Un cielo artificial

Dic 7, 2019 | Columnas, Opinión

Por Juan Moreno

Hace tres décadas fue la última vez que estuve en Miami, la capital de Latinoamérica, el sueño turístico de las clases medias de México para abajo, ese centro comercial de cinco millones de habitantes.

Y me dio por volver, ya grandecito, con la visa renovada y con dólar a $3.400 para volver a vivir eso que se siente cuando se llega a ese paraíso artificial enteramente diseñado para el entretenimiento, para que nadie se aburra, para mostrar la riqueza sin ningún asomo de pudor, para ver y para que te vean.

Desde que uno llega ya le muestran quién manda, Don Dinero. Un desayuno en las grandes cadenas no baja de 10 o 15 dólares “plus taxes” como dicen allá, o sea, más impuestos, y a eso agréguele la propina. A uno le dicen “no se ponga a hacer conversiones o no sale comprando nada” pero es inevitable. Y eso que uno, tiernamente, multiplica dizque por tres mil para redondear.

Las palabras más usadas en Miami son “tour” y “show”. Todo es con un tour: por las casas de los famosos, por la zona de compras, por el distrito financiero, por el distrito de diseño. Y de ahí va de la mano la palabra show. En esa ciudad saben cómo dejarte con la boca abierta y los ojos como de filtro de Snapchat.

Y entonces, como buenos representantes de las clases en ascenso, nos fuimos de tour en un bote por los alrededores de una isla en la que presuntamente viven los famosos latinos. Con todo el show y la parafernalia nos mostraron dizque la casa de Ricky Martin, de Shakira, de Marc Anthony, de Luis Miguel, de unos basquetbolistas y de unos actores que hace rato no actúan. Eran unas

mansiones ahí como sin vida, más con pinta de casas modelo jamás habitadas que de otra cosa. Yo estoy seguro de que esa gente ni sabe que tiene esas casas allá, pero si el guía lo dice, pues será creerle.

Luego uno se va a caminar por Miami Beach, en el barrio de Bay Side. Una pasarela como de veinte cuadras llena de cafés y restaurantes donde la sentada vale el mercado de un mes en Colombia. Es un eterno video de reguetón, con carros de 200 mil dólares parqueados como la cosa más común y con unas mujeres imposibles que no conocen términos medios, desde la más loba y voluptuosa hasta la rubia que parece extractada de una revista francesa. Y bueno, está uno con su pinta de turista y sus bermudas del Éxito para desequilibrar un poco la cosa.

Y después, agarre para el distrito de diseño a que nuevamente le den una bofetada en la pobreza con esas tiendas que exhiben las últimas colecciones de la moda en París a precios de millonario norteamericano, esos que llegan en Rolls-Royce con chofer y se bajan a comprar como si estuvieran en un D1. Todo es como de película, como elegido por casting. Los postes de iluminación y los árboles lucen como el menaje de una escenografía. Se ven plásticos, como fichas de Estralandia. Parece un set de The Truman Show, esa película en la que todos eran actores menos el protagonista.

Y así son las casas y los barrios de los más pudientes, los que han logrado hacer fortuna en ese cielo artificial donde todo el mundo está en vacaciones a los ojos del visitante y donde cualquiera es rico si lo comparamos con el estándar de aquí. Porque allá no se es nadie si no se tiene una casa con jardín, asador, un garaje lleno de herramientas y un pedazo de agua, así sea una piscina, un lago o el propio océano Atlántico con sus playas de arena blanca como de talco.

Y están las compras, los centros comerciales con áreas ridículamente grandes y almacenes dispuestos a recibir hordas y hordas de compradores como si no hubiera un mañana o como si se fueran a devolver a sus países en aviones de carga. El frenesí es desaforado, los compradores parecen saqueando. Hay sitios en los que todo es a precio de quema y diseñados con sus vitrinas y carteles como cantos de sirena para miles y miles de clientes que van a dejar allá sus dólares, a aceitar la maquinaria, a volver tangible el capitalismo más salvaje por una gorra de Adidas, una camiseta de Nike o unos tenis de Puma. Se convierten en vallas ambulantes de las grandes empresas confeccionistas porque para eso trabajan durante años en sus países, para llenarse de cajas y pagar el sobrecupo en la aerolínea de bajo costo que los llevó. “No lo necesito, pero es que está muy barato. ¿Cómo no comprarlo?” es el mantra que se escucha allá en todos los acentos, mientras uno busca esas bolsas de dos kilos y medio llenas de los dulces que también venden aquí, pero para no llegar manivacío, porque sepan que uno viaja, entre otras cosas, es a comprarle regalos a los demás mientras cuenta los centavos que le quedan para llegar al final del viaje decorosamente.

Es Miami, la ciudad de todos y de nadie, el puerto para fondear el barco y entrar a hacer plata, o a gastársela sin pena. El lugar con más millonarios por metro cuadrado en el mundo, el sueño americano de asfalto y hormigón y, como me dijo un amigo: la ciudad de mármol: puro mar y mall.

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