Esta es la historia de un club de costura, de un performance artístico interpretado por ocho mujeres que ejercen o ejercieron la prostitución, y de una naciente corporación cuyo objetivo es alzar voz en representación de las cientos de mujeres que se dedican a lo mismo en el centro de Medellín. Ellas son Las Guerreras del centro y esto es lo que hay detrás de ellas.

Por: Vanessa Martínez Zuluaga

Foto: Omar Portela

A este salón, dispuesto con elementos como hilos, agujas y rastros de algunas piezas a medio hacer, empiezan a llegar distintos tipos de personas: hay estudiantes, profesionales, algún fotógrafo, señoras que cargan una que otra herramienta de costura. Una considerable proporción del salón, con cerca de 30 sillas en total, son hombres. Ninguno parece haber tejido nada en su vida, son chicos más bien universitarios. 

En una esquina del aula, antes de empezar la sesión de Tejiendo Historias, que todos los jueves se realiza en el Claustro Comfama en el centro de Medellín, están las Guerreras del Centro: Gladys, la otra Gladys, Jaqueline, Mary Luz, María Delia, María del Carmen, Adela, Johanna, Gloria, Rosalba y Luz Mery. Lo que las une es su oficio, eso que vivieron en calles marginadas del centro de Medellín como La Veracruz o el Raudal. 

Entonces, comienza la sesión, donde además de enseñar a tejer, enfundadas en sus tacones y con una actitud arrolladora de conferencistas consagradas, dan curso a lo que parece hechizar a todos los asistentes: esas historias personales que las han acompañado toda la vida y que ahora revelan al mundo.

Quienes las escuchan ríen, preguntan, se asombran. Ellas, adueñadas del pequeño escenario en el que se convierte ese salón del Claustro, lanzan frases al azar que producen aún más asombro entre quienes atentos las escuchan: “Lo más duro para mí era cobrar”, “la prostitución es compleja, es un fenómeno social”, “un beso hay que darlo con emoción, yo no beso a mis clientes”, “a veces uno no tiene la arrechera encima”, “la sociedad no le merca a uno”, “yo tuve un trabajo de esos que todos consideran normal, lo perdí por acoso laboral”, “luego de que mi esposo muriera, con nada más que estudios hasta octavo de bachillerato y sin ninguna posibilidad de trabajo formal, pude sacar a mis hijos adelante con esto”.


Todas tienen una historia de redención para contar. Adela asegura que fue el baile lo que la salvó de las drogas y el alcohol. Jaqueline enseñó a las demás guerreras a tejer, un oficio que heredó de su madre. En la actualidad, está estudiando estética y barbería. María tiene dos hermanas y una hija, ninguna sabe que también es actriz. Luz Mery es una líder nata, la política siempre le ha interesado. Johanna, por su parte, tiene como meta estudiar artes plásticas en la Universidad de Antioquia. María es soñadora, a ella le encanta pensar que deja un novio en cada esquina.  

Aseguran que no es una vida fácil, sin embargo, y a diferencia de lo que vivían antes de las Guerreras del Centro, ahora tienen otras alternativas: el arte como manifiesto femenino, es una de ellas.  

El performance: Nadie sabe quién soy yo

Desde el programa “Residencias Cundinamarca” del Museo de Antioquia, la artista Nadia Granados, antioqueña que reside en

Jaqueline Duque se adueña del pequeño escenario en el que se convierte ese salón del claustro

México, propuso un performance tipo cabaret, donde a partir de varios fragmentos -audiovisuales y teatrales- ocho mujeres podían partir del arte vivo para dimensionar lo que significa haber o estar ejerciendo el trabajo sexual por 20 o 30 años. La conversación que proponen se torna profunda a medida que el público va notando que la sociedad se ha encargado de enmudecerlas. Ahora que tienen uno o muchos escenarios a su disposición, hablan claro y alto. Y siguen generando conversaciones pertinentes frente al que se conoce como “el oficio más antiguo del mundo”.

“La idea contempla dos objetivos, por un lado, analizar críticamente los servicios sexuales y los imaginarios tradicionales en torno a la prostitución; por el otro, generar piezas de performance que sean ejecutadas en espacios públicos, privados o en un teatro, a cambio de una transacción económica”, se indica desde el sitio web de las Guerreras. 

Con la obra de teatro han rotado por distintos escenarios y festivales del centro. Se han presentado en el teatro El Trueque, en el Festival San Ignacio Teatro y Música, en el Pequeño Teatro, en la Fiesta de la Diversidad y siguen sumando fechas, porque además de su oficio habitual, ahora también se dedican al arte.

Entre ellas, hay pluralidad de opiniones. Mientras que Luz Mery comenta que para ella la prostitución es la cosificación de la mujer; Jaqueline, con profundo respeto por su compañera, expresa que para ella sí es un oficio. Ya no lo ejerce con la misma regularidad de hace 25 años, cuando empezó a dedicarse al trabajo sexual, pero sí lo considera como tal. Entre el grupo el respeto por la opinión diferente parece ser la norma, no hay la menor exaltación cuando se trata de discutir temas que podrían ser álgidos para cualquiera pero que para ellas resultan ser conversaciones que se dan de forma natural. 

La Corporación, lo que está detrás 

Melissa Toro es una diseñadora de modas con una sensibilidad profunda por las causas sociales. Ella, luego de presenciar el cabaret, decidió hacer algo más: consiguió que las Guerreras además del performance empezaran a tejer de manera catártica, cómo no, pero también como una alternativa que les generará ingresos económicos. Así surgió la Corporación Guerreras del Centro, que está por cumplir su primer año de constituida legalmente y que cuenta con un equipo humano de profesionales, los cuales con el trabajo voluntario han logrado la expansión y visibilización del colectivo.   

Una directora, una coordinadora de alianzas, dos comunicadoras sociales, una publicista, un fotógrafo, una abogada y una auxiliar jurídica también son parte de las Guerreras del centro. La diseñadora, junto a Tatiana Cano, María Isabel Mesa, Paulina Arango, Margarita Restrepo, Giulio Cirri, Doreyna Góez y Carolina Sánchez se encargan de que las cosas pasen. Gestionan, planean lo que viene, se la juegan en un trabajo voluntario porque creen en el potencial de la corporación. Han aprendido sobre la marcha que incluso la educación financiera es una herramienta poderosísima para estas mujeres. Y así lo han hecho. Les enseñan, aprenden de ellas y las guían, pero también las dejan ser y hacer. Se trata de una correlación inherente al crecimiento del proyecto. 

Juntas, las Guerreras del centro y el equipo de la corporación, se siguen pensando el futuro del colectivo, participan en programas de emprendimiento, forman parte de procesos de innovación social y siguen creando esta historia de unas mujeres que ahora sí son escuchadas con atención.