El edificio del Banco de la República parece que llevara toda la vida en ese costado del Parque de Berrio, que está presidido desde 1986 por la Gorda de Botero (que en realidad se llama “torso femenino”). Pero su construcción, que aún luce moderna, solo tiene 45 años. O sea, fue una de las últimas en llegar allí.

Una vez se ingresa al edificio, el visitante puede notar que todo está como el primer día, como en aquel 1973. El piso es de la época, las paredes igual. Los ascensores tienen esos avisos luminosos en forma triangular, rojos y verdes y les suena un timbre cuando el carro se aproxima. Y lo mejor, sirven como cápsula del tiempo, porque al acceder al cuarto nivel, donde está el Museo Filatélico, se abren las puertas y volvemos a la Medellín oficinesca de los años 70.

Las paredes están forradas en madera, el piso es alfombrado y no hay un solo mueble metálico. El ruido, por lo tanto, es sordo, encapsulado. Hay un dependiente y una vigilante que tienen poca gente a la cual atender, porque al lugar llegan unos 12 o 15 visitantes diarios, unos 300 mensuales, casi 4.000 al año, poco más del 1% de los que van al Museo de Antioquia. Y llegan atraídos por la colección filatélica más importante de la ciudad y una de las más robustas del país.

Con el sello de la historia

Desde el 6 de junio de 1977 reposan allí 463.000 estampillas que datan desde 1859, cuando comenzaron a circular los sellos adhesivos en Colombia, y dan cuenta del pasatiempo del ciudadano suizo Hans Kettiger, un filatelista afincado en el país y que donó su impresionante colección al Centro Cultural del Banco. Esta puede visitarse entre las ocho de la mañana y la cinco de la tarde con entrada sin costo.

La arquitectura del edificio donde está ubicado el Museo parece extraída de Brasilia, la ultramoderna capital de Brasil.

De exposición

Actualmente, en el tercer piso, donde hay un auditorio y una sala de muestras, está colgado el trabajo fotográfico de otro europeo que vive en Medellín. Se trata del holandés Gertjan Bartelsmann. Se denomina “pasajeros” y es una serie de instantáneas que muestran el comportamiento de los usuarios del servicio público en la Cali de los años 70. Moda, actitudes, pensamientos “y el corte político que tiene toda manifestación artística”, como me asegura Daniela mientras me hace una privilegiada visita personalizada.

La filatelia, ese arte de coleccionar estampillas y toda suerte de sellos, sobres y documentos postales, es un pasatiempo que claramente se fue con el siglo XX, aplastado por la ausencia de cartas manuscritas gracias al correo electrónico. Su importancia radica en que las estampillas fueron contando el devenir de los tiempos, sirviendo como caballetes de hechos históricos o conmemorativos. Con emisiones alusivas a acontecimientos, personajes, ciudades, flora, fauna e hitos.

También pueden verse sobres que contienen manuscritos de expresidentes y epístolas entre personajes representativos de esa Colombia confusa del siglo XIX, la de la Confederación Granadina, la de los Estados Soberanos de la Nueva Granada y la de los Estados Unidos de Colombia, y hay hasta una estampilla conmemorativa de los 100 años de la invención de la Aspirina, redonda como una tableta. También están las alusivas al logro más importante en la historia de la humanidad, la llegada del hombre a la luna, y algunas conmemoraciones propias de nuestro país. La muestra además, se complementa con una exhibición de cortapapeles, pisapapeles, lupas y demás accesorios propios de la actividad.

A la vieja usanza

Tal vez una de las actividades más evocadoras que se puedan llevar a cabo en el Centro Cultural del Banco de la República es el taller de cartas, una actividad en la que se invita a los transeúntes del centro a que le escriban a Medellín de su puño y letra. Esas misivas están al cuidado de Daniela López, una profesional de la institución que las muestra emocionada y hace hincapié en la belleza de los escritos, algunos adornados con dibujos, adhesivos, acrósticos y demás florituras.

Otras veces, reúnen la gente para escribirle cartas a sus seres queridos dispersos por la ciudad. El banco se encarga de entregarlas, en un acto tan evocador como emocionante.

También, cada 15 días juntan grupos de personas con capacidades diversas, les hacen una visita guiada y les invitan a darse cuenta, a través de las estampillas, de que todos tenemos habilidades diferentes.

A veces vienen estudiantes que jamás habían visto una estampilla ni una carta manuscrita. Son nativos digitales que a duras penas si toman un lápiz con sus manos, en una era dominada por los teclados y las pantallas digitales. Algunos se sorprenden, otros bostezan, pasan de largo y uno que otro se interesa por saber algo más de filatelia, en un esfuerzo tal vez milagroso por enamorarse de la afición y que esta no desaparezca, como el pájaro dodó o el rinoceronte blanco, que también tienen sus estampillas y ahí quedan como testimonio de lo que alguna vez existió, tuvo vida, como la filatelia misma.