Por Juan Moreno

Miguelito, el inocente y tierno amigo de Mafalda, decía que cada año que comienza es como un cuaderno de hojas en blanco, una para llenar cada día. Ya pasó enero, un mes que tiene como 90 días pues va a un ritmo totalmente ralentizado. En este las horas pasan lentamente, mientras la dinámica socioeconómica se despierta de la resaca propia de diciembre, que se celebra en Colombia no como si fuera el fin de año, sino como si nos asomáramos al fin del mundo.

Y es que esos primeros días de cada calendario vamos resucitando poco a poco. Algunos tienen el privilegio de tostar sus cuerpos en alguna playa nacional o del extranjero, mientras otros siguieron derecho en sus labores, por lo que un dos de enero es como un 10 de septiembre para ellos. Es esa gente que saca vacaciones por allá del 13 al 28 de febrero, todo raro, y se va de viaje a lugares desolados de turistas, mientras el 95% de la humanidad trabaja para pasear en diciembre y volver los sitios turísticos un infierno en esas fechas, porque sépalo que Coveñas en diciembre y la primera parte de enero es como Medellín pero en chancla, “chor” y chulo.

Y bueno, estamos los ninis laborales, los que ni nos liquidan ni tenemos vacaciones. Vivimos en el azaroso mundo de la independencia, pagando nuestra propia salud y pensión y tratando de superar la cuesta de enero en la que “no hay clientes pa´trabajar”. En ese primer mes del año siempre nos quedamos como suspendidos en el aire mientras los empleadores se apiadan de nosotros y nos vuelven a llamar para llenar alguna vacante en la que podamos desplegar nuestro enorme e infravalorado talento.

Los que queremos ser independientes de verdad siempre estamos pensando en cómo salir de pobres sin entregarle el alma a una empresa, sin hacerle caso  a nuestros padres, empolvados por otra generación que nos decía: “ay, mijo… estudie una carrerita que valga la pena como medicina, una ingeniería, administración o abogacía (no le dicen derecho al derecho), para que se coloque en una empresa y allá pueda conseguir una casita, un carrito, de pronto conocer la costa y se pueda  jubilar, así como su papá en Fabricato”. Esa cancioncita nos la cantaron toda la infancia y la adolescencia y cuando uno dice que va a estudiar comunicación social lo primero que le preguntan es que eso para qué sirve y cuando uno dice que es periodismo le contestan que entonces lo van a matar o que, yéndole bien, se va a morir de hambre.

Sí, todas esas cosas las piensa uno en enero cuando cree ser independiente. La cereza al pastel llega cuando uno se mete el cuento de que puede ser emprendedor, convertirse en su propio jefe, brillar con luz propia…” ser alguien en la vida”. Otra frase de papás que nunca hemos podido hacer realidad.

Y todos ingenuos nos inventamos proyectos, se nos ocurren ideas, surgen de nuestro ingenio las más poderosas soluciones que nos sacarán por fin de pobres. Maduramos el cuento y ya estamos listos para liberarnos de las cadenas opresoras de la prestación de servicios. No más pagos de salud y pensiones por adelantado, no más Rut, no más certificaciones bancarias ni más facturas a 90 días con descuentos infames.

Y viene ahora el estrellón con la realidad. Si usted llama o busca una cita para que sus futuros clientes lo reciban a finales de enero, le dicen que está muy temprano, que todo apenas está arrancando y que aún no cuadran el presupuesto para apoyar iniciativas como la suya, porque el año pasado fue muy malo y terminaron gateando.

Usted aguanta entonces hasta febrero y vuelve y llama para que le digan que todo sigue muy lento, que hay mucha incertidumbre económica y que los paros no han traído sino zozobra. Un “hablemos mejor en marzo” lo deja otro mes dependiendo de otros.

En marzo le dicen que ya asignaron el presupuesto del año, que por qué no llamó antes, que qué idea tan buena pero que qué pesar, que a lo mejor el otro año le “ayudan”, rematando con un tonito lastimero y deseando “buena suerte en sus futuros proyectos”.  Ah, pero usted se acuerda de los motivadores esos que dicen “nunca te rindas, Roma no se hizo en un día” y vuelve y llama en abril con otra idea buenísima. Le dicen que esas ya no son horas de aparecer, que si hubiera llamado dos días antes le hubiera tocado una convocatoria que ya se cerró y que qué pesar.

En mayo la gente está embolatada con el día de la madre y con organizarle la fiesta a las mamás de la empresa, claro, lo mismo en junio, pero con el día del padre. Además, la persona encargada de aprobar su proyecto como novel empresario sacó las vacaciones. “Vea, las cosas de mi Dios. Qué se le va a hacer”.

Ya estamos a mitad de año y nada que puede sacar a flote su, como dirían los millennials, “brutal startup”. Que el año está muy malo, que la gente esto o aquello, que por qué no busca por aquí o por allá y así el resto del tiempo, hay una disculpa para cada mes, para cada momento.

Yo admiro mucho a quienes sacan adelante sus emprendimientos pese a todas las barreras que enfrentan. Los que son verdaderamente independientes y no empeñan su destino según el genio, la empatía y la voluntad de otros. ¿Uno?, uno no es independiente, es el último eslabón de la cadena alimenticia que lo deja exprimido, debe ser por eso que se llama economía naranja.