José Betancur fue habitante de calle. Hoy es el director de la Fundación Semilla que Crece y trabaja en pro de mejorar las condiciones de salud y bienestar de quienes aún viven en las calles.

Por: Laura López

José Betancur nació en una familia de cinco hermanos. Desde niño sus padres lo llevaron a vivir al barrio Popular y  siendo muy pequeño, cuando su padre abandonó a su mamá y ella tuvo que lavar ropa en casas para sostenerlos, estuvo ligado a la calle. 

Su vida “de libertad” empezó porque tenía que salir a buscar el sustento. Su madre no permanecía en el hogar.  Siendo niño le diagnosticaron polio y aunque en ese momento no había vacuna, le brindaron un tratamiento. La enfermedad lo dejó con una leve lesión. 

“Una experiencia que recuerdo es que nosotros vivíamos al lado de un colegio, la ventana de la institución daba a nuestra casa. Allí, en el restaurante, servían lo que se llamaba “las onces”. Durante muchos años nos pararnos ahí, mi hermanito y yo, para mirar si nos daban leche. Después de un tiempo empezamos a recibir sobrados, pero cuando recibíamos el pocillo nos daban tan poca leche que ni siquiera alcanzamos a mojar nuestros labios”, expresa don José, también llamado “El ángel de las calles”.  

Fueron muchos años de salir a pedir, hasta que se le cumplió el sueño de viajar a Estados Unidos, aunque de manera ilegal. Quería ir y regresar para poder ayudar a su familia, los amigos y la gente del barrio. Allá logró terminar el bachillerato y se le dio la oportunidad de empezar a estudiar medicina. Paralelamente se fue involucrando en el tema de los autos. 

“Esta pasión surgió porque cuando era pequeño, a mi casa el niño Dios no llegaba, porque mi madre decía que era mejor tener un alimento que un juguete. Entonces yo en el año reciclaba los carritos que otros niños dejaban y el 24 de diciembre los demás estrenaban un juguete, mientras yo tenía los carritos arregladitos, con llantas del uno y del otro. Esta vocación me llevó a que en Estados Unidos me metiera con los autos. En esta pasión subí alto y llegué a competir en la Nascar, pero tuve un accidente que me frustró, porque sufrí una lesión de cadera y fémur que me dejó dos años en cama. Después, entré en un proceso de demanda y suspendí el estudio de medicina, estaba en cuarto semestre”, cuenta el ángel. 


A raíz de esta situación optó por incursionar en el mundo del narcotráfico. Después de una serie de situaciones terminó en una cárcel de Estados Unidos tres años y medio, luego lo deportaron y se le dañó el sueño de ser ciudadano americano. De vuelta en Medellín, viéndose con una discapacidad mayor y en un barrio en el que ya no estaban sus amigos, pero que conservaba la misma pobreza, sintió que todo estaba truncado, y al no tener un proyecto de vida, terminó en las calles. 

Uno de los lugares en los que más permanecía era en los alrededores de la Plaza Minorista, porque ahí había cosas para hacer. Recuerda mucho la oreja de San Juan, a la que le llama el Baño de Dios, porque fue el último lugar en el que estuvo cuando por fin decidió salir de las calles y tomar las riendas de su vida.    

José Betancur no necesitó de una clínica ni de un centro de rehabilitación para salir de las calles y dejar la droga, sin embargo,  varios factores contribuyeron a que pudiera dejas atrás ese abismo. 

Uno fue la relación con su familia, pues por su situación la tenía muy deteriorada. Otro motivo fue el sentimiento de que estaba acabando con su vida y que si seguía así solo encontraría la muerte.  A esto se le suma lo que para él fue un milagro, “se dio en una ocasión cuando entré a una iglesia cristiana, en el Poblado, después de estar allí orando, sentí un cambio interior que me dio la fuerza para salir del mundo en el que estaba”. Desde entonces él se acompaña de manera constante de la comunidad cristiana. Aunque como él mismo dice “más allá de una religión, tengo siempre presente llevar una vida espiritual”. 

José Betancur sale todos los días en una buseta dotada de implementos de salud y le brinda al habitante de calle una atención primaria para mitigar las enfermedades y problemáticas recurrentes en este grupo poblacional.

Ayuda sin asistencialismo

Después de recuperarse y darse cuenta de que salir de las drogas y de su situación de calle era un milagro, decidió crear la Fundación Semilla que Crece hace más de 16 años, obra que empezó con una sede ubicada en Niquitao y una finca en Guarne a la que llevaba habitantes de calle para ayudarles a recuperarse. 

Sin embargo, observó que esta labor asistencialista no permitía mitigar esta problemática, sino que por el contrario podía contribuir al incremento de la mendicidad y no solucionaba el tema de mayor profundidad: ayudar a las personas con sus dificultades de salud física y mental. 

Por eso la institución se enfocó en buscar recursos para brindar atención en salud a esta población. Iniciaron con unas carretas, después pasaron a tener una camioneta, hasta que se habilitaron como IPS y lograron tener un bus clínica. 

Hoy, la Fundación como IPS vela por la atención médica y psicosocial del habitante en situación de calle y se enfoca en mirar el fortalecimiento de las políticas de intervención con la población más vulnerable, lejos de una estructura familiar o  en condiciones poco dignas como ser humano.

Más opciones de atención social y salud 

José Betancur no es el único que trabaja por esta población. De acuerdo con María Paulina Domínguez, subsecretaria de Grupos Poblacionales de la Secretaría de Inclusión Social y Familia, la población habitante de calle en Medellín es atendida bajo diversas modalidades de acompañamiento. 

Una forma básica es la atención que se les brinda en el Centro Día, ubicado en el barrio La Paz, en donde les ofrecen alimentación, alojamiento y actividades de autocuidado. Este lugar atiende a cerca de 1.800 habitantes de calle en el día. Otra atención es enfocada en los que tienen padecimientos graves como tuberculosis, enfermedades de transmisión sexual y discapacidad mental derivada del consumo de sustancias, a quienes se les brinda un acompañamiento médico, familiar y psicosocial. 

1.800 Habitantes de calle se atienden diariamente en el Centro Día de La Paz 

Hay una ayuda que es semiabierta y consiste en unos dormitorios sociales, en donde ellos se quedan en la noche y durante el día trabajan.  Para estar ahí deben cumplir unos requisitos como asistir a los cursos de resocialización. También hay tres granjas en donde se les brinda un acompañamiento para fortalecer su proyecto de vida. Este proceso dura 18 meses.

Las personas que son identificadas como habitantes de calle por la Secretaría de Inclusión Social y Familia, son registradas en un listado que es enviado a la Secretaría de Salud de Medellín para que sean afiliadas al régimen subsidiado, en este caso Savia Salud. A partir de ese momento quedan cubiertas con el servicio de toda la red pública y pueden ser atendidos en cualquier institución que tenga urgencias. 

Además realizan asesorías con los médicos que trabajan en los puntos de atención de los Centro Día, para que estén atentos a las enfermedades de interés por parte de la salud pública que deben ser objeto de notificación, por ejemplo, pacientes con VIH, tuberculosis, varicela. “Estos profesionales nos reportan y nosotros garantizamos la atención”, concluye Fernando Montes Zuluaga, médico epidemiólogo de la Secretaría de Salud de Medellín.