Por: Juan Moreno

Antes de existir todo esto, y con todo esto me refiero al Centro Comercial del Libro y la Cultura, nacido en 1990, la informalidad transformada en cultura campeaba por la Plazuela Uribe Uribe, donde se conseguía cualquier libro, en manos de libreros de oficio o comerciantes de textos escolares. Ahí, al aire libre.

El afán organizador de los gobiernos decidió formalizarlos en el espacio mencionado, que parece arquitectónicamente una plaza de mercado en medio de esa tierra de casi nadie que es el Pasaje La Bastilla, bautizado así por el famoso café que allí habitó. Es un lugar en el que borrachos, piratas y lectores, o piratas borrachos lectores, conviven en especial armonía. Como si vendieran zapatos o aguacates, se toman el adoquín del pasaje con sus puestos ambulantes para ofrecer literatura de la buena, de la regular y de la de semáforo o de caja de supermercado, ya el lector verá qué elección le dicta su bolsillo y que lección le dará su conciencia. 

¡Que viva la música!

En ese Centro Comercial donde venden libros me encuentro un buen porcentaje de locales cerrados y una zona donde hay un puesto de venta de discos de vinilo. Allí aparece José López, que lleva 53 años comercializando libros y música, esperanzado en que sea un cliente buscando alguna rareza musical transformada en acetato. Acepta con simpatía la entrevista y, como buen vendedor paisa, se queja de que el negocio no es tan bueno, del lugar, del clima, de la competencia que hay afuera, pero finalmente acepta que le da para vivir.

Con respecto a los discos de acetato, dice que son el seguro para los artistas actuales pues son casi imposibles de piratear. “Por eso están volviendo”, asegura José. Recuerda sobre todo la música antigua, “como boleros, baladas, tropical, donde había letras, voces, inspiraciones, ahora cualquiera pega un grito y dizque canta. Bobos con suerte, canta más un pollo al horno”, dice con burla.

Tiene rarezas en rock y música tropical. Se consiguen discos desde 3.000 pesos hasta uno del Cuarteto Mayarí que se vendió en 100.000 pues era una pieza bien escasa. José vende cualquier tipo de música así no le guste, “Darío Gómez me aterra, pero si viene alguien buscándolo, le digo eh Avemaría, qué belleza”, dice con una carcajada que inunda el lugar.

Porfiando

Augusto Bedoya parece un vivo retrato del “caballero de la triste figura”, inmortalizado por Cervantes en la obra cumbre de la lengua española. Lleva 52 años vendiendo libros “siendo amigo de las causas perdidas porque este pueblo nunca ha sido lector”. Tiene manifiestas tendencias por la literatura de izquierda y defiende la vigencia de Marx, Engels y Lenin. Los clásicos rusos también están entre sus piezas más buscadas “Dostoievski, Tolstoi, Gorki. También los griegos tienen aún mucha acogida entre los universitarios, el 99% de mi clientela”. Dice con voz de orador con marcado acento antioqueño.

A su lado hay un club de lectura en voz alta que se reúne a analizar variados textos entre cuentos y novelas. “Mire, aún viven enamorados de este universo maravilloso, así las Casandras del desastre vaticinen la desaparición del libro, este nunca morirá”, truena de nuevo con su tono de prócer.

“El bolsillo y el estómago son dos dictadores implacables, por eso vendo autoayuda también”. Dice que el mejor libro de superación personal que conoce, sin ser creyente, es la biblia y que un escritor con el que no haya podido es Faulkner.  Sus autores favoritos son Borges, Chesterton, Flaubert y Shakespeare.

La Bastilla, esta Bastilla, sirve para liberar el conocimiento y encarcelar la lectura. También para remojar la palabra con los tragos en los bares, esos que con aire de tango le ponen banda sonora a la aventura de buscar un libro o disco viejo, escaso, o difícil. Porque los libros y la música son amigos que jamás traicionan.