Vecinos de este tradicional sector del centro se quejan por la creciente inseguridad que hasta se mete dentro de sus casas. Piden vigilancia más efectiva.

Por Alexander Barajas

No es noticia nueva, pero nuevos sí son para cada víctima los atracos o robos de ocasión que continúan viviéndose en Prado. Y son precisamente estos últimos delitos, en su modalidad de hurtos a residencias, los que están alterando aún más la calma en el que debería ser por su belleza, un sector más acogedor, que invite al disfrute y la convivencia.

Cualquier residente: habite o trabaje en Prado, tiene una historia que contar al respecto, casi siempre en primera persona. “En el año ya van 8 veces que se nos han metido y se llevan lo que pueden: computadores, impresoras, equipos, hasta papeleras o las mismas rejas y candados que ponemos para evitar que se sigan entrando”. Aunque lo podrían decir muchos allí, esas quejas vienen de la presidente de la Junta de Acción Comunal, Luz Miriam Arango, quien por ser la representante de esta entidad, es de los pocos afectados que hace algo más que lamentarse de viva voz: denuncia. Ella debe dar cuenta de los bienes muebles e inmuebles que le son dados en comodato a la JAC y que terminan siendo deteriorados o robados por los amigos de lo ajeno. “Me toca ir a poner el denuncio en el bunker de la Fiscalía y reportar los casos a las instituciones que nos ayudan”, explicó.

En Prado hay 20 frentes de seguridad local, conformados por vecinos, que expresan desánimo por falta de respuestas oportunas.

CENTRÓPOLIS consultó en ese organismo investigador, el cual reconoció “que el hurto a residencias subió 15.21% en Medellín de enero al 6 de noviembre, al pasar de 1.394 casos denunciados en 2017 a los actuales 1.606”. Cuando inquirimos sobre cuántos de estos correspondían a Prado, no tenían la cifra discriminada, ni siquiera por comunas. Averiguando con la Policía Metropolitana, informaron que de Prado habían conocido 18 episodios (con corte al 31 de octubre). Si se pensara que esos fueran todos los casos, pues parecería que los delincuentes se ensañaron con la JAC, con casi la mitad de los robos. Pero no. Hay un claro subregistro por falta de denuncias, ya que muchas veces los montos no son importantes: materas, picaportes, contadores, bombillos, cables, una mecedora o un cuadro en un balcón. Robos que dan más cuenta de la desesperación de quien los comete, pues arriesga su propia integridad aprovechando con malabares y seguetas cualquier descuido en altas horas de la noche.

Con ladrón propio

Historias parecidas a las de la JAC nos contaron los voceros de otras entidades como Fundación Patrimonio para el Desarrollo, la Corporación Cultural Centro Plazarte y el Preuniversitario Formarte. De esta última, Deysy Juliana Correa, asistente administrativa, resumió el sentir de tantos: “parece que tuviéramos ladrón propio”.

En el último robo, pese a contratar vigilancia diurna y nocturna, con cámaras, rejas y alarmas, los pillos no tuvieron problemas en aprovechar la noche y llevarse varias sillas universitarias. “Sabían que ese día no iba a estar el vigilante por una calamidad y aprovecharon. Son personas que se mantienen por aquí, incluso es vox populi que se trata de algún vecino drogadicto”.

Vecinos consultados comentaron que la inseguridad en Prado sube “cada vez que intervienen las ollas de vicio en De Greiff”.

Su sospecha la comparte Luz Miriam Arango, quien está convencida de que si no todos, la gran mayoría de los asaltos a la sede de la JAC los realiza un hombre vecino, reconocido consumidor y denunciado por problemas de convivencia y violencia intrafamiliar. “Hasta una vez fue capturado en flagrancia, se lo llevaron para la estación Candelaria y apenas nosotros salimos de allí lo dejaron ir que porque no íbamos a poner la denuncia, cosa que no es cierta”.

Quisimos obtener una opinión más detallada al respecto de la Secretaría de Seguridad y la Meval, pero no fue posible. “Es que nos han dicho los mismos policías que poco se puede hacer con esa persona y con los otros ladrones de casas porque son indigentes o consumidores, que qué pueden hacer con ellos”, recuerda la dirigente comunal.

A falta de una respuesta oficial más decidida, los vecinos que pueden costearlo contratan vigilancia profesional para su residencia o sede empresarial. Otros recurren por unos pesos a los serenos, que soplan su silbato cada tanto y hacen mover a los habitantes de calle para que no duerman en esta o aquella entrada.

Hay un claro subregistro por falta de denuncias, ya que muchas veces los montos “no son importantes” o porque los afectados ya están cansados de que no pase nada al respecto.

También hay otras propuestas, como la de María Clara Fonnegra, de Centro Plazarte, cuya otrora sede cultural también era atendida periódicamente por los rateros. “La seguridad se gana con más vida en comunidad, saliendo a las calles y encontrándose con los demás, para eso se necesitan más actividades culturales y artísticas en el espacio público, como las que proponemos 28 entidades participantes en la Mesa Cultural de Prado”.