Fétido olor de heces y orina en el espacio público, ollas de vicio y constante presencia de habitantes de calle, estarían cocinando un pequeño Bronx en nuestra comuna, el cual urge desactivar cuanto antes.

Por: Alexander Barajas

Cuando uno sigue las caprichosas curvas que hace la Avenida de Greiff luego de Cundinamarca, camino a la Minorista, la hediondez avisa que se está cerca de la Placita de Zea, otrora emblema del ya perdido San Benito señorial, que hace menos de tres décadas todavía atraía a comerciantes y nuevas familias.

Para ser sinceros, al sector siguen llegando habitantes, pero estos sin sueños de progreso y sumidos en el difícil laberinto de la drogadicción, la enajenación mental o la delincuencia. A veces las tres juntas.

Por esta zona pasan cada día decenas de los 3.600 habitantes de calle que calcula la Secretaría de Inclusión Social existen en la ciudad y varios de los cerca de 20 mil medellinenses considerados en situación de calle (subsisten en el espacio público, pero no pernoctan a la intemperie). Unos y otros encuentran en su momento, en estas aceras, la redención y el pecado, la oficialidad y la delincuencia, tan cerca una de otra.

Con pocas cuadras de diferencia operan los dos Centro Día creados para atenderles. Pero también hay por lo menos dos grandes ollas de microtráfico a la luz pública, entre las calles 54 y 56. Una, muy mal camuflada tras una tela verde de construcción que no separa ninguna obra. La otra está en los costados de dos edificios de entidades públicas (la institución educativa San Benito y el COM Centro de EPM), donde con descaro se cambian dosis de vicio por plata. Los jíbaros cuentan abiertamente sus abultados fajos de sucios billetes, mientras los estudiantes y vecinos observan acostumbrados la situación.

A unos pasos funciona una estación de servicio a la que llegan a diario uniformados de la policía y el ejército a surtir de gasolina sus vehículos oficiales. No faltan entre ellos quienes miren divertidos el grotesco espectáculo mientras llenan los tanques.

Ahora les llama la atención un hombre sucio con un cono naranja del tránsito en la cabeza y lo que parece un machete oxidado en una mano. No opone resistencia cuando se lo quitan. Terminan de tanquear y se van.



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“Si acabaran con las ollas de vicio, los habitantes de calle no tendrían por qué mantenerse por acá”, dicen vecinos.
La Secretaría de Inclusión Social pide no dar limosnas, porque ese dinero alimenta el microtráfico. “Mejor que se acerquen a nuestra oferta de atención integral”.

Comerciantes y vecinos demandan mayor presencia de la autoridad, con decisión y continuidad en los operativos para acabar con el microtráfico.