El centro es para Reinaldo Spitaletta una fuente inagotable de historias.

El centro siempre ha llamado a Reinaldo. Él es de Bello, que está a 10 kilómetros, pero casi siempre se ha inspirado en esta zona, la Comuna 10, para darle salida a sus escritos, a su pensamiento, a su aporte a la construcción de memoria y ciudad.

Reinaldo estaba en la Fiesta del Libro, a un par de kilómetros del centro, deambulando preocupado porque debía dar una charla de esas que tanto ofrece él para hablar de esta ciudad que tanto da de qué hablar, pero no sabía dónde le tocaba la disertación y la hora estaba encima. Así y todo, CENTRÓPOLIS lo abordó y lo sentó un ratico en el Patio de las Azaleas del Jardín Botánico, para hablar del centro y la inspiración que ejerce en los escritores que cuentan historias con este lugar como eje.

“Es que yo desde muy niño tengo participación en el centro, en los cines, en los cafés, en las calles. Yo conozco el centro como parte de la vida misma”, arranca diciendo, mientras mira hacia ninguna parte, como imaginando lo que cuenta. “El centro es extraordinario, hombre”, ríe. “Es un lugar lleno de movimiento, de historias, cambiante, aunque también tiene cosas que permanecen. Es un centro que ha sido poetizado, lleno de relatos en torno a los libros, las librerías y los lectores, a los bohemios, a los asaltantes de bancos y a los ladrones”.

Reinaldo, el escritor, el cronista, el relator, vive en Prado, el barrio más tradicional del centro y todos los días “baja” hasta sus avenidas, calles, parques, plazas y carreras y se lo camina. Va hasta las universidades, a los centros culturales, a los restaurantes o a donde haya eventos en torno a la cultura. Se sorprende diariamente con lo que ve, con los olores, los sabores, la gente, las fachadas y las transformaciones. También, se da cuenta de sus interrogantes. “Este es un centro que pregunta. Nos está alertando. Nos demuestra siempre que es una gran fuente de conocimiento sobre la ciudad, sobre el ciudadano, nuestras contradicciones y sus faltantes”.

Como escritor, Spitaletta se ha inspirado en el centro para algunos de sus relatos de ficción. “Pero el filón más grande que tiene este lugar es para el trabajo periodístico, más que las novelas”. Aunque “balada de un viejo adolescente”, su más reciente novela (Hilo de Plata Editores, 2017) toca de alguna manera el centro, así como “El sol negro de papá” (Ed. EAFIT, 2011).

“Para hacer narraciones el centro es inagotable. He contado la historia del teatro Sinfonía, de los viejos cafés, de las librerías, de la arquitectura, los árboles, las flores y hasta de sus muchachas. Yo no sé ni cuántas crónicas he escrito del centro”.

Pero Reinaldo no es de esos escritores nostálgicos que viven añorando el centro de antaño. “Para mí el más fascinante es el de hoy. La nostalgia es muy bella y yo tengo muchos recuerdos de La Playa, La Artería, El Jurídico, los cafetines, los cines, Guayaquil, pero ahora me lo encuentro muy interesante también”.

Algo que sí añora Reinaldo es la desaparición paulatina de las librerías del centro. En su crónica “Aquellas librerías muertas” (Septiembre 2018) describe así el programa de visitar las de los alrededores de Junín: “En los setentas y ochentas, además del cine, del café-bar, de los paseos por Junín o de sentarse con un tinto en Versalles por horas a arreglar el mundo, las librerías eran una atracción de juventud. En Junín, al frente del edificio Coltejer, estuvo durante muchos años la Librería Nueva, con su vitrina hipnotizante en la que, como en un tango, a veces uno pegaba la ñata contra el vidrio. La Nueva entonces era ya vieja (la fundó el pedagogo Luis Eduardo Marín, en 1926) y, en medio de muchachas bonitas y olores a pan fresco, era un referente de aquella calle inevitable (…) Tal vez una de las últimas librerías que hubo por La Playa (bueno, ahora hay algunas como la Legis, de libros jurídicos) fue Mundo Libro, cerca de Bellas Artes. Y después de haber tenido el centro un número interesante de librerías, de pronto todas (o casi todas) se murieron. Sobreviven algunas, como El Acontista, en Maracaibo con el Palo. Librópolis, en el pasaje Orquídea Real, y la del Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Ah, y las del Centro Popular del Libro, en el Pasaje La Bastilla”.

Aquellas librerías extintas, en las que hubo tertulias y encuentros, son parte de un mundo que ya no es. Seguro los más veteranos recordarán la Don Quijote, la Pluma de Oro, la Atenas, la Horizontes, la Ilustración y otras. El centro se quedó huérfano de estos lugares imprescindibles y, por lo visto, de nada valen las nostalgias”.

Se queja de que el periodismo de hoy es muy raro y no cuenta las pequeñas cosas, lo local del centro. Le echa flores a CENTRÓPOLIS “porque habla de nosotros, los del centro” y se ríe con sonora carcajada. “Ahora hay dizque nuevas centralidades y un pocotón de cosas así, pero el centro es uno solo, es este, el fundamental, el que cuenta lo que pasó y lo que está pasando. Como habitante del centro me siento muy bien, hasta parte del paisaje.

Le gusta la idea de que el centro vuelva a ser habitado y no solo un lugar de paso. El que vive aquí tiene más pertenencia, más sentido del afecto. “Yo no soy un extraño, soy un ser del centro. Me gusta caminar, dar clases en la Casa Barrientos, ir a cine al Colombo, a los lugares emblemáticos, a Junín y su calle encantadora. Hombre es que todos somos del centro, esa es la patria chica de todos”. Termina, contundente. Y se va a fascinar al público con su charla de ciudad.