Por: Juan Moreno

Cuenta la leyenda que en una edificación de la calle Maturín con Cúcuta nació “El Hueco”. Todo porque alguien llamó a preguntar que cómo llegaba “hasta ese hueco”, que en ese entonces quedaba en el sector de Guayaquil, conocido por ser el centro de los mercaderes de la Medellín de buena parte del siglo XX, con todo lo bueno y lo malo que eso tenía.

Hoy, “El Hueco” ya es un cráter inmenso porque se tragó varias calles, todas con nombres de batallas: la ya citada Maturín, Pichincha, Ayacucho, Carabobo, Bomboná y hasta Junín, pasando por otros nombres como Amador, La Alhambra y Díaz-Granados. “Desde un botón hasta una bomba atómica consigue aquí”, dice una señora que regenta un local de baratijas donde todo es a mil pesos, y que diariamente enfrenta su propia guerra en esas calles con nombres de confrontaciones bélicas y edificios con pretenciosas alegorías como “El Palacio del Hueco”, El Castillo del Hueco” y el “Imperio del Hueco”.

Y contrario a lo que su lúgubre nombre sugiere, lo que menos se siente en El Hueco es inseguridad. Hay cámaras por todos lados, hay ojos vigilantes que no ves pero ellos sí te observan. Van de paisano, son uno más. El Hueco tiene sus propias dinámicas, es un desorden ordenado. Allí funciona, o mejor, hacen funcionar los códigos de respeto y ética en esa pequeña república independiente de cinco cuadras.

Me atrevería a decir que este es el lugar más asiático de Medellín después de los consulados de la India, de Pakistán y de Corea del Sur. Algunos nombres incluso lo delatan: Bombay, Japón. Al dejar Amador por la Calle Diaz-Granados y llegar a Maturín, el paisaje cambia de continente. Te sientes en un barrio de Hong Kong o de Vietnam, una calle de Saigón o de Mumbai. Los colores, la cantidad de avisos, la mercancía exhibida en pequeñas chazas a las que no les cabe un objeto más, la gritería, el hormiguero de gente. Hasta la temperatura es distinta y tal vez por eso los centros comerciales tienen la extravagancia de ofrecer aire acondicionado. Es el caos propio del continente más poblado y extenso de la tierra trasplantado a este pedazo de Medellín.

Después de empalagarse con el montón de mercancía exhibida, desde una cuña para la puerta hasta una esmeralda de Muzo, en un resquicio de la calle Bomboná aparece un local encapsulado en el tiempo. Es un almacén de esos con amplias vitrinas interiores y empleadas de delantal, que parecieran recién invocadas desde los años 70 y que se llaman Lucila o Marleny. El piso es de baldosas en amarillo con ribetes verdes, como el de las casas de mediados del siglo anterior y venden alfileres y borlas para cortinas, encajes y lentejuelas. Lo que las mamás de antaño “bajaban” a buscar al centro. Las bolsas en las que te empacan lo comprado son blancas, de papel aserrado en las puntas y con el logo de la cacharrería impreso mediante un sello. El típico envoltorio de las “cositas” que te traían de las expediciones a la zona comercial.

Pero aun hay más por ver, porque el hueco será profundo, pero nada oscuro. Los vendedores tienen una alegría genuina y algunos todavía usan el coloquial “miamor” para ganarse tu confianza y cerrar la compra. En el Hueco todos somos el “caállero” y la “dama”.

No quiero ni imaginarme lo que será este lugar en diciembre. Nunca he osado aventurarme en sus recovecos en tal época en la que todos tenemos la propensión a perder la capacidad de autocrítica. Porque han de saber, desprevenidos lectores, que de allí nadie sale sin comprar algo, así sea un helado o una porcelana china. Pero no se crea, no, que El Hueco es territorio para ciertas clases sociales. Nada de eso, desde las lomas imposibles de el Poblado bajan las perfumadas en sus camionetas grises, con ropas que intentan no delatarlas, pero es que la plata no se puede ocultar así te pongas gafas de sol como para ver un eclipse.

Porque como decía otro comerciante con sorna, “véalas, demostrando que, finalmente, para el hueco vamos todos”.