OPINIÓN | Por: Luis Bernardo Vélez Montoya*

En pocas décadas nuestra sociedad se ha transformado. Más allá de los cambios físicos en los entornos, de los avances tecnológicos implementados y de las modificaciones en los indicadores de pobreza y violencia, las transformaciones que se han dado en las relaciones entre las personas fuera y dentro de los entornos familiares, son significativas.

Aunque los cambios sociales han impactado a las personas, organizaciones y territorios, hay un grupo poblacional que ha sentido de manera más directa estos movimientos: los niños, las niñas y los adolescentes. Más allá de pensarlos como sujetos vulnerables o frágiles, es necesario reconocer la importancia que tiene para ellos el acompañamiento en lo escolar y nutricional, así como en lo afectivo y relacional durante este período crítico de desarrollo. Para esto requieren de adultos claros y presentes, así como de entornos seguros y protectores.

Hoy tenemos niños, niñas y adolescentes en condiciones de soledad altamente preocupantes, bien sea porque los adultos necesiten ingresos que permitan una mejor calidad de vida para la familia y su ausencia se convierte en un asunto obligado o porque estos no deseen vincularse de manera activa en los procesos de crianza y de acompañamiento. Es fácil identificar que esta situación ocurre en todos los estratos socioeconómicos de la ciudad y que independientemente de la estructura familiar en la cual está inserto, esto puede estar presente.

Los fenómenos asociados a la soledad de los niños, niñas y adolescentes también pueden relacionarse con la aparición y el uso de los aparatos tecnológicos de comunicación y de entretenimiento. Estos han captado la atención de los menores y de los adultos y en muchos casos suplen las necesidades de interacción, vínculo y relación que en los entornos familiares es necesario construir. Más allá de echarle la culpa a la tecnología, tiene que ver con la forma en la cual se usa y en los modos en los cuales se delega la responsabilidad en tales instrumentos.

Al ser un fenómeno multicausal, es necesario poner la mirada desde los entes gubernamentales en esta situación y apoyarse en las universidades y sus grupos de investigación, para identificar los efectos que la soledad tiene en la aparición temprana de enfermedades mentales, en los consumos de sustancias psicoactivas, en la deserción escolar, en los fenómenos de violencia y en los actos suicidas. Aunado a la soledad en esas edades en donde el vínculo ha de construirse de manera clara y sólida, la pérdida del sentido de vida y de una visión de futuro, son otros elementos altamente preocupantes.

Para hacerle frente de manera contundente a estos fenómenos, el Estado habrá de llenar los barrios de múltiples ofertas institucionales para que niños, niñas y adolescentes, encuentren alternativas múltiples y significativas para su desarrollo. Deporte, juego, música, arte y cultura pueden favorecer la construcción de relaciones más adecuadas, ayudar a que se rompa la dependencia con el uso indiscriminado de la tecnología, y que sirvan como elemento protector para que las actividades ilegales y el ingreso a grupos al margen de la ley, no sea una opción.

De otro lado es necesario hacer un esfuerzo para mejorar la oferta de profesionales psicosociales en los territorios y en las escuelas. Psicólogos y trabajadores sociales, entre otros, se requieren para acompañar a las familias y a las instituciones educativas en torno a la promoción de relaciones más adecuadas y a la identificación de factores de riesgo asociadas con alteraciones mentales, consumos de sustancias psicoactivas y actos suicidas. Escuelas de Padres y espacios de encuentro para que adultos, niños, niñas y adolescentes se encuentren a conversar y a tejer alternativas, son altamente necesarios y requeridos.

Bien lo decía Héctor Abad hace algunas décadas: lo que un hijo necesita es amor y cuando sienta que necesita algo más, es más amor lo que hay que darle. El acompañamiento, el cuidado y el afecto, son pilares fundamentales para que muchas de las dificultades que hoy se presentan en torno a la soledad de nuestra niñez, pueden enfrentarse de manera más adecuada. Todos somos responsables de nuestros niños, niñas y adolescentes y entre todos podremos construir mejores alternativas para ellos.

*Médico, ex concejal y ex secretario de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos