La superioridad moral

Jul 12, 2021 | Destacado 3, Opinión

Por: Juan Moreno.

Yo no sé si eso es en todo el mundo o solo aquí en Colombia, pero el nivel de violencia tácita que se está viviendo con la superioridad moral que ejercen ciertos grupos, tribus, sectores de la sociedad, está llegando a niveles francamente insostenibles.  

El “yo soy mejor que tú por lo que creo, pienso, hago, digo lo tengo” es francamente ridículo en gente que se dice madura o formada. Esa exaltación del ego no se veía desde la infancia y adolescencia, cuando uno está en formación y es tan bobo, respectivamente.  

Ahora, con la pasada Copa América, uno de esos bellos ejemplos se vivió con el fútbol. El deporte más popular del mundo se ha convertido en bandera política para que los autodenominados “ciudadanos preocupados” le echen la culpa de la “indiferencia” de la gente y lo cataloguen como “cortinas de humo” para disfrazar las atrocidades nuestras de cada día. “Sigan viendo fútbol mientras destruyen el país”, “sigan pegados del partido mientras asesinan a inocentes”, “sufran por la selección mientras los niños de la Guajira se mueren de hambre” y cosas así, son las que se leen en redes cada que la gente busca un ratico de solaz entregándose al sano placer de ver un partidito de balompié animando a su equipo favorito.  

Pero hay gente con una amargura feroz a la que poco le sirve que el grueso de la población se distraiga por 90 minutos, como si dejar de ver un cotejo futbolero salvara vidas o acabara con la corrupción. Es como una envidia, como un pesar por el bien ajeno. Una gente que se la pasa bajando a la otra a pedradas de sus distracciones, de sus sueños, de su diversión. Qué fastidio.  

Pero también esa superioridad moral del que huye del gusto de las mayorías, y lo deja notar, ha permeado otras actividades seleccionadas por algunos iluminados para sentirse más que los demás, intocables, elegidos, mejores.  

Los que no comen carne, por ejemplo, que miran con fastidio a los que gozamos de un sabroso chicharrón o una exquisita punta de anca, que disfrutamos a placer de generosas porciones de porcinos, vacunos y aviares sin remordimiento alguno. El escuadrón fundamentalista vegano nos salta al cuello cuando estamos listos a hincarle el diente al ancestral alimento para hacernos ver como viles asesinos, torturadores y desalmados trogloditas. Unos seres involucionados que tenemos que dejar la costumbre que acompaña al hombre desde que es hombre.  

Ellos, los que prefieren las ramas y las hojas, las leguminosas y los tallos a un humeante trozo de carne, te miran con compasión y como con una risita burlona por nuestro atraso al devorar con gusto infinito un pedazo de “ser sintiente”. Peor para ellos, piensa uno, y “vénganos en tu reino”, querido solomito.  

El afán por ser mejor persona, levitar en estados superiores y demás búsquedas del ser contemporáneo, provoca que abrace ideologías y costumbres que le dan un aire moralista que no hace más que proveerles una falsa perfección. Ahí está el caso de los que abrazaron el ciclismo como forma de vida, condenando a todo el que no ose utilizar ese medio de transporte y peor si se mueve en un contaminante automóvil. El de la bicicleta llena las redes sociales con sus logros subiendo cualquier puente, metiendo su velocípedo por una trocha en la finca y se gasta millonadas en el “caballito de acero”, en la vestimenta, las gafas y el casco. Compra cuanto aparato le mida las pulsaciones, la respiración, el kilometraje, y hasta ahí no pasa nada, cada uno con sus cadaunadas.  

Lo maluco viene cuando te miran por encima del hombro porque no pasas de la bicicleta estática, cuando sales a pedalear en bermuda y camiseta de “Con Gaviria habrá futuro” o cuando simplemente, les ignoras sus juguetes. Y ay si no les cedes toda la vía Las Palmas los domingos, si osas pitarles para que te dejen un pedacito de calle o para que no se vuelen los semáforos en rojo. Más te valiera no haber nacido.  

¿Qué me dicen de la cruzada animalista? Nada hay más tierno y amoroso en el mundo que una fiel mascota y toda la belleza del reino animal. Hombre, pero una cosa son estas especies y otra muy distinta la raza humana. Un perro, un gato, una zarigüeya o una iguana no son hijos de ningún bípedo implume. No tienen por qué entrar a sitios en los que no deben estar, incordiar con sus instintos en lugares en los que, francamente, no caben. Cuando yo tuve perros, estos se quedaban en la casa esperándome sin que me los tuviera que llevar a restaurantes, iglesias, aviones, centros comerciales y dónde quiera que yo fuera.  

Y menos tuve que vestirlos, pintarles las uñas, ponerles gafas y fastidiarlos con mis caprichos que finalmente terminaban maltratándolos. Pero a la gente no se le puede decir nada, no se le puede reclamar porque uno termina siendo un insensible, intolerante e indolente con “los peluditos”. Querer a sus mascotas es no humanizarlas ni obligar a otros a que las quieren a la fuerza.  

Falta espacio para hablar de otros adalides de la moralidad como los que abrazan alguna corriente política para llamar “brutos”, “estúpidos” e “idiotas” a los otros, para pordebajear a los demás, para ningunear a los que no piensan como ellos. Ataques virulentos, plenos de epítetos y disparates dignos de un barrabrava sin academia. Y dizque de la pandemia íbamos a salir mejores, Qué risa. 

 

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Excelente reflexion. Respira una profunda el sentir que no es delito querer y expresar lo q es una asi no esté en concordancia con los demás…igual se siente cada vez marcada esa discriminacion por noactuar pensar o hablar igual q los demas. Y desafortunadamente los medios de comunicacion la alimentan en sus noticieros publicidad o programas de entretenimiento.

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