El 17 de diciembre del 2018 comenzó oficialmente la restauración de la casa del Pequeño Teatro. Su principal objetivo es mejorar la infraestructura sin sepultar la historia del edificio.

Por: Valentina Castaño Marín

Es difícil ignorar la enorme casa de muros color crema y ventanas vino tinto con rejas blancas que sirve de sede al Pequeño Teatro. Ubicada en la carrera 42, a escasos metros de la estación Pabellón del Agua del tranvía, rodeada de edificios y ocupando casi la mitad de la cuadra, la casa denota de inmediato ser sacada de otra época.

Por 32 años, desde que fue adquirida por el Teatro en 1987, esta casona ha mostrado ser el espacio perfecto para albergar expresiones artísticas. En ella no solo se han presentado los 70 diferentes montajes teatrales del grupo, sino que a la par se ofrece una escuela de formación para actores, biblioteca temática y una galería de arte.

Sin embargo, a pesar de la belleza histórica del recinto, con el paso de los años la necesidad de restaurar y adecuar ciertos espacios a nuevas necesidades comenzó a ser cada vez más obvia para el personal del Teatro. “Nosotros ya hace trece o catorce años sabíamos que íbamos a tener que hacer el cambio del techo, era absolutamente necesario, cada que llovía aparecía una gotera y el agua es el enemigo mortal de las casas en tapia. Además, aquí manejamos equipos de luces, oficinas, era muy complicado.” Cuenta Andrés Moure, director académico de la institución Pequeño Teatro y miembro de la junta directiva, parado junto a una de las pilas de escombros que ocupan hoy los costados del patio central.

Comenzar era complicado, la inversión sería millonaria. Una remodelación implicaba cambiar por completo la cubierta de techos, intervenir los baños y hacer uno para las personas con movilidad reducida, pulir y restaurar todos los pisos de madera, restaurar las graderías de la sala Tomás Carrasquilla y la recuperación y restauración de todo el patio central del Pequeño Teatro. “Solo el techo cuesta como 300 millones de pesos y eso porque la casa es patrimonio arquitectónico grado dos, por lo tanto no es necesario hacer restauración completa, de ser grado uno tendríamos que utilizar caña brava y todos los materiales originales para repararlo,” explica Moure.

La posibilidad llegó por fin en el año 2011, con la creación de la Ley de Espectáculos Públicos, liderada por el Ministerio de Cultura. Esta hace un gravamen del 10% sobre la boletería, en todo el país, con precios superiores a los $99.468 pesos (2018). El dinero va a parar a un fondo de carácter municipal y debe ser sacado a convocatoria cada año, con el fin de que sea invertido en la construcción, adecuación, mejora y dotación de escenarios para la presentación de espectáculos públicos de las artes escénicas.

La casa del Pequeño Teatro fue declarada patrimonio arquitectónico y de conservación de Medellín en el año 1985. La intervención de una propiedad con estas características debe cumplir requisitos estrictos, por lo que si se quería lograr un proyecto adecuado para entrar a participar en la convocatoria, el acompañamiento y trabajo riguroso de alguien con conocimientos amplios en el tema era necesario. Mónica Pabón, arquitecta con maestría en restauración arquitectónica, fue la encargada de montar el proyecto que resultó ganador el año pasado, y de velar durante todo el proceso por la no afectación del bien patrimonial.

“Para lograr una intervención de estas son muchas las cosas que se deben cumplir. Primero debe hacerse un proyecto que sea acorde con el inmueble, para esto necesitas una persona experta en patrimonio, que son escasas en Medellín, después un permiso de planeación para intervenir los bienes patrimoniales de la ciudad, que es demorado y complicado, y ya con esto solicitar la licencia de curaduría. Entonces digamos que muchas personas en el centro deciden no exponerse a estos procesos y simplemente conservan la fachada y hacen las adecuaciones al interior de los inmuebles sin que nadie lo note,” comenta Pabón.

Pero este no es el caso del Pequeño Teatro, desde el comienzo Andrés Moure junto a la totalidad del personal, se han tomado el proyecto de manera sumamente personal, trabajando de lleno siete días a la semana durante los últimos tres meses, removiendo techos llenos de material orgánico que alguna vez sirvió de impermeabilizante, destapando uno tras otro los tapices que en su tiempo adornaron las paredes de la casona, e incluso removiendo con sus propias manos las baldosas de barro cocido originales. Han tenido poco descanso y muchísimo polvo por barrer. El trabajo arduo se pagará con el deleite de ver la vida regresar a las salas y demás espacios de un teatro ahora más accesible y sólido.

En palabras de Moure, tras la restauración, “Verán el patio central del Pequeño Teatro renovado, la cafetería, los baños, en la Sala Tomás Carrasquilla y la Rodrigo Saladarriaga el cambio del piso ahí mismo se va a notar. Nadie se va a dar cuenta del trabajo más bonito que para mí fue el de los techos, pero obviamente verán la casa muy linda, recién pintada, arreglada, como un lulo,” concluye sonriente.