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Libros leídos, un arte que también es negocio en el centro de Medellín 

Nov 29, 2020 | Comercio, Cultura, Economía

En una calle que tomó su nombre de un café, se puede vender o comprar prácticamente cualquier libro. 

Por: Vanesa Restrepo 

Fotos: Omar Portela  

En un solar del pasaje La Bastilla en el centro de Medellín, en medio de bares y almacenes de ropa femenina, se construyó hace casi 20 años el Centro Comercial del Libro y la Cultura, un edificio de tres pisos dedicado a la compra y venta de libros, en su mayoría usados, y de discos en formato LP.  

Fabio Gómez, un vendedor de libros usados, fue uno de los últimos en llegar y por eso le asignaron un local en el segundo piso: el 210. Él, que aprendió el oficio de su padre, nunca se atrevió a ponerle nombre a la tienda y se dedicó a intercambiar textos escolares y enciclopedias hasta que llegó Internet y las editoriales empezaron a hacer convenios con los colegios y entonces él, que se lee un libro cada tres años, tuvo que empezar a vender clásicos de la literatura universal. 

Un viernes lluvioso de 2020, pasadas las cinco de la tarde, Fabio ya tiene cerrada su tienda pero sigue en el centro comercial porque desde hace unos días administra otros dos puestos de libros, Oráculo y Atenea, de propiedad de unos amigos. “Es que viene tan poquita gente al segundo piso, que hasta me da tiempo de manejar los tres. Los que llegan son esos clientes de toda la vida”, dice. 

En efecto, mientras en el primer piso los compradores tienen que caminar de lado para poder pasar de un local a otro, en el segundo, la mayoría de las tiendas ya tiene la persiana cerrada. Muchas son usadas como bodegas por otros comerciantes que prefieren seguir en la calle, donde tienen al cliente más cerca. 

En un local el dueño se dedica a jugar ajedrez, mientras Fabio mira por la ventana, aguardando la hora de cierre. La única librería que tiene clientes es Pigmalión, dos locales después de la silla de Fabio. Detrás del mostrador está Augusto Bedoya, un hombre flaco y canoso que discute con dos jóvenes que tienen varios libros en la mano. Él es uno de los nuevos en el edificio: apenas lleva 10 años con su tienda aunque hace más de 30 que vive de los libros y del centro. 

“Yo empecé a venir aquí antes de vender libros, cuando estaba muy chiquito. Los libreros se hacían en Flamingo, entre Ayacucho y Pichincha, en plena calle y con escaparates pegados a la pared. Luego los llevaron a la plazuela Uribe Uribe y yo los seguí, y después construyeron esto y yo ya vendía libros, pero de manera informal”, agrega. 

Una segunda vida 

 Aquí no solo se venden libros, también se compran. Los clientes van desde recicladores que encuentran tesoros entre las bolsas de basura de los barrios de estrato alto, hasta los universitarios varados que necesitan plata. 

“Sucede mucho que muere el padre, gran lector, y deja una gran biblioteca pero a los hijos no les gusta leer y salen a venderlos. O también vienen los que quieren vender porque se van de viaje o porque llega la crisis. Hay gente que llega casi llorando: vea mis libritos, los voy a tener que vender”, explica Augusto. 

Aquí esos libros entran en dos categorías: los huesos, aquellos que nadie sabe cuánto tiempo podrán estar en las estanterías hasta que alguien los descubra; y las muelas, textos de autores muy conocidos que se venden fácilmente y le dan al librero “la papita”. Pero Augusto dice que no siempre la fórmula funciona y por eso cree que los libros tienen su propia magia. 

“A veces me traen una pila de huesos y una muelita y yo cifro las esperanzas en la muela, y resulta que vendo primero algunos huesos”, dice y suelta una carcajada. 

En La Bastilla conviven dos tipos de libreros: los comerciantes que venden solo aquellos libros que están de moda, y los intelectuales y bohemios que además de comerciar con ellos, disfrutan leyéndolos. 

Al otro lado del mostrador Arley Ochoa cuenta que desde hace dos años visita la tienda de Augusto porque  sabe que tiene libros poco comunes, porque es un buen conversador —su amistad surgió luego de una búsqueda de El Capital (Marx) y una discusión sobre teología de la liberación— y porque, además, aquí le reparan los libros. 

“Lo hago para pasar el tiempo, entonces es con mucha paciencia. Eso sí, me quedan muy bien”, interrumpe el librero que a esta hora ya se está fumando un cigarrillo.

