La sostenibilidad es una meta urgente de alcanzar para nuestra especie, el reciclaje es quizá el medio más sensato y cercano para llegar hasta esta. ¿Se ha preguntado cuán importante es reciclar? Le explicamos.

Por: Valentina Castaño Marín

A las cinco de la mañana, cuando la frescura, el silencio y la oscuridad tienen tomadas las calles del centro de Medellín, unas manos desnudas y de uñas barnizadas espulgan con destreza un saco repleto de basura pestilente. Sentada con las piernas abiertas sobre una silla de cemento, Melba Granada escoge botellas, cartones, papeles, vasos, plásticos sueltos, cajas y más cajas, que se van apilando en un cúmulo diferente al de los desechos. Esta es la parte que más tarda del proceso, escoger aquello que sirve entre los desperdicios de las miles de personas que recorren a diario esta zona de la ciudad. Aunque lleve 14 de sus 67 años realizando esta misma tarea, y sepa perfectamente cómo desempeñarla, todavía le quedan algo más de dos horas antes de poder dar fin a este primer paso.

De allí lo que viene será menos tedioso: separar por materiales para su posterior transporte hasta una central de acopio de reciclaje o simplemente ‘chatarrería’. En el centro hay varias de estas, Melba personalmente prefiere las ubicadas cerca al Parque de las Luces.

Los recicladores llegan en horas de la madrugada al centro a recolectar la basura del día anterior en locales, almacenes, restaurantes etc.

El negocio del reciclaje en Medellín no dista mucho de cualquier otro, hay diversas compañías, públicas y privadas, empleadores y empleados, formales e informales. Los empleados son entonces ese primer eslabón de la cadena que se encargará de la parte menos atractiva pero más importante: la recolección y separación de residuos sólidos. Por lo general, cuando se lleva algún tiempo en este campo, los recicladores ya tienen pactados acuerdos verbales con oficinas, almacenes, restaurantes, centros comerciales u hoteles, en donde se entiende que la basura del lugar le será entregada a un mismo personaje y por lo tanto cada uno conoce bien las rutas que recorrerá temprano para recolectar su mercancía.
Pie de foto: La carrera Junín es el punto escogido por varios recicladores para acomodarse en las mañanas a separar los residuos recogidos. Melba Sánchez Granada es una de ellos.

Si bien quienes optan por desempeñar esta tarea han sido mirados con desdén por su relación directa con la basura, hoy, a diferencia de hace unas décadas, la condición ambiental de nuestro planeta nos ha visto obligados a replantearnos la importancia del reciclaje y de los recicladores. Con los océanos y playas repletas de plásticos, y los rellenos sanitarios llegando a sus topes antes de lo esperado, reciclar dejó de ser algo más que una actividad útil y pasó a ser una de las esperanzas más viables para hacer que nuestra existencia sea sostenible.

“Antes espacio público nos molestaba mucho, pero ya desde la alcaldía les han hecho saber que nuestra labor es importante, que somos ambientalistas y nos deben respetar. Igual a algunas personas siempre les vamos a molestar nosotros, les parecemos cochinos y les olemos maluco, nos miran por encima del hombro, pero sin nosotros todo esto iría a parar al relleno sanitario y se perdería”, comenta Melba disponiéndose para transportar su arrume de reciclaje. El montículo supera por mucho su tamaño y lo arrastra en un carrito de ruedas pequeñas. No recibirá mucho a cambio, apenas lo suficiente para pagar la pieza en la que vive sola desde hace 26 años.

En el centro hay varios puntos de acopio de reciclaje o chatarrerías. Recimed, ubicada sobre la calle 58 en el barrio Prado, es una de las más grandes.

El relleno sanitario del que habla es el de La Pradera, ubicado en el municipio de Don Matías, a 57 kilómetros de Medellín. Se trata de un complejo de 382 hectáreas, abierto tras el cierre del relleno de la Curva de Rodas a finales de los 90, y que recibe a diario poco más de 3.000 toneladas de basura provenientes de más de 20 municipios de Antioquia.
Esta es la velocidad a la que producimos desperdicios y estos, lejos de ser solo un molesto estorbo, expelen gases efecto invernadero, responsables del calentamiento global, por toneladas. Según la última actualización del Inventario de Emisiones del Área Metropolitana del Valle de Aburrá, las emisiones anuales del relleno La Pradera comprenden tres gases principales: metano (15,383 toneladas por año), dióxido de carbono (63,532 toneladas por año) y compuestos orgánicos no metanogénicos (828 toneladas por año).

Desde el año pasado, el Departamento Nacional de Planeación ha ventilado públicamente la crisis que viven los rellenos sanitarios a nivel nacional. En el caso de La Pradera, para el año 2022 se espera que el relleno alcance el tope máximo de metros cúbicos de basura permitidos en la licencia ambiental concedida a Empresas Varias, pero se estima que pudiera ocurrir incluso antes. La capacidad máxima de residuos que puede albergar, de acuerdo con la licencia, es de 5’543.500 m³ y al momento el relleno ya supera los 3’000.000 m³.

Si bien es evidente la necesidad de una inversión estatal multimillonaria para investigar y dar con herramientas de más alto nivel para el almacenamiento y disposición de residuos sólidos, como las centrales de producción de energía a base de gases tóxicos, es necesaria la correcta pedagogía para dar a entender a los ciudadanos el altamente negativo impacto ambiental que genera nuestro proceder cuando arrojamos residuos sin separar. Si lográramos dimensionar que es igual que ponernos la soga en el cuello y apretarla, quizá las soluciones podrían hacerse efectivas de manera mucho más rápida.

Al relleno de La Pradera llegan al día alrededor de 290 camiones recolectores a depositar basura.

Es cierto que sin la labor de Doña Melba o los recicladores del centro de Medellín en general, los desperdicios del más de un millón de personas que transitan el sector a diario, y no prestan atención dónde arrojan la basura, aumentarían de manera exponencial y perjudicial para la comunidad. Sin embargo, si continuamos desestimando esta labor, si permanecemos quietos creyendo que solo les corresponde a unos pocos hacer el “trabajo sucio”, nuestra condena no se hará esperar demasiado y vendrá en forma de ciudades insostenibles convertidas en rellenos sanitarios y sin la capacidad de gestionar su propia basura.