Un mimo representa una historia a través de gestos faciales o movimientos del cuerpo. Foto ilustrativa

La calle siempre lo ha llamado. Lleva 14 años trabajando en ella, desde que tenía 13. Eso sí, Juan Fernando es vehemente al afirmar que solo ha hecho trabajos honrados. Ha vendido minutos, agua y artículos varios. Hoy es un artista del silencio.

Hace años en una de sus jornadas como vendedor en las calles, vio trabajar a los mimos que se hacen por la zona del Banco de la República, a un costado del Parque de Berrío y le quedó sonando su arte. Durante días observó con cuidado el trabajo de ellos, cómo exageraban y caricaturizaban los comportamientos humanos. Hasta que otro mimo lo impulsó y le enseñó a pintarse, en un silencioso acto de colegaje. La primera vez se demoró tres horas, ahora lo hace en 10 minutos, incluso mientras viaja en un bus.

Lo que más le gusta de su trabajo es que le saca una sonrisa a la gente, pero muchas veces se topa con el intolerante que no soporta ser el centro de atención de la muchedumbre o que imiten de forma caricaturesca sus movimientos. “Uno se gana sus insultos, lo ponen a correr a uno y hasta sangre me han sacado. No más ahorita había por allí en Carabobo unas personas todas groseras. No les hice nada y la cogieron conmigo, me tuve que venir para acá” recuerda “Pero todo tiene su recompensa. Uno ver que una persona viene como aburrida y cambia su cara lo vale todo”.

El propio patrón

Lo mejor de trabajar en la calle para Juan Fernando es el tiempo, que él sea su propio jefe, disponer de las horas como le plazca, dos horas o quince al día, ya él verá cómo las maneja y las distribuye. Todo depende, me cuenta él, del estado de ánimo propio y de la gente. A veces amanece bajo de nota y físicamente no le da, no se siente capaz y se devuelve a casa. “Pa´ eso soy el patrón”, ríe. Pero hay otros días que recompensa, como él mismo dice, “días en que vale la pena que uno se pinte”.

Para este mimo, ver cómo una persona viene aburrida y transforma su cara cuando lo ve, es la mayor recompensa.

Insiste en que el mejor jefe que ha tenido es él mismo y que no se ve trabajando en un lugar que no sea la calle. Sus principales “clientes”, por llamarlos de alguna manera, son la gente de los estratos populares, “es gente a la que no le da pena hacer el ridículo, que se los gocen, es gente auténtica, te da confianza, no es prevenida para venir al centro y se dan cuenta de que uno es guerrerito”, dice. Se queja, eso sí de los turistas gringos. “Eh, esos hijuemadres son muy codos, no dan ni lástima”, remata, haciendo la mímica con el brazo.

Cuando le pregunto que cómo le va con los niños, él da un respiro y dice que es de los matices que más le gustan de su trabajo. “Son los únicos clientes que me buscan”, ríe. “Gracias a los niños es que gano la moneda porque son los que jalan al papá”.

La única manera de comunicarse que tiene en su oficio es a través de un pito que aprendió a manejar para hablar como un muñeco de esos que uno oprime para que chille agudamente. Cuando me hace la demostración, el sonido funciona como un imán para convocar gente a nuestro alrededor a la que le parece gracioso, más que el pito, que un mimo esté hablándole a una grabadora. “El pito es parte mía, a veces hasta me olvido que lo tengo y cuando estoy almorzando o me despinto, descubro que aún está en la boca”, me dice con un poco de rubor.

Hablemos del centro

“El centro ha cambiado mucho, pa´qué. Tiene sus defectos, pero se puede respirar más confianza. Uno puede andar más tranquilo, aunque no falta el desubicado”. Resalta la cantidad de turistas que visita esta zona de la ciudad, algunos hasta lo invitan a almorzar porque les da tranquilidad.

Para Juan Fernando, lo más maluco de trabajar en el centro es el genio de la gente. Muchas veces lo amenazan hasta con arma blanca, pero él se defiende diciendo que está trabajando y suelta una frase manida pero bonita “Uno está siendo parte de la solución, no del problema, ¿si me entiende?”. No tiene inconvenientes con las autoridades ni con espacio público, aunque recuerda que cuando era vendedor sí lo molestaban bastante.

“Lo mío es el centro. Plaza Botero, la Oriental, el Hueco. Yo paso muy bueno allá”. Juan Fernando

No le gusta trabajar en eventos masivos porque no toma licor ni le gusta recibir el que le ofrecen en esas reu- niones. “Lo mío es el centro. Plaza Botero, la Oriental, el Hueco. Yo paso muy bueno allá”.

El pan silencioso

Juan no es casado pero sí vive en unión libre con su pareja y sus hijastros. Él dice que este trabajo le da para vivir humildemente. No tiene un plan de salud pero tampoco se acuesta con el estómago vacío. “Yo soy de los que no se pone a pensar en lo que no tengo sino en lo que tengo”. Sobre el descanso, Juan me dice que cuando su compañera descansa él la acompaña. “Mejor dicho, tengo el horario de ella, si trabaja diez horas, yo trabajo esas mismas horas.”

“Yo alguna vez fui parte del problema, ahora soy parte de la solución”. Me repite esta frase, nos despedimos y se va, como flotando en el aire, a imitar a un desprevenido transeúnte que ensimismado, ignora que le dio diversión a otros gratis, mientras Juan Fernando termina su acto para, lejos de su “cliente”, buscar las monedas para llevar el pan esta noche a su casa y así tener algo de qué hablar.