Por Gisela Sofía Posada*
Los centros urbanos atraen; nos transportan a otros tiempos. Una memoria habita en esa porción de mundo: ríos bajo sus calles, enormes ceibas, lugares y pieles que la historia ha dejado a su paso. Estos corazones son orgánicos; dan señales idiomáticas que se trasladan a los cuerpos de sus gentes y nos permiten medir qué tan saludable o enferma está una ciudad.
Visitar los centros tiene su fascinación. Caminar y dejarse ir por sus calles, con esa brújula curiosa hacia ninguna parte, convierte el paisaje contradictorio que los conforma en un imán, tan parecido a la diversidad que somos. Los centros —se dice— son patrimonio histórico. Tanto así que no faltan las largas filas —sobre todo en ciudades extranjeras— para visitar ruinas, templos sagrados o museos. Y la monetización llegó a calcular los deseos: pagar por contemplar, por habitar, por relacionarse con el espacio; mañas del mercado y sus estrategias para obtener beneficios.
Pongamos la mirada en nuestro centro: el Centro de Medellín. ¿Y qué decir de vos? Que sos un corazón transido, colmado de revelaciones, de anocheceres de furia y de tonadas bellas y macabras. Los avisos que te rondan anuncian: “Bienvenido al Centro Histórico”. Sin embargo, buena parte de tu piel está aporreada y las amputaciones de tu vocación, visibles.
Salvajemente, algunos de tus espacios han sido ocupados por economías mayoristas, bodegas, parqueaderos o compraventas. El edificio Gonzalo Mejía —que alojó el Hotel Europa y el Teatro Junín— fue demolido hace tiempo, y hoy el Edificio Coltejer conserva esa aguja clavada en la memoria. En sus alrededores sobreviven vestigios: la Avenida Primero de Mayo con capiteles y portones, La Naviera, el Portacomidas y el Edificio Palacé.
No se trata de nostalgia del pasado —también hubo fracasos— sino de un reparo por esas estéticas generosas pensadas para el estar. ¿No es para eso que se construyen las casas, los edificios, los parques? Quedan pocos restaurados y otros sobreviven en medio de cuadrículas que se disputan la tierra restante. Un afán desmedido, un lucro, una apuesta privada —más que pública— parecen marcar los nuevos tiempos.
¿Debería ser la ciudad ese lugar de armonía entre entornos, naturaleza y personas? La pregunta no busca respuestas utópicas. Los cambios son inevitables y los centros concentran una fuerza frenética, bestial si se quiere; pero en el nuestro hay síntomas preocupantes. Según datos publicados en Generación de El Colombiano (16 de febrero de 2026): “el centro es una de las comunas con menos residentes, aunque más de un millón de personas lo transitan a diario. Allí trabaja, alucina y duerme la resaca de buena parte de los casi ocho mil habitantes de calle registrados en el censo. Con sus pasajes hormigueantes de vendedores y sus soterrados convertidos en dormitorios y baños públicos, el centro es también territorio donde estructuras criminales definen reglas de juego y supervivencia”.
Vale tomar nota. No se trata de actuar desde la desesperanza; mal haríamos quienes confiamos, al levantarnos cada día, en la serenidad del árbol y su paciencia estoica, en los conciertos de los pájaros, en la amabilidad del vendedor de frutas, en el trabajo del artista de la madera venido de las riberas de una lejana Antioquia, en la ternura de un niño que se despide de sus padres al entrar a la escuela o en el encuentro amoroso de una pareja que sonríe al caer la tarde.
Cada día llega como una oportunidad para ser mejores sobre esta tierra —empeño de muchos, de casi todos—, pero no puede dejar de señalarse la carencia, porque una ciudad y su centro nos devuelven parte de lo que somos, nos habla de las deudas colectivas que tenemos, también de lo que hemos construido juntos. La cultura, como alimento espiritual, no puede ser un exotismo ni la búsqueda de afinidades para unos pocos. Los espacios públicos, los sitios para el encuentro y el disfrute —la plaza de mercado, por ejemplo— nos dan un carácter y revelan cómo una sociedad concibe, organiza y dispone la vida en comunidad.
Ver cuerpos heridos y lacerados, rostros endurecidos, nos hace pensar que la violencia no proviene sólo de las armas. Es cruda cuando el abandono se exhibe a plena luz del día. En el Centro, las desigualdades y la exclusión han crecido como agua estancada que lentamente sube. Ver personas a la intemperie no es únicamente resultado de decisiones individuales —“están ahí porque quieren”, suele decirse—; allí se manifiesta un cuerpo social enfermo, un desplazamiento de la dignidad, la aceptación tácita del fracaso y de que sólo algunos merecen formas comprensibles y acogedoras de habitar la existencia.
Entonces la pregunta regresa y nos asalta en cada esquina: ¿a quiénes les es permitido vivir la experiencia —con los pesares y desafines propios de la vida— como una estancia grata y menos dolorosa? Por ahora, concurrimos a un corazón, el Centro de Medellín, como imán que atrae y expulsa, como realidad que interpela a cada paso que damos entre sus pliegues.
*Gisela Sofía Posada es Comunicadora Social – Periodista de la Universidad de Antioquia con magíster en periodismo en la misma institución. Es especialista en Gerencia Pública de la Universidad Pontificia Bolivariana. Su desempeño profesional y ciudadano ha estado ligado a la comunicación y la cultura, con participación activa y orientación en iniciativas de estos campos. Sus textos han aparecido en algunos medios, revistas y publicaciones. Actualmente es Líder del Programa Cultura Centro de la UdeA.















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