Profamilia, entidad sin ánimo de lucro que opera en la calle Caracas, entre Girardot y El Palo.

Por: Juan Moreno

“Hago entre 17 y 20 al día, son como unas 6.000 al año”, me cuenta el urólogo que me va a realizar la vasectomía en instantes. Para mí es la primera del día, del año, de la vida, y por eso nuestros estados de ánimo son diferentes. Yo estoy expectante por el dolor que pueda sentir y la situación de indefensión por causa de una bata elaborada en una tela que más parece papel. Él, está cumpliendo una rutina matizada por chistes internos con la enfermera y la instrumentadora que nos acompañan en uno de los quirófanos de Profamilia, una entidad sin ánimo de lucro que, literalmente, opera en una casona antigua de media cuadra de frente, ahí en la calle Caracas, entre Girardot y, alegóricamente, El Palo.

Previamente, una médica joven, en sus veintes, me había examinado días atrás y con base en una inspección visual y táctil había dado su aprobación para la deferentectomía, que es como se llama verdaderamente este procedimiento quirúrgico en el que se hace una incisión “allá” para impedir que la reproducción sea exitosa. Lo primero que la chica pregunta es que si estoy seguro. Y lo pregunta dos veces. El resto, es rutina médica.

A propósito de “allá”, antes del procedimiento, una enfermera me pregunta, con tono ya cansado de hacer siempre lo mismo, que sí sé cuál es el procedimiento que me van a hacer. “Vasectomía”, contesto. “¿Y sabe en qué parte se la van a hacer?”. “En Profamilia”, respondo, tratando de romper el hielo con el chiste fácil. Ella me mira por encima de los lentes sin reír, con cara de “bueno, ojalá no te reproduzcas más”, y continúa con el procedimiento de preguntas e instrucciones. Seria, como un jugador de póker.

La parte previa a la cirugía es entre humillante y graciosa. Somos 10 hombres, yo el mayor, vestidos con la bata ridícula esa, gorro y polainas. Nos hacen sentar en unas sillas tipo reclinomatic a mirarnos las caras. Durante poco más de una hora, nadie habla, nadie se mira, somos incapaces de socializar entre nosotros y por eso la espera es eterna.

El personal médico deambula por el lugar conversando entre ellos, ajeno a nuestra presencia. Se cuentan cosas de su vida, se regañan en público, se ríen duro. Es un día más en el trabajo. No pasa nada distinto a ver un conjunto de indefensos en bata que se hacen un montón de preguntas en silencio.

“Esto está cambiando, y más en un departamento tan machista como Antioquia. Ya no le dejan el trabajo de planificar únicamente a las mujeres. Solo hay que tener 18 años y ganas, ni siquiera hay que tener hijos para operarse. Eso está muy bien”, me dice el especialista, mientras comienza su trabajo. Yo no paro de hacerle preguntas y de estar de acuerdo con él en todo, no vaya a ser que resulte rencoroso. Y pongo tema y trato de permanecer ajeno a lo que está sucediendo. Él, la enfermera, y la instrumentadora me siguen el juego. Esta última, nota que tengo una manilla roja y dice que por qué me la pusieron. “Soy hipertenso, tomo Losartán y Metformina”, digo. “¿Metformina?, pregunta el médico “¿Eso no es para los diabéticos?”. “Lo que pasa es que está muy gordo”, suelta la otra, sin anestesia. Todos ríen. Reímos. Ya qué carajos.

Hay un par de dolorcitos molestos, uno más que el otro. Me quejo. La grácil instrumentadora solo dice “Lo que pasa es que la izquierda está muy pegada”. Mejor no pregunto nada para no llevarme otra cucharada de honestidad brutal.

El procedimiento termina entre risas y camaradería. Aunque soy un número más. Los facultativos son cálidos, profesionales, eficientes. La recuperación no tarda nada. Estoy listo para volver al mundo. Salgo a la calle Caracas a organizar mis ideas, pensando en que ya lo único que quiero tener fértil es la imaginación…Y el bolsillo. Aunque para esto último, no hay cirugía que valga.