“Cuando se es un periodista, el centro siempre se mira de manera distinta”.

Luis Alirio, Alirio, o Don Alirio, como todo el mundo lo conoce, hace honor a su apellido y se ha recorrido Medellín calle por calle, recalando siempre, en el centro. Su primer recuerdo de un hecho periodístico fue, estando muy pequeño, en esa zona. “fue cuando atracaron a mi papá, caminando por la carrera Sucre. Un tipo le sacó la billetera del bolsillo, y mi papá lo encuelló”, cuenta, con voz exaltada, como buscando una explicación o como si el asunto hubiera acontecido hace apenas unas horas.

También se ve perdido en el centro. “Yo soy de un pueblo, de Yarumal”, ríe con ternura, como un niño, en ese gesto tan propio de Luis Alirio. “Y cuando llegué a vivir a Medellín para estudiar en el seminario, ir al centro era para mí una pesadilla. Yo pensaba que si me perdía nadie me iba a encontrar nunca. Esos edificios tan grandes tapaban el sol, eran como agresivos y esas calles con nombres todas de batallas no podía aprendérmelas. Hasta que ya como periodista le perdí el susto y empecé a narrarlo, a contarlo, a ver que en todas partes siempre hay una historia, un personaje por descubrir.

Luis Alirio comenzó a trabajar profesionalmente en el periódico El Mundo desde su fundación, en abril de 1979, y casi siempre iba a dar al centro para hacer sus trabajos. “Allí vivía gente muy famosa y distinguida, sobre todo en el ámbito de la cultura. Manuel Mejía, Alberto Aguirre y Aura López vivían en el centro, los artistas que se presentaban en el Pablo Tobón venían era al Hotel Nutibara, en el centro. En ese hotel entrevisté a Astor Piazzola, a Manolo Otero, a un montón de gente”. Se queda pensando, como buscando señal, en ese gesto tan típico de Luis Alirio, y dice. “Ve, y también recuerdo lo que ha cambiado la Plaza Botero. Antes eso era una zona llena de bares. Cuando íbamos a la Gobernación o a la Alcaldía, para matar el tiempo, terminábamos tomando aguardiente en esos bares. Me acuerdo de La Sorpresa, una cafetería que había en la avenida Primero de Mayo, allá comíamos y bebíamos en las horas muertas de las noticias”.

También recuerda una anécdota acaecida en el Hotel Nutibara: “imagináte que cuando García Márquez vino a cubrir el desastre de Media Luna (un deslizamiento de tierra ocurrido el 12 de julio de 1954 en una vereda montañosa entre Medellín y Rionegro en el que murieron 60 personas), enviado por El Espectador, se quedó en ese hotel. Y, según contó, el día que iba a subir al morro se quedó mirando por la ventana hacia el centro y sintió miedo. Un miedo terrible a que la noticia le quedara grande, a que no fuera capaz de contar la historia en su magnitud o a que le faltaran datos. A mí a veces me da ese mismo miedo de periodista cuando voy a hablar del centro. Es que es tan grande y con tanto por decir que uno siempre piensa que se quedó corto”.

Celebra que aún haya esfuerzos por contar la vida del centro y sus historias. “Periódicos como Universo Centro y CENTRÓPOLIS son dos ejemplos de eso, historias de largo aliento, no solo la noticia urgente y necesaria, sino también las historias, los personajes, la crónica, el reportaje. A mí me da hasta envidia de poder publicar ahí, hombre”.

Guayaquil es la parte de la Comuna 10 que más atracción periodística ofrece en Luis Alirio. “A mí me tocó ir allá cuando empezó el traslado de lo que se conoció como El Pedrero hacia la Plaza Minorista, a comienzos de los 80. La gente no se quería ir y había disturbios y desalojos, pedreas y bolillazos. A mí me seducía esa vida de desarraigo que había en esos bares de Guayaquil. Todo lo que inspiró a Manuel Mejía Vallejo para escribir `Aire de tango`. Yo me debo una historia así. Hay tanto que escribir sobre el centro”.

Junín para él es inevitable también. Allá se iba, muy joven, en los 70 a buscar libros o a tomarse algo a los cafés de la zona. “Uno se metía a Versalles, porque allá hacían tertulias, con Alberto Aguirre y el gordo Luis Alberto Álvarez. Había cine foros y era delicioso escucharlos porque a esos dos no les gustaba nada…Y tenían tanta gracia para decirlo”, ríe con sonora carcajada, en ese gesto tan típico de Luis Alirio.

“Hombre, yo cuando voy al centro a trabajar, a hacer mis programas de televisión o simplemente a caminarlo, tengo una sensación rarísima. A mí me parece que cuando voy por la calle, veo en los transeúntes a Gonzalo Arango, a Aguirre, a Manuel Mejía, a Fernando Vallejo, a los otros nadaistas, a León de Greiff. Te juro que los veo. En los bares, en los cafés, en el Parque Bolívar. Es una cosa tremenda”. Y se queda mirando a ninguna parte, hace una pausa, se acomoda el sombrero y dice “A mi el Parque Bolívar me huele a orines y el de Berrío a comida”. Y vuelve y se desconecta, en ese gesto tan propio de Luis Alirio.