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Mal reinventados

Ago 18, 2020 | Columnas, Opinión

Como en un barco que sin saberlo se dirige a una cascada, el 31 de diciembre de 2019 nos dábamos el tradicional saludo de fin de año con la bobalicona banda sonora que siempre anuncia que el año nuevo será mejor, un año tras otro, como un mantra en el que se cifran las esperanzas del azar. Qué lejos estábamos de saber lo que se fraguaba en las antípodas de nuestra región, por allá en China, donde el personaje del año comenzaba a asomar sus antenitas.

Cuando la sombra pandémica llegó hasta estos lares y la palabra “cuarentena” fue moneda corriente en las conversaciones, comenzó la ralentización de la vida como la conocíamos. Lo primero fue conocer la casa como nunca antes. Muchos, no sabíamos ni dónde se guardaba la trapeadora o cómo era el orden del aseo, si barrer antes de fregar el piso o viceversa. Igual, el piso siempre quedó fregado. Uno de los grandes misterios ha sido el saber de dónde sale tanto pelo que queda enredado en los instrumentos de limpieza, con lo que uno recoge se arma otra cabeza.

Otra es la lavada de los enseres de cocina, que se reproducen a escondidas en el lavaplatos. Para servir un vaso de agua resultan misteriosamente sucias tres cucharas, dos cuchillos, cinco platos y hasta la olla “atómica”. Es increíble el desastre permanente en esa zona de la casa, la más desagradecida del hogar. Organizar closets, doblar ropa, emparejar medias, quebrar sus propias porcelanas sacudiendo, arrancar cables con la escoba y manchar la ropa con blanqueador se volvió cotidiano para otrora ejecutivos de alta alcurnia, señoras de peluquería diaria, fashionistas intocables e inútiles redomados como quien esto escribe. Había comenzado, señores y señores, la famosa reinvención.

Y hubo quienes reconocieron a sus propios hijos, supieron cómo era que se comportaban en casa, lo insufribles que podían llegar a ser, lo desordenados que viven y cómo se apoderaron del hogar que mantienen los padres mientras están afuera haciendo plata. Y ni hablar de los matrimonios que por fin convivieron 24 horas hasta que el COVID-19 los separe. Por fin descubrieron cual es la verdadera prueba de amor.

Las horas muertas, el quedar con los ojos cuadrados de ver TV, saber qué se siente al leer de nuevo un libro, los juegos de mesa, ordenar por colores, tamaños, olores y sabores, en fin, casa por cárcel de un día para otro. ¿Y qué me dicen del famoso teletrabajo?. Reuniones por plataformas que aun no acaban de inventar y que son un medidor de la capacidad de concentración. Gente que sale sin bañarse, otros que se duermen al aire, el micrófono siempre apagado o siempre prendido, el “¿Sí me oyen / sí me ven? Como código de acceso para cada encuentro, las reuniones con amigos que se quedan congelados, todos hablando a la vez, mal enfocados, con la papada en primer plano, en medio de una penumbra cavernaria, en fin. Y a los pobres que les toca resolver el destino de una empresa con la banda sonora del que vende aguacate y mazamorra o la papaya madura de fondo. Y cuando no es eso, es el marido o la mujer atravesándose en paños menores, el gato saltando sobre el teclado o el muchachito pidiendo cuerda. El trabajo no se hizo para llevarlo a la casa. Una cosa es la oficina en un ambiente propio para laborar y otra muy distinta el hogar con su dinámica propia. Mis respetos para los que logran concentrarse en semejante ambiente. Mejor dicho, mama uno gallo en la empresa no lo va a hacer en la casa. Antes rinden.

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Y cuando tocó salir, aguantarse la paranoia de todo el mundo mirando como si uno estuviera infectado, el temor a tocarlo todo, el ambiente enrarecido de caras que no se ven, de no saber si la gente se está riendo o si el que se quedó mirándolo a uno es conocido. Los saludos torpes con el codo (ojo con no mostrar el lado reseco, que ese es feo) y el uso del tapabocas, todo un muestrario de nuestra capacidad de entendimiento. Por debajo de la nariz, o usando un pedazo cualquiera de tela, o hasta bufandas, la gente creyó que cualquier cosa  le servía para salir a la calle mientras los que tenían represados estos elementos de primera necesidad inflaban los precios descaradamente. Ahora hay de colores, de marca, con diseños personalizados y hay hasta tapabocas de los de siempre, los que sí funcionan.

La gente se indigna dizque porque le toman los datos en todas partes, porque se tienen que inscribir en plataformas y aúllan pensando en que van a usar sus datos “quién sabe para hacer qué con ellos”. Tranquilos, sus datos ya se los “robó” Facebook, Twitter, Instagram, Gmail y hasta el Tik Tok ese, con el que salen bailando bobadas y hablando como otra gente. Y no se preocupen, que no se les quedaron con la formula de la Coca-Cola ni quién mató a Kennedy, tampoco se crean tanto.

En fin, que esto de la reinvención nos está saliendo un poco mal, seguimos siendo los mismos egoístas y mezquinos de siempre, tirando para el lado que más nos convenga, sacando ventaja, burlando la normativa, pensando siempre en individual y no en colectivo. Los millonarios siguen siendo millonarios, a la clase media se la llevó la pandemia y los más pobres seguirán en esa condición, eso sí, con menos trabajo y más aporreados: porque todos estamos en la misma tormenta, pero no en el mismo barco. Ya un virus nos enseñó a lavar las manos, necesitamos otro que nos deje algo de humanidad.

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