Eclecticismo bajo la luna 

Nov 29, 2020 | Comunidad, Cultura, Últimas noticias

La Casa de la Luna está ubicada en la calle San Juan entre Niquitao y El Salvador. Funciona de jueves a sábado, así como domingos antes de puente. 

Por: Juan Moreno 

Fotos: Omar Portela 

La Casa de la Luna está en la calle San Juan entre Niquitao y El Salvador y funciona de jueves a sábado y domingos antes de puente.

El Waze nos dijo que ahí era, pero no se veía más allá de una casa semioculta por dos arboles, una especie de palma tropical y otro parecido a una araucaria. La edificación está en el barrio Las Palmas, en donde la calle San Juan comienza a languidecer para morir en la frontera con El Salvador, después de pasar por el bulloso Niquitao. “Sí, esta casa queda en Las Palmas pero a mí me gusta decir que es en Niquitao, a ver qué cara pone la gente” cuenta Alejandro González, amo y señor del lugar desde hace unos 15 años.  

La Casa de la Luna, como se llama el sitio, surgió casi que por generación espontánea, como muchas de las especies vegetales que pueblan el solar de la residencia. Alejandro, un ingeniero constructor egresado de la Universidad Nacional, se encontró con la casa de su bisabuelo Roque Lopera, que tiene aproximadamente 110 años de levantada y que compró cuando llegó desde Don Matías a hacerse la vida en Medellín. Lejos estaría Don Roque de imaginarse lo que es hoy el sitio, un centro cultural con dos ambientes, paredes decoradas por artistas locales, dotada de toda clase de mobiliario, barra de bar, sitio para asados, dos altares para DJ y hasta hostal, cuando la pandemia no había hecho de las suyas. El bisnieto la convirtió en uno de esos sitios en los que las tribus urbanas, colectivos, grupos y minorías forman la mayoría que hace la fiestas…Y qué fiestas. 

¿Y cómo empezó? 

 En uno de sus cambios de vida, Alejandro habló con una prima segunda, que era la regente de la casa familiar hace unos 15 años. El lugar estaba abandonado pues la señora ya había trasladado su vida a un apartamento dos años atrás y él se la alquiló por 300 mil pesos mensuales. Cuando llegó a ver lo que había rentado se encontró con una casa fantasma compuesta por muebles cubiertos con sábanas, palomas a sus anchas por los techos y el solar enmontado. “Yo vi fue un palacio. El área (cerca de 400 metros cuadrados), la arquitectura, los techos, las paredes, el aire, el ambiente rústico e histórico, todo me pareció enamorador y aquí me vine a vivir con mi pareja de ese entonces, una actriz de teatro, y a darle un nuevo giro a mi vida. La primera noche en la que me quedé la luz de la luna llena entraba por todos los rincones de la casa y desde entonces fue La casa de la luna”, agrega.    

Él ya había tenido una experiencia similar con “La casa del sol”, un café lounge en el que participó con el fotógrafo Hugo Gris y en el que comenzó como mesero, después de cerrar una empresa que el mismo Alejandro había fundado en Laureles. “Ahí conocí la vida del centro. Un niño como yo de El Poblado, de Laureles y al que venir aquí le daba miedo de que lo atracaran. Pero vivir unos años en Europa me abrió la perspectiva del centro de las capitales y con esa idea vine a vivir al centro de Medellín”. 

Todos los 31 de diciembre hay una fiesta de año nuevo que es ya famosa en la zona y a la que llegan muchos extranjeros de paso por la ciudad.

Al comienzo de todo, La Casa de la Luna era su hogar, pero los amigos empezaron a insistirle en hacer fiestas, los colectivos de djs querían hacer encuentros, el grupo Black Sheeps propuso hacer un encuentro artístico de performance temáticos y empezaron a programar eventos puntuales con pequeñas fiestas. “Ahí empecé a aprender cómo se organizaban estos eventos, la logística, lo que se necesitaba, quién vendía el licor, todo desde cero. Al principio cobraba como 200.000 pesos apenas por prestar la casa, hoy en día con toda la dotación y los servicios vale dos millones y medio”. 

Los amigos artistas también tomaron las paredes como lienzo para plasmar sus talentos en la pintura. “Donchi”, uno de los muralistas habituales, dice que La Casa de la Lluna es como su Capilla Sixtina. De ahí nació una pequeña área de la inmensa casona que funge como galería y en la que actualmente está colgada la obra posapocalítptica del caleño Carlos Villegas y el ilustrador bogotano Monkey. 

Lea también la historia del Museo del Collage más grande del mundo.

La decoración 

Si la va a visitar mejor averigüe si el show es público o privado, porque la entrada es con lista en mano.

Tras cruzar un zaguán en la entrada se abre un patio cubierto en el que comienza a aflorar un eclecticismo vibrante, con una torre de televisores por aquí, una mesa redonda por allá y sillas que alguna vez albergaron espectadores de salas de cine, el ingreso a la habitación donde vive Alejandro con su pareja brasilera, una sala con polvorientas maletas que hacen las veces de mesas de centro acompañadas por un desvencijado sofá, una tarima para djs con más mobiliario de plástico y telas, además de las paredes que recrean una escena de Star Wars con un Supermán como invitado mientras las notas del drum and bass inundan el ambiente. “Así parezca desordenado, todo cumple una función y tiene un porqué. Hay mesas que no tienen ninguna silla a juego y cada silla tiene una historia. Aquí está el taburete en el que mi abuela hizo el bachillerato por radio y en el solar están las sillas que eran de la oficina de arquitectura de mi papá. Tengo seis neveras y más de 20 televisores que me han regalado. Mejor dicho, el 99% del mobiliario me lo han donado”. 

Según la conveniencia de la fiesta, la cocina del solar, que está después de pasar el patio y la barra del bar, se puede ampliar a escenario y hay muchas zonas modulares que pueden convertirse en espacios de usos mixtos según el formato del espectáculo. Aunque la música que predomina es la electrónica, según el show se hacen fiestas tropicales, ochenteras, de tango, de jazz, lo que se necesite.  

Centro cultural 

Antes de la pandemia la casa se había convertido en alojamiento temporal y Alejandro se trasladó a zonas rurales cercanas a la ciudad, pero después de marzo volvió a habitar La Casa de la Luna para redescubrirla y brindarle cariño a través del mantenimiento que requiere una edificación de más de un siglo. “La Casa de la Luna es un centro cultural ahora. No es solo vender cerveza ni poner música. Aquí vienen artistas, colectivos, estudiantes, fotógrafos y, cineastas a trabajar. La casa ha servido como locación de grabaciones de época y como plataforma para nuevos artistas y músicos reconocidos. Todos los días aparece gente nueva de diferentes sectores, géneros y tribus urbanas. Aquí viene gente desde los 18 hasta los 80 años. Viene gente de El Poblado, del centro y extranjeros. También viene la gente del barrio. La única restricción para el que quiera venir hoy en día es que no tenga fiebre.” 

Alejandro quisiera adquirir los solares vecinos y hacer un gran parque de la luna, quisiera llegar hasta el Cementerio de San Lorenzo, una cuadra y media atrás de la casa y hacer del centro cultural una marca que pueda salirse de sus límites arquitectónicos. El cómo se desarrollen los acontecimientos actuales dictará hasta donde llega este sueño. Mientras tanto, Alejandro sigue haciendo su vida como arquitecto y pensando en grande, como la luna que entra algunas noches en su casa.  

   

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Yo estuve hace poco un jueves, había un grupo de Latín Jazz y salsa, me encantó.
Pasé una linda velada tomando una “michelada” y sintiendo toda la magia de esa casa….

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