No solo de la obra de Fernando Botero vive el Museo de Antioquia, el más importante de Medellín. Y lo es precisamente por la calidad de sus colecciones, oriundas de diversos artistas de clase mundial, pues en sus salas, además de encontrar obras del Maestro nacido en 1932 en Medellín, es posible hallar desde un Rodin hasta un Picasso, pasando por la obra vanguardista de Éthel Gilmour o el costumbrismo de Cano y Eladio Vélez.

Y es que el propio edificio, de 4.500 m², Monumento Nacional y extracto del más puro estilo Art Decó de los años 20 y 30, es ya una obra digna de visitar. Con diseño de H.M. Rodríguez e hijos, sus magníficos espacios dan cuenta de un esplendor de aquella Medellín de hace 80 años, cuando quería dejar de ser un pueblo grande para convertirse en ciudad.

Allí funcionó durante 50 años la Alcaldía Municipal antes de trasladarse al Centro Administrativo La Alpujarra. Vestigios de esta presencia quedan en las salas del Alcalde y del Concejo, presididas por sendos murales de claro corte político, firmados por Pedro Nel Gómez, el mayor exponente nacional de este movimiento artístico surgido hace más de 100 años en México.

300 mil personas visitan anualmente el museo insigne de nuestra región.

Pero Pedro Nel también tiene obras en otras áreas de la edificación y resulta bien alegórica la del hall de acceso, que delata un conflicto que ya hace ocho décadas era latente, “El problema del petróleo y la energía”, culminada en 1936.

El primero aquí, el segundo allá

En 1872 comenzó la tarea de reunir las piezas que conformarían el primer museo del departamento y el segundo en un país que por ese entonces se debatía en guerras de identidad que parecían no tener fin. En 1881 deciden abrir el Museo de Zea, en honor a Francisco Antonio Zea, el primer presidente que tuvo Antioquia tras su independencia, hace 205 años.

Tras un periodo de exilio desde comienzos del siglo XX, sin sede y con piezas desperdigadas por diversas instituciones, en 1955 ocupa la casa en donde antes se hacía el aguardiente y el dinero. Una edificación a una cuadra de la sede actual y que hoy funciona como un ala experimental del Museo, con sala de cine incluida.

¿Museo de Cera?

Quienes pasamos nuestra infancia en los años 70, aún recordamos las bromas que se hacían cambiándole el nombre al Museo de Zea por el de Cera, pero nunca imaginamos que la confusión traspasaría las fronteras de la villa y crearía una disociación entre los turistas, a quienes poco les importaba visitar un museo de cera, tan comunes en sus desarrollados países. Por ello, hace 40 años se le cambió el nombre por el de Museo de Antioquia, y hace 20, al borde de la desaparición por el bajo número de visitantes y la ya no tan buena ubicación de su sede, comienza a plantearse su renovación.

El renacimiento

Es aquí donde aparece en escena Fernando Botero, quien desde 1978 quería donar parte de su robusta colección para el esparcimiento de todos. Finalmente, tras un regalo sin precedentes en la historia de nuestra ciudad, el 15 de octubre del año 2000, cinco mil niños se convierten en los primeros visitantes del museo en su actual sede, que duró tres años en adecuaciones.

Tras los cambios sociales que trajo el siglo XXI en Antioquia, con una marcada apertura hacia el regreso del turismo desde el resto del planeta, las tres plantas del edificio son una constante torre de Babel, con acentos ya en chino, ya en sueco, chileno o árabe, sin dejar de lado el cantarín deje guajiro o el conocido tono del interior del país. Hay 16 colecciones y 17 salas en las cuales se necesitan, como mínimo, unas dos horas para recorrerlas.

Déjese llevar

Pintura, escultura, tejidos, piezas en orfebrería y cerámica. Hay de todo por ver y maravillarse en visitas individuales o guiadas, incluso bilingües. Haciendo parte de estos recorridos es que vemos con los ojos del turista nuestra historia. Los dos cuadros de Botero sobre la muerte de Escobar y el “carrobomba”, son los que más llaman la atención, naturalmente.

El guía se esfuerza por hacer que el recorrido sea más interactivo y pregunta por las sensaciones que le produce a la concurrencia tal o cual pieza. Hay silencios, miradas y una que otra intervención que anima a las siguientes. Los niños, inquietos preguntan por todo, los más viejos, tratan de interpretar lo abstracto y siempre, en cada grupo, hay alguien que no está a gusto con la obra del Maestro. Los guías lo saben y tienen su explicación para el impacto que produce el volumen sobredimensionado de su obra. También se esfuerzan en mostrar el periodo inicial del artista, pleno de dibujos y carboncillos que parecen ya tan lejanos.

Las piezas de Grau y Negret, el impresionante “Horizontes” de Cano, los personajes de Marco Tobón Mejía, algo de Débora, que los locales buscan atraídos por la reciente serie sobre su vida. Todo es una invitación al asombro.

Más allá de las obras

El Museo de Antioquia va más allá y tiene programas como “la tarde de hierbas”, para hablar de plantas medicinales, o “la esquina del movimiento”, para hablar del amor romántico, por poner un par de ejemplos. También tiene una tienda de recuerdos y un exquisito restaurante, en fin, más allá de Botero y su producción, el Museo es Antioquia, su vida y su obra, abiertas para el disfrute de toda la comunidad.