jueves, noviembre 23, 2017
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Cuando el centro queda demasiado lejos

Llegar, desplazarse y disfrutar del centro de Medellín sigue siendo una odisea para muchos habitantes con necesidades especiales de movilidad. Un recorrido a su lado evidencia la situación a la que se enfrentan en cada visita. Aquí un repaso a sus historias.

Alexander Barajas Maldonado

 

Omaira García vive en el barrio Santa Cruz y por lo menos tres veces a la semana viene al centro. Aunque puede hacerlo sola, siempre prefiere hacerlo acompañada. A pesar de su ceguera (producida por un glaucoma agresivo hace 19 años), si no hay nadie con quien venir, igual se arma de valor y desafía las calles atestadas y mal preparadas para personas como ella y como tantos otros con alguna condición sensorial o de movilidad diferente; personas que como cualquiera de nosotros, no quieren vivir enclaustradas en cuatro paredes.

“Es muy maluco, hay obstáculos por todos lados y faltan más facilidades para el invidente como los semáforos sonoros” afirma señalando que lo peor es la falta de franjas o líneas táctiles en las aceras y espacios peatonales. Se trata de esos caminos de baldosas con pliegues en relieve que sirven para guiar el bastón de los invidentes y que se encuentran a lo largo de uno que otro andén, aunque debería haberlos en todos. El parque Berrío y los alrededores de La Candelaria no tienen esta franja táctil, por ejemplo.

“Y cuando la hay, muchas veces no podemos usarla porque la gente no sabe para qué es y la ocupan con puestos callejeros o parquean motos. Si no, resulta que obras públicas las instala pegadas a obstáculos como hidrantes, postes, cabinas telefónicas, canecas de basura y paraderos. A lado y lado de la franja no debe haber nada a menos de 60 cm y nada a una altura menor de 2.1 metros; como eso no se cumple nos hemos chocado también con señales de tránsito, parasoles y con ramas de árboles”, sostiene.

Juan Guillermo González también es invidente y desde Rionegro llega al corazón de la ciudad. Recuerda lo que le ha pasado cuando le pide a venteros y transeúntes que no obstaculicen las pocas franjas táctiles del centro. “Me alegan, me dicen mentiroso, que no son para eso. Que son guías para saber dónde van las tuberías del acueducto, que sirven para separar los que van de los que vienen; hasta uno me dijo que los surcos le sirven para apoyar mejor las patas de su chaza”.

El primer reto es llegar





Omaira y Juan Guillermo son ciegos pero no tienen problemas para mover sus propios pies, por eso pueden llegar al centro tomando un bus o usando el metro; pero quien debe desplazarse en silla de ruedas encuentra obstáculos desde que sale de su casa. Son escasos los buses con plataforma elevadora o rampas, y los taxistas rara vez les paran. “Nos huyen porque creen que no sabemos para dónde vamos o que no tenemos plata o que les va tocar cargarnos para subirnos, cuando lo primero que aprendemos es a pasar de la silla de ruedas a la cama o a otra silla fija y viceversa. Las sillas ahora son más livianas y plegables o desarmables”, dice Beatriz Cardona, residente en Envigado y con paraplejia por un accidente de tránsito desde hace 18 meses.
“Me da pena repetir lo que yo pensaba, cuando caminaba, de las personas con discapacidad. Decía que para qué salían de la casa, a sentirse mal y a incomodar a los demás. Como guía de turismo, no me gustaba tener personas así en los grupos; ahora sé que mejorar la accesibilidad es una preocupación que debe ser de todos porque nadie está exento de una discapacidad propia o de un ser querido. Igual, una ciudad mucho más fácil de recorrer es un beneficio para todos, con discapacidad o sin ella”, confiesa.

Beatriz agrega que el metro es la mejor opción para ella, que fuera de su casa se mueve en una silla de baterías liviana. “Pero todavía le falta, las plataformas elevadoras en las estaciones son muy lentas y si vamos en grupo, como en una salida que hicimos varios compañeros en sillas de ruedas al Jardín Botánico, se paran luego del cuarto o quinto usuario porque no funcionan con corriente sino con carga. Ahí nos tienen que subir a cuestas, pero si alguno usa de las sillas más pesadas, se tiene que quedar; nadie levanta los 80 kg del aparato y los otros 80 kg de la persona”.

Desde su silla, también llama la atención sobre la falta de continuidad de los andenes, el mal estado de muchos de ellos o la invasión de los mismos “por venteros y por obstáculos no humanos”. Los huecos que deja el robo de las tapas de contadores y los adoquines levantados, al igual que las rampas demasiado empinadas o que no bajan hasta el nivel de la calzada, muchas veces le llevan a preferir la vía de carros y motos, poniendo en riesgo su integridad. Le huye también a las rendijas de desagüe que por su mala orientación pueden trabar las ruedas.

Finalmente, hace caer en cuenta que por su condición, comparte lo que padecen otras personas especiales como las de talla baja (mal llamados enanos) o los obesos. “Las escaleras son un límite y entre más altas peor. Así sea un escalón para entrar a un banco o una iglesia. Yo no puedo usar sola un teléfono público porque me quedan muy altos, los baños son por lo general muy estrechos y los lavamanos están muy arriba; faltan pasamanos para nosotros también, a nuestro nivel. Ah, otra cosa, las sillas y las mesas fijas en el piso que tienen algunas cafeterías tampoco nos sirven; no podemos arrimarnos a la mesa y comer normalmente”.

Se necesita sensibilización

Es necesario conocer los amoblamientos instalados en la ciudad para facilitar la movilidad de todos. De igual modo, hay que eliminar prejuicios injustificados que contribuyen a recluir en sus casas a quienes tienen una movilidad especial. El programa Derecho a la Ciudad y el Territorio, de la Corporación Región, trabaja en ese sentido por una accesibilidad para todos. “Por ejemplo, hemos sensibilizado a taxistas para que sepan atender a esta población”, informa Luz Amparo Sánchez, líder de esta iniciativa ciudadana. Añade cómo lo hacen: “salimos a la calle, paramos un taxi y le explicamos cómo transportar a un pasajero con alguna limitación. A cambio les pagamos una carrera mínima y ellos lo agradecen porque lo que aprenden les sirve para prestar un mejor servicio y tener más clientes”.

Prometen mejores andenes

Una vez terminado Centro Parrilla -el programa que está renovando las redes de acueducto y alcantarillado en la Comuna 10- la Secretaría de Infraestructura construirá 73 mil metros cuadrados de nuevos y mejores andenes entre las calles 36 y 66, y las carreras 39 y el río Medellín. “Los andenes serán tipo Metro y cumplirán las exigencias del Manual de Espacio Público del Municipio de Medellín, cuyos lineamientos permiten facilitar las condiciones de movilidad para todos los ciudadanos, en especial para las personas con discapacidad física al ofrecerles rampas de rebaje peatonales, superficies antideslizantes, franjas táctiles, de alerta y delimitadoras en color para personas con discapacidad visual”, asegura el ingeniero civil de EPM Hugo López, director del programa Centro Parrilla.

Nota: agradecemos la invaluable colaboración de Alfime – Centro de Vida Independiente de Envigado y del colectivo Fuerza Incluyente por sus testimonios y recomendaciones.







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