbien” en todo lado. Se notan porque no hay inmigrante que luzca más orgulloso la camiseta de la selección de fútbol de su país que el colombiano. Ni que hubiéramos ganado cinco mundiales pues.

Si algo me fascinó del centro de Santiago es la real concepción de un centro histórico como tal, que va creciendo alrededor de la Plaza de Armas, donde Pedro Valdivia fundó la ciudad hace 478 años. En Medellín aún discutimos si la ciudad nació en 1616 en El Poblado o en 1675 el Parque de Berrío. Uno ve avisos dizque “Centro Histórico” en Medellín, pero no se sabe a ciencia cierta cuál es. Si el Parque de Berrío, la Plaza Botero, la Veracruz, Prado o todos los anteriores.

Aunque menos caótico, también hay congestión en el centro de Santiago, tanta, que hay zonas restringidas para el tráfico, algo en lo que aquí se está trabajando. También hay inseguridad, no tanta como aquí, pero hay.
Un rasgo inequívoco de una ciudad latinoamericana es su mercado central o plaza mayorista. En Santiago hay un mercado grandísimo, que lleva 147 años funcionando. El que manda es el pescado, ingrediente básico de la cocina de allá. Es un concepto como el de los ahora tan famosos Mercados del Rio, del Tranvía, del Parque, etc., que apenas estamos empezando a descubrir aquí. Eso sí, sin el colorido, el bullicio, ese desorden tan alegre y el pandemónium cotidiano de nuestra Plaza Minorista.

En general, es que uno critica mucho y el prado del vecino siempre es más verde. Pero, que mentiras nos vamos a decir, el centro de Medellín es el que uno maneja, aquí está la gente que uno conoce, y lo mejor, lo están renovando, muchas partes las están volviendo a hacer, siempre hay algo por mejorar y, bueno, es el centro de uno. Con sus altas y sus bajas, es el barrio de todos.

La defensa del centro, de los comerciantes, de los habitantes, la promoción de este sector como el más importante de la ciudad, la realización de proyectos e investigaciones que han aportado a su desarrollo, entre otros, hacen parte de la herencia que Corpocentro ha dejado a Medellín durante cinco lustros.