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Las máquinas de escribir que liberaron a las mujeres

Nov 14, 2020 | Educación

En 1917 una escuela empezó a enseñarles técnicas de mecanografía y contabilidad a las mujeresEso les abrió las puertas de la educación y el trabajo.  

Por: Vanesa Restrepo 

El centro de Medellín fue el escenario de una pequeña revolución educativa en 1917. En el edificio Ángel López y Cía, ubicado en el costado occidental del Parque Berrío, se abrió la primera escuela que enseñaba a las mujeres técnicas de mecanografía, taquigrafía, contabilidad y algo de derecho mercantil.  

La Escuela Remington — como se llamó en referencia a la empresa fabricante de las 10 máquinas de escribir que se usaban en las clases — ya llevaba dos años de funcionamiento pero hasta ese momento solo les daba clase a los hombres.  

“En esa época las mujeres tenían una educación básica para leer y escribir, lo otro que aprendían eran algunas artes y oficios domésticos porque se buscaba que fueran ‘buenas esposas’”, recuerda Mario Vásquez, hijo de Gustavo Vásquez, fundador de la escuela.  Y es que las posibilidades de educación para las mujeres de la época eran difíciles, aunque eran mayoría: según el censo oficial de 1912 en la ciudad vivían 39.734 mujeres, mientras que los hombres eran  y 31.270 hombres 

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 Y aunque se sabía cuántas eran, había poca información sobre lo que hacían. Un informe complementario al censo, presentado en agosto de 1912 por J.M. Mesa Jaramillo, analizó la edad, analfabetismo, vacunación, estado civil, profesión, ocupación y religión de los habitantes de Antioquia y Medellín. El documento, sin embargo, aclara que “estos datos se refieren únicamente a los hombres”.  

 Para la época había dos instituciones de educación superior: la Escuela de Minas y la Universidad de Antioquia, pero ninguna de ellas aceptaba mujeres en sus aulas.  

Las niñas de clase media y alta tenían 18 colegios privados de señoritas, subvencionados por el Departamento, que se encargaban de la educación básica. Había también dos escuelas normales que formaban maestros y maestras para la enseñanza de primaria, pero el Instituto Superior, que servía como preparatorio para quienes salían de la primaria y querían ir a la universidad, solo preparaba “convenientemente a los niños”, dice el informe de Mesa.  

Las máquinas de escribir Remington eran traídas al país por la empresa Félix de Bedout. Gustavo Vásquez, que fue su empleado, se dedicó a enseñarle a los compradores a usarlas. Así nació la Escuela Remington, hoy Corporación Universitaria Remington.  

 A las mujeres más pobres les quedaba la opción de trabajar en fábricas como La Colombiana, que producía telas y tejidos. Según Mesa, en 1912 allí se ocupaban “gran número de operarios, en su mayor parte mujeres”, pero las condiciones de trabajo eran complejas. Tanto que en esa misma fábrica, pero en 1920, se produjo la primera huelga liderada por Betsabé Espinal, una muchacha de 23 años que estaba inconforme porque a los hombres les permitían usar zapatos, pero a las mujeres no.  

 “Su voz exigía respeto a la dignidad femenina, denunciaba la persecución laboral, los bajos salarios, la discriminación, los tratos humillantes y el acoso sexual”, escribió el periodista José Guillermo Palacio en una biografía publicada en marzo de 2020 por el diario El Colombiano.  

“En esa época la ciudad ya tenía muchos almacenes, ferreterías, bancos, y el secretariado era ejercido por los hombres, pero no daban abasto. Por eso la llegada de las mujeres a la Escuela Remington fue toda una revolución. Ellas aprendieron lo que necesitaban para dedicarse a otras cosas y así se vincularon a los negocios”, agrega Vásquez.  

El historiador Jorge Orlando Melo señala que con el desarrollo que vivió Medellín entre 1880 y 1930 se redefinió la importancia de la educación. “En el mapa de la ciudad los establecimientos educativos empiezan a superar en número a las iglesias y se convierten en lugares de referencia urbana centrales”, dijo.  

Los establecimientos a los que se refiere son las escuelas de educación elemental, las primeras escuelas de oficios y artesanías, y la Escuela Remington. “Estas nuevas formas de instrucción incluyen a hombres y mujeres, y la educación se convierte en vía para el ingreso de la mujer al mercado de trabajo”, agregó.  

Gabriela Peláez aprendió dactilografía en la Escuela Remington, en 1931. Trece años después se convirtió en la primera abogada de Colombia.

