Por Gisela Sofía Posada*
La Plaza Mayor de la ciudad luce en el cruce de la 50 con 50 (Calle Colombia con Avenida Palacé), en el Parque de Berrío. Está cerrada por paredes de madera que, provisionalmente, no permiten observar ni entrar. Hay pocos puestos de lotería en el estrecho atrio de la iglesia de La Candelaria, los corredores llevan ríos de gente, ventas de tinto, ropa, zapatos, bolsos, gorras, tenis, voceadores de comida, bullicio, humo de carros.
El roce de los cuerpos es obligatorio por los bajos del Metro entre edificios, afanes y rebusques. Una mujer semidesnuda duerme envuelta en botellas y basura, es una escultura viva, una ninfa del hambre, que compite con La Gorda de Botero, así la bautizó el pueblo al verla por primera vez, pero su nombre es “Torso de mujer” y fue entregada a la ciudad en 1986. Es la primera escultura que el maestro Fernando Botero entregó a Medellín para luego dejar una plaza habitada de sus obras; sus palabras al hacerlo fueron genuinas e invitan al análisis tras décadas: “Con este bello museo que inauguramos, nuestra idea y esperanza es crearle a Medellín, además de su inocultable transformación urbana, una nueva cara moral (…) Eso de la cara moral resulta conmovedor y es La Pregunta, sí, con mayúscula, para quienes con dineros públicos, abultados e infinitos, tienen en sus manos la posibilidad no solo hacer cirugía plástica a su apariencia – tantos cortes de piel ha tenido para volverla bella, admirada y visitada -. Ha faltado una intervención quirúrgica de fondo que procure por su salud interior y su sistema inmunológico para que no sufra de agonías a cada tanto: degradación social, anomia ingobernable en sus relaciones, disputa sin cuartel por sus espacios, cálculo a sus ganancias para cerrados círculos; un sin número de etcéteras; además, del nomadismo de tantos y tantas buscando como casa un pedazo de cielo.
La geografía de esta ciudad parece tener como centro una desembocadura, imán de todo, es el punto nodal de sus contornos cóncavos y desparramados de norte a sur, de sus murallas de tierra. El Centro es un corazón endurecido y a la vez leve y acogedor, está partido en dos, por la construcción de la moderna Avenida Oriental, en su momento que, al igual que ese riel elevado de hormigón y metal, le cambió su fisonomía luego saberes y vidas desplazadas con borrón y cuenta nueva a la memoria y serpentinas para la llegada al nuevo orden.
Los 17 barrios de la Comuna Diez, La Candelaria quedaron separados, y fue así como hicieron, quizá, sin saberlo una calle arriba y una calle abajo. Se siente el tenor diferenciador con solo andarlas, con solo cruzarlas.
No es lo mismo ascender que descender: arriba quizá un poco de más aire, menos apretujadas están sus estructuras emblemáticas con ánimo de barrio. Hay tiendas, casas, centros culturales, salas de teatro, plazoletas. Calle abajo también las tiene, a menor escala, solo que allí parecen mimetizarse, ir quedando en el arrume. Un torrente envuelve el aire y las venas de la ciudad se estrechan, una atmósfera densa entra a los pulmones y los escasos árboles que intentan su ofrenda son raros en el desierto vegetal.
El pasaje Boyacá es la línea lateral de la iglesia La Veracruz, si detenemos la mirada aparecen heridas visibles de la ciudad periferia, el estruendoso aleteo de la supervivencia. En ese mundo “peligroso” quedan expuestos y sincerados sus falencias. Mujeres con su gesto de queja y espera, falda corta y blusa de escote pronunciado. El celular va en las braguetas, los hombres se les acercan, las tocan, les susurran, las invitan.
Un remolino te lleva hasta llegar a una casa amarilla con verde, antigua de bahareque en la avenida Boyacá con Tenerife, su entrada está dispuesta al visitante. Se llama la Casa Betsabé Espinal, nombre de la dirigente obrera que encabezó la histórica huelga de las trabajadoras de Fabricato en Bello. Murió en 1936. Esta casa fue nombrada así hace poco menos de dos años, con una labor que ha logrado ser un referente de encuentro, calle abajo. Hay ollas de comida y preparaciones, agenda de conversación y cultura, las habitaciones llevan nombres de mujeres como Delia Zapata, María Cano, Mónica Moreno, Débora Arango, Juana Julia, La Curandera.
Basta levantar la mirada hacia el cielo desde el patio central para sentir que el ruido queda suspendido, algo de refugio en ese vacío de luz. Algo que contradice la dureza de la calle.
Cuando llega la tarde y emprendo el regreso hacia calle arriba, comprendo que el verdadero centro no siempre coincide con el centro geográfico. A veces habita lugares discretos como esta casa, donde todavía se cocina para desconocidos y se conversa sin preguntar de dónde viene cada uno. Allí recuerdo el rostro de don Pedro, vendedor ambulante, mientras recibe un plato de sancocho comunitario. Sonríe con una gratitud sencilla. A su alrededor otras personas comen, hablan, se saludan y comparten, simplemente porque existen.
Quizá sean esas las verdaderas barcas de papel capaces de sostenerse sobre el mar de la desigualdad, de las desilusiones. Las casas son frágiles; pueden desaparecer bajo una excavadora o cambiar su vocación por un banco, un almacén o una oficina de trámites. Pero mientras existan lugares como la Casa Betsabé Espinal, la ciudad conservará algo más importante que su fachada: la posibilidad de reconocerse, todavía, como una comunidad.
*Gisela Sofía Posada es Comunicadora Social – Periodista de la Universidad de Antioquia con magíster en periodismo en la misma institución. Es especialista en Gerencia Pública de la Universidad Pontificia Bolivariana. Su desempeño profesional y ciudadano ha estado ligado a la comunicación y la cultura, con participación activa y orientación en iniciativas de estos campos. Sus textos han aparecido en algunos medios, revistas y publicaciones. Actualmente es Líder del Programa Cultura Centro de la UdeA.















0 comentarios