La Casa tiene abiertas sus puertas las 24 horas, un voto de confianza para el centro de nuestra ciudad.

En medio de la calle Maracaibo existe una joya arquitectónica que paso a paso se convierte en diamante cultural de la ciudad.

Por: Victor Vargas

“¿Qué son cuatro paredes? Son lo que contienen, la casa protege a los soñadores. Pueden suceder cosas realmente buenas, incluso después de mucho tiempo, y es una gran sorpresa”.

La cita, proveniente de la película estadounidense Bajo el sol de la Toscana, la leo en un sencillo separador de libros que me obsequian en La Casa Centro Cultural, durante un evento literario de Caminá Pa´l Centro.

El breve texto encaja perfectamente como biografía de La Casa, una hermosa estructura patrimonial construida sobre Maracaibo en los años 20 del siglo pasado, en la que desde hace más de una década funcionan entre otros, servicios de comunicaciones e internet para adultos, pero que, hace más de dos años, se transformó para dar paso a expresiones artísticas, políticas y de género.

Una casa con espíritu

El ingreso a la histórica casona, con amplios ventanales azules, es a través de una amplia portada. Unos pasos más y la casa saluda con el crujir de la madera de las escaleras que conducen al segundo piso del centenario edificio, representante del estilo ‘Renacimiento Francés’.

El respeto por las ideas, las identidades, las posiciones, son fundamentales para que La Casa se haya consolidado como un referente en la ciudad.

Una vez adentro, al pasar la mirada sobre la amplias estancias diseñadas por el famoso arquitecto belga Agustín Goovaerts, el pasado y el presente se mezclan para dar a entender que las antiguas paredes no encierran el tiempo sino que lo proyectan: allí pasan cosas, muchas para ser preciso.

Recibo el separador con la cita en medio de cerca de 100 personas aglomeradas en el espacio, participando de un conversatorio de los muchos que allí ocurren: de literatura, de diversidad sexual, de política, de cine, de todo.

Una joven y un hombre de cabello blanco tratan de salir. Sonríen. Son padre e hija. Él, escritor y autor de un blog literario, ella estudiante de ingeniería ambiental. William y Valentina Ramírez.

“Vengo a La Casa porque es una oferta cultural, un espacio no ‘oficial’. Esto hace mucha falta porque en Antioquia nos educaron Caracol, RCN y El Colombiano, y parecía que aparte de eso no había salvación. Es fundamental que el centro tenga estos espacios. Vengo con mi hija porque necesitamos una generación de jóvenes que piensen distinto”, concluye. Ella, por su parte, dice que es la primera vez que visita La Casa. “Me encantó”.

La diversidad: un diálogo de autenticidades

Ellos, sin proponérselo, representan lo que Juan David Belalcázar, coordinador de este centro cultural, define como la diversidad. “Algo que ha caracterizado La Casa es la diversidad en todos sus escenarios. Por ejemplo, en agendas no estamos casados con ningún tipo de temática específica”, relata el joven abogado y pronto psicólogo, que llegó a la gestión cultural por esas curvas sinuosas que da la vida.

Relata que la transformación que abrió el espacio a la cultura fue la inquietud de varios amigos y su articulación con aliados del centro como CORPOCENTRO, Comfama y la misma Alcaldía, quienes les han ayudado a ser ese lugar diverso.

Belalcázar enumera el Cine Club, el Costurero de hombres, talleres, danza, teatro, exposiciones, música, fotografía, Jam de Contact y el Sexayuno como algunos de los eventos permanentes de La Casa, que llenan esas estancias curtidas de tiempo.

“La diversidad no es ser gay o lesbiana, es ser auténtico, tener autonomía, la posibilidad de ser tal como se es y conversar con las otras autonomías”: Juan David Belalcázar. (Foto Juan David).

Hoy La Casa Centro Cultural está habitada las 24 horas por una verdadera pléyade de urbanitas encabezados por los amantes de la cultura en el Centro. A ellos se han sumado los clientes habituales, los que antes consumían la oferta de comunicaciones y que para Belalcázar son uno de los públicos que más atesoran.

“Cuando decidimos abrir el espacio a la cultura, fue un ejercicio muy bonito. Pensábamos que tener un escenario cultural dentro de una oferta de comunicaciones iba a ser problemático”, relata. Creían que los usuarios se iban a molestar con el ruido, los conciertos, el teatro. “Fue una transformación, porque con el paso del tiempo se han convertido en los principales demandantes de la agenda”.

Tras hablar con William y Valentina Ramírez, repaso el sitio con la mirada: la recepción acosada por clientes, en el bar discurren animados debates. En el viejo balcón una pareja de chicas se refrescan y en el salón principal, cerca de cincuenta personas esperan el siguiente espacio. Y allí, dialogando animadamente con un par de amigos, el escritor, periodista, historiador y columnista, el maestro Reinaldo Spitaletta.

Maestro, ¿qué piensa de las sorpresas que da esta casa?

Levanta su mirada, acomoda su sencilla mochila entre las piernas y sonríe. “Me parece encantador que conserve este territorio, este caserón para el conocimiento, el intercambio cultural, del espectáculo, que la juventud tenga un sitio donde congregarse. Esto es de celebrar, que en el centro haya otra vez un poco de cosas con el arte y la cultura”.