De secretarias a abogadas 

Un día de 1931 una niña de escasos 11 años entró a la oficina de Gustavo Vásquez en la Escuela Remington y pidió que la dejara estudiar. Se llamaba Gabriela Peláez Echeverry. 

El director le dijo que podía enseñarle dactilografía si alcanzaban las mesas de trabajo y como no lo logró, la niña se adueñó de uno de los asientos y pidió recibir las clases de pie. Tres meses después superó los exámenes y se graduó.  

Trece años más tarde, en 1944, Gabriela se convirtió en la primera abogada de Colombia, graduada por la Universidad Nacional y en 1963 fue nombrada presidenta de la Comisión Interamericana de Mujeres, con sede en Washington, Estados Unidos.  

En los registros históricos de la escuela consta que Marianita Gómez Posada fue la primera mujer egresada que se incorporó al mercado laboral, pues fue contratada por United Engeneering Corporation, una empresa antioqueña. Ella y sus compañeras recibieron un diploma en inglés refrendado por la fábrica de máquinas de escribir Remington, ubicada en Nueva York, Estados Unidos.  

Por las aulas de la escuela también pasaron Elena Ospina, hija del general Pedro Nel Ospina; Aura Gutiérrez de Lefevre, primera Señorita Colombia; Amparo Jaramillo, esposa de Jorge Eliécer Gaitán y Emilia Duque, quien luego fue directora del Instituto Comercial Antioqueño.  

Y eso que para entonces las mujeres no tenían derechos económicos; es decir, no podían heredar o administrar sus bienes o sueldos. Ese derecho solo se obtuvo en 1932 con la Ley 28 que reconoció la igualdad de derechos civiles de hombres y mujeres. Y tuvieron que pasar otros 22 años para que a ellas se les permitiera votar.  

Lea también: Historia de la educación en Medellín, una brújula que apunta hacia el centro. 

Las mujeres en los colegios y universidades 

El historiador Melo destacó que a finales de los años 20 en Medellín la primaria tenía un cubrimiento similar para hombres y mujeres.  

En su estudio “Llegan las mujeres”, la socióloga María Teresa Uribe explicó que a partir de la ley de derechos civiles de las mujeres expedida en 1932, se empezó a discutir si ellas podían o no ingresar a la universidad y en qué condiciones. 

En Antioquia la Asamblea aprobó, en 1933, las Ordenanzas 30 y 31 con las que reglamentó el acceso de las mujeres a la Universidad de Antioquia. Según Herrera, la Escuela Dental fue la primera que las admitió y en 1935 se graduaron las tres primeras odontólogas: Mariana Arango, Amanda Guendica y Rosa María Navarro. 

En todo el país la discusión sobre la educación superior para mujeres se zanjó en 1936 cuando se expidió el Acto Legislativo #1, que en su artículo 8 consagró: “La mujer colombiana mayor de edad puede ejercer todas las profesiones, aún aquellas que comprendan autoridad y jurisprudencia, en las mismas condiciones que la ley exija a los ciudadanos varones”.  

En 1935, con la Ordenanza 37, la Asamblea creó el Colegio Femenino de Segunda Enseñanza compuesto de los que hasta ese momento se denominaban Escuela Normal de Institutoras y Colegio Central de Señoritas. La nueva institución pasó a llamarse Instituto Central Femenino (hoy Centro Formativo de Antioquia, Cefa) y allí, dice el documento, se enseñaría el bachillerato, habría escuela normal y se aprendería de contabilidad, secretariado de oficina, corte y confección, modelado, industrias domésticas, administración de hoteles, decoración de interiores y enfermería.  

Para la historiadora Lucila González de Cháves, la creación de este colegio fue el inicio de una época a la que ella llama “era feminista”, pues los conocimientos se democratizaron y con las nuevas enseñanzas, las mujeres pudieron alcanzar una nueva dimensión cultural y moral.  

Las máquinas de escribir Remington eran traídas al país por la empresa Félix de Bedout. Gabriel Vásquez, que fue su empleado, se dedicó a enseñarle a los compradores a usarlas. Así nació la Escuela Remington, hoy Corporación Universitaria Remington.  

Cuando se abrió la escuela de mecanografía, las mujeres no podían votar, heredar o manejar sus bienes. Y pasaron más de 15 años para que pudieran estudiar en las universidades. 

Fotos: Cortesía Corporación Universitaria Remington.  

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