Por: Juan Moreno

 

“Para ir a Estados Unidos hay que pasar por el centro. Por el centro de Medellín y por el Centro de Atención al Solicitante, el lugar más norteamericano de la ciudad después del Colombo. El que quiera “ir a la USA” debe llegar a este lugar, ubicado en el centro comercial El Punto de la Oriental, ahí, en la Oriental con Bomboná. Eso sí, antes, le debe haber cancelado un dinerillo en forma de “derechos consulares” a las finanzas del imperio, suma que se paga, como no, con una tarjeta de crédito de una franquicia bancaria de ese país.

El Centro de Atención al Solicitante está ubicado en el centro comercial El Punto de la Oriental.

Con solo poner un pie en el CAS, que es como le dicen, ya la idiosincrasia colombiana queda debiendo. A uno le advierten que no llegue ni antes ni después, sino a la hora, pero nadie es capaz. La gente entra comiendo, bebiendo y hablando o chateando por el teléfono celular. Tres pecados mortales en esas instalaciones que se castigan con una reprimenda pública del coordinador del lugar. Hay quienes no llevan los papeles que son, otros dejan el pasaporte, muchos llegan a la hora que no es y así. La torpeza en los aspirantes es ley.

En el CAS se verifican papeles, se toma una fotografía en la que nadie sale bien y se registran las huellas digitales de los 10 dedos de las manos, proceso en el que nuevamente casi nadie sale bien librado pues el lector no lee, los dedos no cuadran y el miedo hace cometer toda clase de conductas erróneas. Uno se siente como Mr. Bean básicamente y sale de allá pensando en que ya le negaron el soñado sello por bobo. Y encima, los que van allá a reclamar el pasaporte después de haber hecho todo el trámite y ya con la visa, miran por encima del hombro y “con un aire de condesa” a los asustadizos primíparos.

Viene luego el viaje a la embajada. A uno le dicen que lleve hasta el certificado de la cuenta que abrió en Chicos Conavi y todos los soportes que indiquen que usted no se quiere quedar allá, en eso tan bueno. Entonces uno llega a la capital como si fuera un juzgado andante, cargando papeles y revisando que no haya botado nada en el avión, en la cafetería, en el taxi. Como uno es precavido entonces llega dos horas antes de la cita, para encontrarse con que no se puede quedar ahí, que la entrada es a la hora que es y no antes. Que no se pegue de la reja y que se retire a hacer tiempo o a mirar la bandera de las barras y las estrellas ondear a lo lejos.
Después entramos al primer mundo, a la embajada. Y uno se siente culpable desde el principio. Empieza a pensar en que algo dejó, en que con esos extractos no le dan visa ni para entrar a McDonald´s, que no va a poder ir a probar los fríjoles de la Fonda Antioqueña de Miami o el ajiaco del restaurante “El Chibcha” de Nueva York o que se va a quedar sin estrechar la mano enguantada de Mickey Mouse o a hacerse la selfie donde eran las torres. Mejor dicho, que su Instagram seguirá siendo estrato tres.

Pero llega a una de las 32 ventanillas habilitadas para la entrevista con los cónsules y se da cuenta de que llevó los papeles fue a pasear, que a usted ya lo estudiaron, que a los gringos les conviene que usted se vaya a dejarles los dólares comprando baratijas para traerle a la familia y que sí clasifica, no sabe ni por qué. También se da cuenta de que la gente no se ayuda, vistiéndose como si fuera para una entrega de premios o llevando sombrillas con la bandera de Estados Unidos, pensando que van a tramar con eso.

Todo se resume en decir la verdad y en nada de nervios. Hay gente a la que no le dan la visa, claro, pero es que no se asesoran, se inventan disparates o muestran demasiado la gana de quedarse lavando baños o cuidando niños, para después llorar cuando escuchan el himno y añorar la pobreza de aquí, que al fin y al cabo es nuestra y como esa, ninguna.