El mundo, Colombia, Medellín… El Centro. Todos tienen una constante, a todos los une una cifra, a todos los gobierna una verdad: tienen más mujeres que hombres. Lo vemos, lo sentimos, lo sabemos. Este es un homenaje, desde el centro, al centro mismo de la vida.

Por: Juan Moreno

Recién llegada, durmiente, en brazos de tu madre. Con una placidez ajena al frenesí de este centro, que tiene los colmillos afilados pero la mirada complaciente y siempre resulta ser un ogro con un abrigo para ti. Te da unas monedas para las necesidades que no conoces, que no pides. Alguien pelea por tu futuro ahí en esa esquina, en ese suelo, en esa mugre. ¿Quién serás? ¿Terminarás ahí mismo o tendrás una vida mejor? ¿Cumplirás los sueños de quien ahora te lleva en el centro de esa miseria tan digna?

Porque ahora te veo de 10 años. Correteas feliz en el colegio. Es un colegio de esos del centro, de muros carcelarios y uniforme a prueba de modas o tendencias. Solo quieres jugar, y correr y correr por los pasillos que rodean el patio. Tienes la mirada limpia y los oídos abiertos, mucho. Todo te interesa, eres líder (o lidereza, dirán ahora), ordenada. Tus maestros no saben cómo aterrizarte. Igual, tampoco quieren detenerte. Sueñas con ser tantas cosas. Quieres ser como tus profes, quieres ser como la sicóloga, como la enfermera, como los doctores. Quieres llevar a casa los animales de la calle, del bosque, del aire. Ríes y ríes. El mundo, tu mundo, es el centro.

Ya tienes 20. Caminas por el centro con la altivez propia de esa edad en la que todo está en su sitio, en la que todo brilla y en la que estás segura de que el universo gira a tu alrededor. Tienes la alegría de vivir y te acompaña, siempre, el poderoso sentido de la responsabilidad, así te veas tan irresponsable. Estudias, trabajas, ayudas, eres solidaria y hasta das consejos. Los primeros amores van moldeando tu corazón para lo que viene. Tus pasos se sienten en la calle, en la esquina, en el bus, en el bar. Tienes tiempo para todo, la energía te desborda. No podemos más que mirarte, que admirarte. El centro está a tus pies.

Dicen que esta es la mejor edad para ti. Los treintas no son ni los nuevos veintes ni los casi cuarentas. No, tienen vida propia. Ya estudiaste, ya probaste el dulce y la sal del amor. El pan y la cebolla. Te casaste, o te “arrejuntaste”, pero no te dejaste. Fuiste feliz, aunque nuestro ancestro machista se empeñó en minimizarte, en ponerte a perder. Ya tienes el cuero duro, ya bailas sola. Ya no te vienen con cuentos a ti, que tienes una librería. Manejas el centro con mano de hierro, sabes dónde está todo y con quién se trata. Te vienen a hablar de “empoderamiento” cuando hace rato habías inventado el término. Vendes, hablas, atiendes, ejecutas, compras. Estás en todos lados, tienes todas las profesiones, te sabes todos los oficios. El centro es TU centro.

Te vi a los 40. Sí, te vi con los dientes largos en medio de la jauría masculina, entre la manada de machos, de varones domados. Haciendo el oficio de ellos cuando tocó, porque a vos ya nada te queda chiquito. Te vi, di tú, en la recepción de un taller, de esos donde comienza el centro por el sur. Manejabas con la maestría del mecánico todo el lenguaje del funcionamiento de un objeto tan ajeno. Conocías cada pieza, te desenvolvías con insolente altivez entre la rudeza de los técnicos, en ese ambiente de ruidos sordos y comunicación espesa. Facturas, llamadas, clientes inconformes, impacientes, con posiciones dominantes y al acecho ante cualquier requiebro de tu sonrisa comercial. Todos los días así. Porque tienes dos hijos adolescentes, una madre a tu cargo. Dizque “te abandonaron” cuando el abandonado será siempre otro, porque lo que no te sirva que no te estorbe. Porque sigues creciendo, te sigues cultivando… Porque quieres que alguien se sienta orgulloso de ti. Porque eres el centro de alguien.

Después te vi a tus cincuenta. Ya estás criada, ya tus hijos se fueron, volvieron, unos repitieron la historia, otros son mejores. Ya rehiciste tu vida amorosa, ya das ejemplo, “ya estás grandecita, ya sabes lo que haces”. Me pareció verte en los bares del centro, esos que dominas con gracia. Te reías de la vida, porque de lloradas ya te moriste tantas veces. También creo que te vi regentar un restaurante, con esa sabiduría y esa sazón que te dio la vida. No estás mayor para nada, ni estás joven para ninguna inexperiencia. Sabes, claro que sí, que la mejor edad es la que siempre has tenido, la que tuviste cuando perdiste y cuando ganaste. Se te ve al caminar, al reír, al cantar. Te miras a ti misma a los 20. Sonríes complaciente, con esa solidaridad de género que es inmune a la fuerza del destino. Sabes que el centro, que todos los centros, son todas ustedes juntas.

En un delantal anacrónico, en un local encapsulado en el tiempo, te vi a los 60, a los 70 y a todas tus edades hermosas. Eres la abuela que me mira compasiva, eres la sabia que perdona mis errores, siempre de principiante. Eres el ejemplo, la que siempre sale adelante, la que soporta con caridad humana estos homenajes, en tiempos que buscan reivindicarte, darte equidad, igualarte. Qué risa. Como si no hubieras estado ahí siempre, como si no sostuvieras el mundo, como si no fueras todas y una. Como si no fueras…El centro.