El sector de Niquitao concentra, sobre una tercera parte de su territorio, una población marginal que vive de las actividades del sector informal. Fotografía: Omar Portela

Históricamente Niquitao ha sido albergue para las comunidades que llegan a Medellín tras perder la seguridad que tenían en sus tierras. Campesinos, ecuatorianos, indígenas Embera y, más recientemente, venezolanos, son algunos de los habitantes del sector.

Por Valentina Castaño

Paola anda con destreza entre los callejones que conectan el Barrio las Palmas con Niquitao. Baja escaleras empinadas, esquiva terrenos escarpados, recibe y devuelve saludos de jóvenes, habitantes de calle, niños y a todo el que se topa. A pesar de que no aparenta alcanzar siquiera los treinta años, pronto serán más de cuarenta los que lleva moviéndose en el sector.

“Me sorprende encontrar en el lugar con más carencias, a las personas más solidarias”, dice Paola acerca de Niquitao.

“Este es Niquitao”, dice Paola parada justo al lado de la Institución Educativa Héctor Abad Gómez. “En esas casas de ahí al frente vivían 300 indígenas, pero hace poquito los desalojaron y devolvieron a la mayoría a sus resguardos, ya la policía no deja que se les alquile ahí a ellos”. La casa que señala es amplia, pero no aparenta tener capacidad para más de una familia numerosa, sin embargo, a ella no parece sorprenderle.

“Aquí la gente que llega de otras partes, desplazados por el miedo, encuentra un espacio en el que al menos pueden estar tranquilos, así sea todos en una pieza, durmiendo en el piso. Para la gente que vive en Niquitao la tranquilidad es lo más importante”, cuenta Paola.

Históricamente el sector ha sido albergue para comunidades que llegan a Medellín buscando la seguridad que perdieron en sus tierras. Son atraídos por las baratísimas habitaciones que se alquilan en la zona, allí pueden quedarse con sus numerosas familias sin demasiado papeleo ni restricciones. Estas pensiones o inquilinatos comenzaron a hacerse populares en el área alrededor de los años setenta, hoy son aproximadamente 73 viejas y amplias propiedades, en las que se alquilan piezas y están ocupadas por múltiples familias. “Esas casas de allá las pusieron así lindas por fuera, pero también son por cuartos”, cuenta señalando unas propiedades con fachada renovada y moderna.

Cuando Paola era pequeña vivía con sus padres y hermanos en una vivienda ubicada hacia la parte baja de Niquitao, llegando a Los Huesos. Su familia se dedicaba al negocio que aún mueve todas las dinámicas del sector. “Yo sé cómo se empaca el bazuko, el perico, la marihuana, conozco a los duros, los dueños de las plazas, desde que eran pelados. Yo me escapaba de mi casa, donde eran muy estrictos, y me iba para donde las amistades que siempre tenían plata de vender o empacar. Nosotros no consumíamos la droga, pero es que las mamás y los papás también trabajaban en eso y la mayoría de ellos tampoco lo hacía, simplemente era el trabajo”, recuerda Paola.



Hoy, esa casa en la que alguna vez vivió Paola con su familia está abandonada. “Ya le pertenece al gobierno, a una casa en la que se vende vicio por tantos años se le puede hacer extinción de dominio, a muchas de las que están vacías eso fue lo que les pasó”, comenta.

El sector de Niquitao se extiende a lo largo de la carrera 44, única vía que lo conforma.

Sin embargo, el flagelo del narcotráfico, que le quitó a Paola tantas amistades y seres queridos a lo largo de la vida, nunca fue lo que creo el vínculo que la ha hecho regresar toda la vida a Niquitao. Entre sonrisas recuerda la hospitalidad, el ambiente cercano y cálido, las reuniones de todo el barrio para festejar las fechas importantes y la amabilidad de su gente. “Aquí todos se conocen y se ayudan, llegan desplazados, pero muchos hemos vivido aquí toda la vida. Si hay un solo huevo, un solo tomate, se comparte, en navidad todos llegan a la calle a celebrar. Yo he vivido temporadas en otras partes y es aterrador ver cómo nadie se hace un favor, nadie sabe quién es el que vive al lado. A veces llego a repartir mercados y me dicen ‘Paola, dáselo al de allí que yo ya tengo’. Me sorprende encontrar en el lugar con más carencias a las personas más solidarias”.

A la fecha, Paola ha consolidado el sueño que por años tuvo: hacer algo positivo por los jóvenes vulnerables del área. Hace 5 años comenzó su fundación Life by Life, la cual ha sacado adelante con las uñas, en la que ha conseguido dar un espacio a los niños para olvidarse de las circunstancias adversas que aún no comprenden del todo, y vela porque puedan tener un futuro lejos del que se espera para quienes crecen con la droga como única alternativa viable de vida. Además, hace bazares y eventos en el barrio que congregan a la comunidad a lo largo de las aceras desgastadas.

“Sí, es muy duro ver pelados que uno vio crecer y que pasaron años en la fundación encanados, llevados del vicio, uno se pregunta ¿qué hice entonces?, pero hay que aprender, mejorar, seguir creciendo y fijarse en los que triunfan y salen adelante para buscar qué se hizo bien y cómo seguir haciéndolo”.

Las múltiples guerras entre combos que en el pasado desangraron a Niquitao quedaron en la historia. “Aquí dentro del barrio no se puede robar, la gente no se puede poner a pelear, ni nada que llame la atención de la Policía, que no les toquen sus plazas y nada malo pasa, el vicio lo mueve todo, hay puntos de venta en cada esquina”.

En Niquitao ya no se escuchan balas por los pasadizos, ni siquiera disputas en las “ollas”, pero si se mira al interior de cualquiera de sus viviendas, las condiciones de los inquilinos sorprenderán de inmediato a los que no sepan qué es vivir con más de cuatro o cinco personas, pero no para quienes ven en estos lugares su hogar, aquellos que se sienten bendecidos de tener un espacio al que pueden acceder monetariamente, y donde sus familias no tendrán que aguantar el frío de la noche ni la hostilidad de la calle.