El número de librerías de la comuna 10 se ha reducido en los últimos años. Los dueños de las que persisten las mantienen por amor a su oficio y a su territorio. Hablamos con ellos.

Por: Valentina Herrera

El 31 de agosto de este año, en Twitter, se divulgaba el anuncio de la liquidación de la Librería Daniela, que, por razones económicas, cerraría las puertas del pequeño local, ubicado cerca al CEFA, donde ha estado por más de 12 años.

Los curiosos e interesados llegaron. Se llevaron sus libros nuevos, de segunda, de historia o de literatura, por 5.000 o 10.000 pesos. Y así, ese sábado la librería, que le apuntaba a despedirse, llenó de nuevo el espacio y tuvo un respiro para continuar.

Yeny López, la dueña de la librería, cuenta que comenzó con su negocio en La Bastilla “Yo amo los libros, sentirlos, amo leer. Casi toda mi familia se dedica a este oficio, incluso dos hermanos tienen su espacio en La Bastilla. Yo lo tenía allá, pero lo que conocemos como la guerra del centavo hizo que buscara otros espacios”, añade López.

Y ese nuevo espacio fue un local en la calle Colombia, donde persiste entre comercio de todo tipo y una vía congestionada. El día de la liquidación, recuerda, tuvo una gran acogida, “vino mucha gente y eso me hizo tomar aire para seguir. La idea es continuar más tiempo, ser librero, es decir, no solo vender sino también recomendar libros, conocer historias, es algo que disfruto y no lo quiero dejar de hacer”.

Pero Yenny también sabe que es complicado. A pesar de estar cerca de un colegio o de varios institutos, vender libros, y más en el centro, es casi que una tarea titánica. “La gente no lee como debería, a los niños no se les inculca ese amor por la lectura y además está la internet”, cuenta.

Su plan es seguir, como lo han hecho otras librerías del centro a pesar de los retos que implica el crecimiento acelerado de comercio minoritario, pues espera que con las recientes intervenciones físicas, la gente llegue a pasar el rato y no solo a hacer vueltas.

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Sin lugar a duda, La Bastilla, con El Centro Comercial del Libro y la Cultura, ubicado entre Colombia y Ayacucho, ha sido por años el punto de encuentro para todo aquel que busca un libro en el centro, en especial si es uno extraño, uno que no se volvió a editar u otro que en su edición nueva pueda ser muy costoso. Tal vez por eso cada enero es visitado por padres de familia que buscan los textos escolares para sus hijos.

Aunque aún se mantiene un público, las cosas han cambiado, según lo cuenta Juan Francisco Molina, quien trabaja allí hace 20 años con su librería La 53. Molina también habla de la competencia entre los mismos libreros, “es al que venda más barato, lo que hace que las ventas no sean productivas, también nos falta organización o invertir, por ejemplo, en la infraestructura del lugar. A eso se le suma la piratería, que la tenemos justo en la entrada del pasaje”, dice Molina.

A su voz se suma la de Rocío Arboleda, quien ha sostenido su librería La Tertuliana por 30 años, siguiendo el legado de su padre, Julio César Arboleda, fundador de este espacio cuando estaba ubicado en Palacé con Pichincha. “Las ventas han disminuido, por lo que el libro se ha encarecido, los textos escolares se están vendiendo directamente en los colegios, matándonos a nosotros”, precisa Arboleda.

Tanto Rocío, como Juan Francisco y Yenny, coinciden en que una mayor publicidad y difusión a los libreros tradicionales, sería una excelente estrategia que podría aplicar la administración pública para respaldarlos y no dejar que cierren sus locales. Pues aunque han tenido espacios en eventos como la Fiesta del Libro y la Cultura, en ocasiones la inversión requerida no compensa las ganancias, por lo que, como en el caso de Yenny, decidió no volver a este espacio del Jardín Botánico.

Pero como su labor de albergar libros y descubrir lectores no se detiene, siguen haciendo de todo para proteger su oficio. En La Bastilla, por ejemplo, este 15 y 16 de noviembre tendrán su pequeña feria del libro.