El próximo año, las Madres de la Candelaria cumplirán 20 años de labor ininterrumpida. Foto: Omar Portela

Las Madres de la Candelaria son uno de los símbolos de la lucha por la recuperación de los desaparecidos en el país y han adoptado al centro como su sede permanente.

Por Andrés Puerta

La sede de la Madres de la Candelaria parece un colegio en la hora del recreo. Hay movimiento, algarabía, sonrisas. Mientras están armando unas coronas navideñas y mientras unas trabajan, las demás conversan y celebran. Estas madres y abuelas que sufrieron quizás el dolor más profundo de la existencia, perder a un hijo, han hecho un trabajo de resiliencia tan profundo que convirtieron la alegría en una forma de resistencia, tanto que cuando les preguntan cómo se definen, no dicen que son víctimas, sino sobrevivientes del conflicto armado colombiano.

El corazón de este grupo es Teresita Gaviria, una mujer que creía tener una vida perfecta. Con sus hijos, un buen trabajo, casa propia, carro y la posibilidad de viajar en vacaciones. Uno de esos viajes fue a Argentina. Frente a la Casa Rosada, sede del gobierno, vio a un grupo de mujeres con un trapo en la cabeza. No aguantó la curiosidad y les preguntó qué hacían, una de ellas le respondió que trabajaban por los desaparecidos. En ese momento, Teresita se echó la bendición y les dijo a sus hijos que ojalá Dios los librara de algo así. Caminaron al lado de las mujeres y más adelante conversó con Estela de Carlotto, una de las líderes de las Madres de la Plaza de Mayo, quien le dijo que los militares les habían secuestrado a sus hijos, sus hijas, sus hermanos. Las Madres son una asociación nacida durante la última dictadura militar argentina, su propósito era recuperar vivos a los desaparecidos o por lo menos saber dónde estaban sus cuerpos. En ese momento no sabía que estaba recibiendo una lección que le sería útil más adelante.

Según cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica, en Colombia hay más de 60 mil desparecidos.

Cuando su hijo menor desapareció, la despidieron del trabajo porque ya no rendía igual, pero ella salió agradecida, sintió que le quitaban las cadenas. Después del fin de semana, le quedaba la desazón de no haberlo encontrado y odiaba tener que reincorporarse a sus labores. Por esa época, Teresita fue una de las fundadoras de las Madres de la Candelaria, una asociación que comenzó a luchar por encontrar a los desaparecidos en Colombia.

La primera vez que tuvo de frente al hombre que ordenó desaparecer, descuartizar y tirar al río Magdalena a su hijo, se quedó paralizada. Cuando se lo encontró en un pasillo estaba temblando, no podía mover las manos. Fue el primero de dos encuentros, en el Bunker de la Fiscalía, con Ramón Isaza, comandante de las Autodefensas del Magdalena Medio, a quien se le acusa de dejar más de mil víctimas durante 30 años, el mismo número de personas con las que podrían llenarse tres vagones del Metro de Medellín. Aparte de los asesinatos, también cometió delitos como torturas, desapariciones, desplazamientos y secuestros.

La segunda vez que se encontró con él no se quedó callada, comenzó a reclamarle. Inicialmente “El Viejo”, como era conocido, se quedó mudo, pero después le dijo que era un pecado que lo atormentara así. Ella le gritó que llevaba 17 años atormentada. En total, cinco de los hijos de Ramón Isaza, su yerno y seis sobrinos hicieron parte del conflicto armado en el bando de los paramilitares.
En la sede de la Asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria hay un mapa del departamento de Antioquia con las fotos de los desaparecidos a los que buscan, entre ellos el hijo de Teresita quien quería ser médico, tenía una buena relación con uno de sus profesores y por eso quiso acompañarlo a Bogotá. Teresita les prestó su camioneta para que viajaran más cómodos. Pararon a un kilómetro de Doradal, un municipio del Magdalena Medio antioqueño. Mientras el conductor quiso comer algo, él y el profesor siguieron caminando, querían conocer un poco. Hasta ese momento Teresita tiene certezas, el resto es un rompecabezas nebuloso que ha ido armando con diferentes versiones. El conductor no pudo encontrarlos en la carretera. Una niña de doce años, que ejercía la prostitución, habló con Teresita y le dijo que a su hijo y al profesor los habían retenido y desaparecido las Autodefensas. Al profesor lo encontraron, dos meses después, sin cabeza.

Las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio se crearon para combatir a los guerrilleros de las FARC. A su paso dejaron una huella de terror y desolación porque también atentaron contra la población. Una de las prácticas recurrentes de las Autodefensas, sabría después, fue capturar a jóvenes que pasaban por la Autopista Medellín-Bogotá, acusarlos de auxiliar a la guerrilla o de intentar vender drogas y reclutarlos o desparecerlos para evitar que fueran a parar a la guerrilla. Justamente un exparamilitar, que se encontró Teresita en el Bunker de la Fiscalía, reconoció la foto que ella llevaba en el pecho, le dijo, con total frialdad, que a ese muchacho lo habían desmembrado y tirado al río Magdalena.

Teresita es una de las fundadoras de las Madres de la Candelaria, junto a ella otras mujeres buscan a sus familiares desaparecidos.

El 19 de marzo de 1999 nació su organización. Desde ese día se paran en la iglesia de La Candelaria, con lluvia o con sol, sacan pancartas y las fotografías de los seres queridos que tratan de encontrar. Teresita es una enamorada del centro, lo valora y lo defiende, tanto que mandó cartas a distintas administraciones locales para que arreglaran el pasaje La Bastilla, donde queda la sede de las Madres, este año por fin ha podido ver la transformación. Buscan a más de 1100 personas, la cantidad necesaria para llenar el Teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín. En 19 años les han entregado apenas 100 cuerpos, sin embargo, ellas prometieron no dejar su labor hasta recuperar al último de los desaparecidos.

Cuando Teresita encuentra y puede devolver a un ser querido a las mujeres de la Asociación tiene sentimientos encontrados. El momento más duro es cuando alguna de ellas le dice: “Madre, yo pensé que usted me entregaba a mi hijo caminando”. Otro momento difícil es cuando le ha tocado presenciar la muerte de las señoras con las que ha compartido dolor y lucha, le cogen la mano y le dicen que por favor no abandone a sus hijos, que no los deje en un lodazal, que los rescate. Aunque el dolor es distinto, porque comprobar la muerte ahorra la incertidumbre y la zozobra, para ella es muy complejo enterrar a “sus mujeres”.