Por: Juan Moreno

Hernán Macías es de Yolombó, casado, dos hijos, y se gana la vida desde hace 40 de sus 72 años como “tinterillo”.

El primero me dijo que no podía dar entrevistas porque su familia estaba en la política y se lo tenían prohibido, eso le podía causar problemas. Lo dijo con tanta decisión y firmeza que yo hasta le creí. El segundo se negó rotundamente que porque estaba desconcentrado ese día. “El trabajo está muy malo y no tengo cabeza para nada”, soltó recio.

Yo, que creía que hablar con ellos iba a ser lo más fácil del mundo, entré como en un paniquito todo maluco. Mi última esperanza estaba casi al final del costado norte de la Plaza Botero, sentado en un banquito plástico y haciendo carrizo mientras veía pasar la vida un sábado de enero, en medio de uno de esos días bonitos de la Medellín de comienzos de año. Más me demoré en proponerle una conversación grabada (esta sí con permiso de él, no las que hacen por ahí a escondidas), que él en empezar a contar el cuento.

Se llama Hernán Macías, es de Yolombó, casado, dos hijos, y se gana la vida desde hace 40 de sus 72 años como “tinterillo”, ese apelativo con el que se conocen los escribientes públicos, aquellos personajes que redactan toda clase de documentos al aire libre y con una máquina de escribir como herramienta de trabajo y compañera fiel.

Él me cuenta que es contador de la Remington (aquella con el slogan que quedó en el recuerdo popular de “la escuela que tarde o temprano usted elegirá”), promoción del 66, y que es una especie de abogado por erudición. Que comenzó su vida de tinterillo en el Palacio Nacional, cuando allí había juzgados y no un centro comercial donde venden todos los tenis del mundo. Luego estuvo en La Alpujarra y desde hace unos 18 años está en esta zona del centro de la ciudad.

“Yo estudié en la escuela Remington y mi primera máquina fue una Remington”, dice. “Entonces no le falta sino la escopeta Remington”, le suelto yo y el hombre se ríe ahí, como con pena del chiste tan flojo, como por variar.

“¿Sabe por qué soy tinterillo? Porque yo vi en esto como una proyección de servirle a la comunidad. A mí me gusta el servicio social, y entonces dejé esa bobada de la contaduría y me dediqué a atenderle a la gente sus necesidades porque nosotros somos prácticamente asesores jurídicos, orientadores y servidores públicos no remunerados”, dice convencido

Cerca de 12 tinterillos mantienen vigente su oficio, en Plaza Botero.

Cartas de recomendación, laborales, de compraventa, documentos comerciales, para declaraciones de renta o extrajuicio, todo lo redacta Don Hernán de memoria, aunque siempre lo acompaña el Código Civil y el de Comercio en el cajón de su escritorio de madera, sobre el que reposa una Brother Deluxe 750 que mandó a traer de San Andrés Islas hace tres años por 250.000 pesos. Entonces me vienen a la mente dos pensamientos: de San Andrés todavía se traen cosas y todavía hacen máquinas de escribir

“Claro que todavía hacen máquinas de escribir, y todavía se consiguen cintas y todavía hay quien las arregle. Aquí viene un técnico y les hace mantenimiento. Lo único que no consigue es la cinta bicolor, pues ya no la producen.” dice.

“Yo aquí le hago una carta de recomendación diciendo que lo conozco desde hace años, que es honesto, que es una gran persona, que es muy honrado y todo lo que usted quiera. Eso sí, esa carta la firma otro, jajaja. Es de lo que más hago, la carreta ya me la sé de memoria”. Pero de las cosas más raras que redacta están “los documentos maritales”, como él los llama. Y es cuando una pareja llega y le pide que le haga un papel en el que diga qué compromisos adquieren en la unión de hecho que van a tener. “Esa ya me la sé. Yo simplemente les digo, ¿sabe qué? usted tiene que renunciar a los bienes de él, y usted a los de ella y listo. Y lo que consigan como pareja se lo reparten por mitades.” Afirma con la vocación de un abogado experto.

Cuenta una historia que le ocurrió hace 30 años con un cliente que llegó desde Estados Unidos pidiendo que le transcribiera su última voluntad, un proceso que tardó dos días, mientras le entregaba una relación de todos sus bienes materiales. La idea era que se los quería dejar todos, completos, a su exesposa y a sus hijos. “La señora con la que vino se puso a llorar porque no sabía a qué había venido él. Les dejó todo en vida y se volvió a ir, una cosa muy brava, un tipo muy valiente. Nos tomamos unos tragos mientras hacíamos el trámite, salieron para donde un notario y dejaron eso legal”

Se queja de que Juan Gómez Martínez, siendo Alcalde, los sacó de La Alpujarra y los dejó en el aire, sin trabajo. “Luego llegó el Doctor Luis Pérez y dijo: yo soy el que manda ya y los voy a llevar a la Plaza Botero. Y aquí quedamos muy bueno, ya somos 12 y hay trabajo pa´ todos, imagínese pues”. Don Hernán dice que su ventaja es atender bien la gente y ser muy honesto. Con su trabajo sacó adelante la familia y a una hija que es secretaria ejecutiva y a otro que quiso ser trabajador de obra. También, vive en su casa propia.

Recuerda con nostalgia que la mejor máquina que ha tenido en estos 40 años es la Olivetti Lettera 28, por sus letras grandes y cuadradas. “Y otra grande que decía Carvajal y Compañía. Yo volaba en esa máquina, la cambié por grande”.

Sus compañeros son sus amigos y no acepta adelantos tecnológicos, como las máquinas eléctricas. Todos los días está en ese puesto, de 8 y 30 de la mañana a 5 de la tarde, menos los domingos, que los deja para ver al Medellín, una pasión casi tan grande como la que tiene por ayudarle a la gente a través de la redacción de documentos que los saquen de problemas…O los metan en ellos.