En el edificio La Ceiba, en el centro de Medellín, sobrevive un oficio de extrema minucia que se ha ido quedando sin nuevos aprendices. Aquí la historia de un relojero, maestro de las llaves, el tiempo y la precisión.

Por: Daniela Jiménez González

Cada media hora, en un acto sincronizado, la pequeña oficina de Ivo Correa es casi una sinfonía. Suaves melodías que provienen de grandes relojes de piso se unen a las campanadas y al canto de los relojes cucú que adornan las paredes o los rincones del recinto. Los vecinos, cuenta Ivo, están acostumbrados a la algarabía cotidiana de este reparador de relojes de péndulo que ya suma más de tres décadas en este taller sinfónico.

Los relojes de péndulo que habitan el lugar, y que cada día a la hora en punto cantan en coro, son de los clientes que confían a Ivo su reparación. Algunos son suyos, que ha conservado por herencia familiar, por gusto o regalos de otros clientes. “A mí me alegra mucho que suenen. Me da es tristeza cuando están estas paredes vacías”, cuenta.

En este mismo taller empezó a trabajar Ivo Correa en 1981, en lo que para esa época era la distribuidora de la marca Jawaco en Medellín. Comenzó como mensajero, pero en sus ratos libres observaba con curiosidad a otros reparadores, de quienes fue aprendiendo el oficio. “Así inició mi aprendizaje de este arte”, comenta entre sonrisas “pero inicialmente hice muchos daños”. Aun así, su jefe supo tener la paciencia necesaria con un pupilo que demostraba tener talento para la relojería. Ivo permaneció y hoy afirma, con certeza, que ha sido una fortuna dominar la técnica y continuar en este trabajo de extremada precisión.

Ivo es relojero desde 1981, cuando inició sus labores en lo que antes era la distribuidora Jawaco.

Este relojero no se entromete en la maraña de los relojes electrónicos, que son los que mayoritariamente predominan en el mercado. Su especialidad son los péndulos: los enormes relojes de piso al estilo grandfather, los discretos y elegantes modelos de mesa o pared, los relojes cucú, los péndulos de pesas, hasta máquinas tradicionales de madera de más de 150 años. “Esto es una obra de arte”, dice Ivo, mientras desarma el complejo engranaje de un mecanismo diminuto.

Cada media hora, en un acto sincronizado, suaves melodías que provienen de grandes relojes de piso se unen a las campanadas y al canto de los relojes cucú que adornan las paredes o los rincones del recinto.

Una reparación puede tomarle el día entero, o solo dos horas si se trata de un proceso menos demandante. Para el mantenimiento, el reloj de péndulo se desarma completamente, se lava la máquina pieza por pieza y se corrigen los desgastes internos de la platina mediante unos ejes minúsculos llamados bujes, que él mismo fabrica en un torno.

Con todo y nostalgias, Ivo comenta que el suyo es uno de esos oficios que, poco a poco, se ha ido quedando huérfano. Primero, por la baja producción de los repuestos necesarios para las reparaciones y, después, por la dificultad para conseguir a alguien que esté realmente interesado en convertirse en un aprendiz de relojero.

“Esto se está acabando. Ya somos muy poquitos porque no hay producción, hay cosas que no se consiguen, como los piñones, entonces toca mandarlos a fabricar. Eso encarece mucho los repuestos e impide que uno le enseñe a alguien. Anteriormente, si se dañaba alguna cosa, uno la pedía, pero ya toca pagar el reloj entero”, agrega.

A pesar de eso, Ivo no duda ni flaquea. Todos los días, también con una exactitud absoluta, el relojero abre su taller a las 8 de la mañana. “Mis hijas dicen que soy muy puntual, que quién sabe si por el hecho de ser relojero o no”. 

Muchos de sus clientes, que han crecido con uno de estos relojes de péndulo en casa, desconocen su valor. Lo prudente, comenta Ivo, es que a estas piezas se les realice mantenimiento al menos cada cinco años. Con los relojes cucú, es preferible que no estén situados en lugares en donde las corrientes de aire puedan averiar los péndulos livianos que subyacen en su interior. A los relojes de gabinete, aunque estén resguardados, también hay que protegerlos y darles cuerda cuando sea necesario.

La satisfacción que siente Ivo cuando repara un reloj, como él mismo lo dice, va más allá del dinero o cualquiera de las compensaciones económicas asociadas al trabajo. Dice que todavía está aprendiendo y que, incluso, en algunas noches sueña con algunos de los problemas de reparación que tiene que resolver al otro día en su taller. Pasa la madrugada en vela, dándole vueltas y atando cabos. Por eso, cuando comienza la jornada, muchas veces ya tiene claridad sobre cómo resolver la falla del reloj.

En su taller, Ivo repara todo tipo de relojes de péndulo: mesa, pie, pared o hasta cucú.

En un sector en el que abundan las relojerías, como es el centro de Medellín, Ivo comenta que su distintivo es ser el único  que está especializado solo en péndulos. Se ríe y agrega: “El reloj de pulso mío lo mando a arreglar. Uno sí tiene idea, pero son cosas distintas. Se lo entrego a un colega y yo le trabajo a algunos relojeros también, en temas de péndulos”.

Su especialidad son los enormes relojes de piso, los discretos y elegantes modelos de mesa o pared, los relojes cucú, los péndulos de pesas, hasta máquinas tradicionales de madera de más de 150 años.

El desafío mayor, si se quiere continuar con la tradición, será encontrar nuevos aprendices, manos jóvenes que estén dispuestas a afinarse en precisión, minucia y buena vista. Más relojeros de péndulo que crean en el oficio y que, quién sabe, también pasen sus noches en vela pensando en cómo desentrañar las fallas de algún medidor del tiempo.

Ivo cuenta que le estuvo enseñando a un sobrino, quien prefirió dedicarse a la electrónica. En otro intento, su aprendiz se decantó por la joyería. “Lo difícil es aprender el arte. Encontrar a la persona que realmente se enamore de esto”, concluye.