Es difícil seguir el hilo de la conversación con José Luis Camacho, las palabras se le amontonan y le salen como por un embudo. Quiere hablar de mucho, pero sobre todo, de su jubilación. Con 62 años recién cumplidos, está obsesionado con pensionarse, cada tres o cuatro frases retoma el tema y dice que ya le va salir el pago mensual que lo alejará de la calle y le dará tranquilidad. Mientras tanto, raya el suelo de Junín, a 20 metros del Parque de Bolívar y diagonal al mítico Salón Versalles.

Su arte se encuentra en el suelo de Junín, a 20 metros del Parque de Bolívar y diagonal al mítico Salón Versalles

Los transeúntes, asombrados, lo miran trabajar. Señalan la foto que usa José como referencia y cómo la convierte en un mural efímero, que se borrará con el indolente paso de los peatones, la lluvia y el viento sobre su obra. Dibuja sobre todo arte religioso: vírgenes, cristos, escenas bíblicas, y las adorna a veces con citas del libro sagrado. Usa tizas y ladrillos con una maestría renacentista. La gente se agolpa a sus alrededor y él no se inmuta, sigue en lo suyo, hablando casi solo. No deja espacio para preguntas, se queja del Gobierno, de Espacio Público, de su familia (su exesposa y su hija) a la que, según él, le da pena verlo dibujar en una calle del centro y por eso no tiene casi ningún contacto con ella. Dice que en la calle encontró a la mujer de sus sueños, la pintura, “porque la otra se aburrió y se fue”, cuenta, con un rostro inexpresivo, resignado.

Natural de Barrancabermeja, trabajó en empresas petroleras como contratista de labores en los campos de extracción del combustible. De allí provendrá su anhelada pensión. La visita del Papa lo inspiró para trabajar el arte religioso. Le hizo un papamóvil de cartón pero jamás pudo entregárselo.

Es autodidacta en este tema, dice él. Allá en Santander asegura que escribió artículos y poesías para periódicos como Vanguardia Liberal. Quiere arreglarse los dientes para dedicarse al canto. Tiene una hermana abogada que quería ser concejal y que, según él, le va a ayudar a tramitar lo de la pensión, porque vuelve y toca el tema, como aquel Coronel de Gabo, que no hablaba de otra cosa.

Ojalá y le salga el pago, para que no termine como el personaje literario, cuando le pregunten que qué va a comer hoy.

“Los transeúntes, asombrados, lo miran trabajar. Señalan la foto que usa como referencia y cómo la convierte en un mural efímero”