Y aunque todos los vendedores dicen que se consigue de todo, hay tesoros que aún se dejan descubrir. Don Augusto cuenta que desde que empezó en el negocio está buscando un ejemplar de Salambó, una novela de Gustave Flaubert que habla de la fundación de Cartago. La edición que quiere solo la vio en su infancia en la biblioteca de su papá y la recuerda porque tiene unas ilustraciones en las que aparece la protagonista desnuda. Durante su adolescencia él arrancaba las imágenes y las escondía entre los cuadernos y, claro, el libro no sobrevivió. 

Lo que dicta el mercado 

Augusto y Fabio coinciden en señalar que la literatura clásica es una de sus mayores fuentes de ingresos. Pero el propietario de Pigmalión reconoce que hay ciclos muy particulares que pueden estar influenciados por cosas tan distintas como la muerte de un autor o la entrega de un premio de literatura. 

Con la llegada de la pandemia, los libreros tuvieron que mudarse a espacios digitales aunque muchos de ellos son ajenos a esa tecnología. Fabio dice que no lograba vender mucho, mientras don Augusto confiesa que logró asociarse con dos vecinos que sí sabían más del tema y así logró sobrevivir a la cuarentena. 

Aún así, la mayoría de los 70 comerciantes que aún tienen su local aquí, dicen que están lejos de recuperarse económicamente. “Aquí hay días buenos y días muy malos. Uno sigue por amor a los libros”, sentencia Augusto. 

El Centro comercial del libro y la cultura alberga más de 70 librerías en dos pisos. En el tercero funcionaba hasta hace poco una cafetería. 

Pero no todos piensan igual. Incluso desde antes de la pandemia varias librerías de libros usados o leídos habían abandonado el centro por problemas de seguridad o económicos. 

Entre 2014 y 2015 más de cinco librerías cerraron o se mudaron al occidente, como Palinuro, que dejó la esquina de Córdoba con Perú; Los libros de Juan, que se fue a La Castellana; y la Científica, que dejó Junín y se quedó en un centro comercial de Laureles. Otras como La Nueva y Dante cerraron definitivamente. 

El secreto para sobrevivir, dice Augusto, está en la pasión: “Esto tiene sus altibajos pero de hambre no nos morimos… eso sí, tampoco vamos a conseguir plata”. 

Una historia con aroma de café 

Hace un siglo la calle La Bastilla, esa insignia de los libros en Medellín, no existía. O bueno, sí estaba pero no tenía ese nombre y estaba poblada por bares y borrachos, hasta que en 1919 don Hipólito Londoño Mesa decidió tomar una de las casonas y montar un café en el que además sonaban tangos. Lo llamó La Toma de La Bastilla. 

No pasó mucho tiempo hasta que ese sitio se convirtió en el preferido de la élite intelectual de Medellín. Ernesto Gómez, uno de los visitantes, contó en sus escritos que allí Tomás Carrasquilla solía bocetear sus obras en las mesas de La Bastilla, y que a su lado podían estar León de Greiff, Ciro Mendía, Eladio Vélez, Efe Gómez y Pedro Nel Gómez. Casi siempre tomaban café, pero a veces también llegaba el aguardiente y las conversaciones se extendían hasta que llegaba la madrugada. 

Luego llegó una tostadora y el café La Bastilla empezó a venderse por toda la ciudad. El café cerró sus puertas en 1973 y la fábrica fue vendida a la empresa Nacional de Chocolates a finales de los 70. 

El nombre, los libros y los intelectuales se fueron, pero hace casi dos décadas volvieron con la renovación urbana del pasaje comercial. 

“Hace algunos años lo que más se vendía era Borges y Cortazar. Luego vino una ola de Kundera y de pensadores clásicos, especialmente rusos, como Dostoievsky y Tolstoi. Eso sí, cuando se murió Gabo, todos querían leerlo y cuando le dieron el Nobel a Vargas Llosa, eso era lo único que salía”, dice mientras resalta, mirando sus libros, que “este no es un pueblo muy lector”, pero que sí tiene una inmensa minoría muy fiel. 

El precio de un libro leído varía según sus características: qué edición es, en qué estado está y qué tantas personas lo quieren leer. 

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Qué bellísima crónica, de todo mi gusto sin duda alguna. Cómo no recordar a cada rato a Don Augusto y sus buenas y cordiales discusiones. Saquen más de este Medellín, por favor.

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