Por Juan Moreno

Dicen que no hay tiquete más expedito al pasado que la música y los olores.  En estos días, abriendo la boca por ahí en un pasaje comercial del centro, me topé con una vitrina que me devolvió al pasado, a mi infancia en los 70, a mi casa, a la  de mis tíos, a la de mis amiguitos, a todas las casas que conocí en la que hubiera un hombre. Fue como mirar una vidriera de hace 40 años por lo menos, cuando “bajaba” al centro de la mano de mi madre. En esa estantería encontré productos que creía desaparecidos, manufacturados especialmente para hombres. Moda masculina en ropa, en lociones, en accesorios, en decoración. Artilugios y esencias para el pasado en presente.

Lo más sorprendente es que son elementos que creía desaparecidos. Ahogados por las tendencias actuales, tan minimalistas, desprovistas de formalidad y andróginas. Fue imposible no entrar a conversar con su propietario y gerente, Hernando Castro. Camisa exclusiva hecha a la medida en sastrería y marcada con su nombre, corbata clásica, chaqueta a juego, mancuernas, afeitado al ras, pelo perfectamente cortado, Hernando es fiel reflejo de su almacén, al que entró con 17 años como mensajero en 1982. Mientras me atiende a mí, que estoy de camiseta, jean y tenis, su lustrabotas de confianza le brilla el calzado hasta dejarlo como un espejo.    

“Oiste, ¿todavía hay gente que compra Agua Brava, Brut, Pino Silvestre, Fahrenheit, Azzaro, One Man Show y Jean Maríe Farina?”, es la primera pregunta que le suelto. Porque sí, allá venden esas lociones (colonias, dicen los entendidos como Hernando). “Claro que sí. Hay gente clásica, que no cambia sus gustos, que lleva 40 o más años usando estos productos”. Y me abre un frasco de Agua Brava. El olor me transporta a la casa de mis primos, en Rosales. Ellos, mayores que yo, la usaban en su adolescencia y en sus veintes por aquel entonces y para salir a conquistar “pipiolas”. Veo la botella verde de Brut, con la medallita metálica colgando del cuello. Recuerdo los avisos de prensa, los comerciales de televisión y también recuerdo que no la veía físicamente desde hacía décadas. Hernando me advierte extasiado con los frascos y me dice que los trae de Estados Unidos, que allá todavía las hacen. Esta loción lleva 51 años en el mercado y es producida por la tradicional casa Fabergé.

Agua Brava es otro clásico y también fue lanzada en 1968. Producida por la casa Antonio Puig, evoca los aromas de la madera y el cuero. ¿Se acuerdan del Old Spice, una fragancia que fabricaba Shulton en Barranquilla? A pesar de haber salido hace 30 años del mercado, Hernando la consigue en Nueva York porque el nombre era solo una franquicia. Quien la hace hoy es el gigante Procter & Gamble.

Me detengo en la más tradicional de todas, la de toda la vida, de muchas vidas: Roger & Gallet de Jean Marie Farina. En el mercado nada menos que desde 1792 con su tradicional fragancia cítrica. “Esa loción la utilizó Napoleón”, me dice Hernando. Y le creo. Me explica cómo usarla, mojando generosamente las manos y aplicándola en cabeza y cara. La sensación de frescura aun no han podido superarla.

Dejamos de lado las esencias y hablamos ahora de las vestimentas, porque en el almacén hay un sastre de los que ya no quedan. El Maestro de los metros, las telas y las tijeras, hace trajes a la medida que pueden tardar un mes en su elaboración, con paños ingleses e italianos de excelso tacto. Estoy tocando los acabados textiles cuando Hernando recibe una llamada de un cliente que dice tener un vestido que le hicieron allá hace 40 años, que lo quiere arreglar y que cuánto le cuesta. “Así son mis clientes, fieles. Señores que venían aquí al lado, al Club Unión y que todavía se visten de saco, corbata y sombrero, con ropa a la medida, sin importar estos calores de la Medellín de hoy.

Mi curiosidad hace doble clic en un libro que tiene un título contundente y que Hernando tiene semiescondido tras la vitrina: “Vístase como un varón”, de Juan Pablo Martínez. El libro contiene temas sobre colorimetría, accesorios, telas, ocasiones de uso, acicalamiento y prendas básicas para armar el armario. Es toda una fuente de consulta.

Plumas, estilógrafos, navajas, pisapapeles, botas Z.Z.Z. para ir a toros, bufandas, paraguas, corbatas, foulards, mancuernas, pañuelos, lupas, pipas y tabacos (puros, me corrige el entrevistado). Y para estos últimos se consiguen los insumos, porque su consumo es todo un ritual. Sí, aun hay gente que fuma la aromática pipa y hay de diversas calidades. Pese al auge también de las barberías, hay gente que llega por su máquina graduable metálica, la barbera, las brochas en pelo de tejón, la espuma importada y las cuchillas Wilkinson alemanas. Después, se aplican la lavanda inglesa o el jabón Yardley y juegan póker con cartas Ken y máquina especial para barajarlas.

Hernando se muestra triste porque dice que la corbata va de salida definitivamente, pero me dice que todavía quedan clientes que llegan a hacerse sus camisas y chaquetas y las mandan a marcar con su nombre, la fecha y las iniciales en las mangas, un acto de lo más anacrónico pero que no deja de ser fascinante en una ciudad que se ha caracterizado por la diferencia de clases que ponen sus habitantes más pudientes desde tiempos inmemoriales.

Los recuerdos de nuestros padres nos acompañan siempre, sobre todo cuando ellos no están en el plano físico. Cuando se abre un frasco de estos y se percibe su fragancia, es inevitable no recordar al papá o al abuelo, ahora que estamos en su mes. Es incontrolable la lágrima que remoja la conversación y es plausible saber que aún hay gente de antes, inquebrantable a las modas que vienen y van.  Creo que así voy a ser yo. En 5,4,3….