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Por Juan Moreno

Para los que ya casi llevamos medio siglo poblando la tierra y nos tocó incluso habitar casas aquí en el centro, de vez en cuando nos invade la nostalgia y nos ponemos a recordar cómo era la vida por allá en el siglo pasado, cuando los hogares estaban llenos de muebles y aparatos que se extinguieron con el paso del tiempo y la tecnología. Aún son de grata recordación modismos afrancesados que usábamos para nombrar los muebles de la casa como:

Sommier: venía siendo como una cama de mejor familia, y seguro eran camas comunes y corrientes, pero sonaba más bonito decir “ay vea, no se me suba al somier que ya lo tendí. Tan desconsiderado qué es” (leer con voz de mamá antioqueña).

Bifé: este era un mueble que se ubicaba a un costado del comedor y que portaba un escaparate con vidriera. Allí se guardaban los platos, cubiertos y manteles “para las visitas” y ocasiones especiales. La famosa vajilla de pedernal Corona que nunca usamos, pues a uno cotidianamente le tocaba era en platicos despicados y con tenedores que se doblaban como si los hubiera cogido Uri Geller, el famoso mentalista israelí que hacía eso, vivir de doblar cucharas a punta de fuerza mental y cobrar por ello.

Chifonier: primo del bifé, el chifonier era un pariente rico de la cómoda y se trataba de un mueble alto y estrecho donde se guardaban las cobijas, los edredones, las sábanas y demás trapos con los que se “acobijaban” los habitantes de la casa. Era un edificio de cajones que contenían lo mismo, telas y más telas esperando para alborotarte las alergias.

Canapé: este es considerado como el mueble más inútil y estorboso en la historia de los hogares de antaño. ¿Para qué servía un canapé? Para estorbar y para que los dedos buscaran sus patas como si estuvieran imantados. Era una vaina que no tenía espaldar y en lugar de apoyabrazos tenía unas estructuras en madera que hacían una curva hasta los hombros. O sea, no había forma de descansar las extremidades superiores ni la espalda. Todo un “echavisitas”.

Neceser: un neceser era como el maletín del gato Félix o del inspector Gadget, mejor dicho, era el equivalente al carriel de los hombres. Generalmente abullonado en su exterior, con manija y colores pastel, al abrirlo se desplegaban varios pisos rebosantes de elementos privativos de uso femenino. Espejos, “pintalabios” (otra vejez), rubores, sombras, luces, hilos, agujas, botones…En fin, para ellas no había cómo vararse en una salida si tenían el neceser a la mano.

Poyo: en la cocina, el poyo era superficie en la que se ponían todos los elementos propios de este lugar y el “apoyo” (será por eso que se llama así) en nuestras expediciones para saquear alacenas del preciado líquido (La Lechera) y del polvo de oro (Milo). “!Bajáte del poyo jiquerón que te vas a matar, entelerido!” era el tierno consejo de la madre tras pescarnos con las manos en las golosinas. Era ese bramido el que nos hacía caer, la verdad sea dicha.

Teléfono fijo: este noble aparato, que servía “para acortar distancias y no para alargar visitas”, como decían las mamás cuando uno hablaba con la novia en medio del famoso “cuelga tú…No, cuelga tú”, ya casi es un adorno inútil en nocheros y mesas de salas. Solo sirven como citófono en los edificios o para darse cuenta de que, cuando suena un teléfono fijo en una casa, es que allí habita gente mayor de 60 años.

El DVD: en plena época de Netflix y YouTube, tener hoy en día un reproductor DVD en la casa es tener un adorno debajo del televisor o un soporte para el WiFi. Pocos aparatos con vida tan efímera como este, sustituto noventero del Betamax y el VHS. Hoy en día, su utilidad es reproducir películas de semáforo y dudoso origen. Lo mismo pasa con los discos de vinilo y los CD, ya no hay ni donde oírlos y comprar un tornamesa para los acetatos vale una fortuna.

Radio Reloj: este aparato fue un fiel compañero de quienes gustábamos de despertarnos con noticias o sintonizando alguna emisora musical, pero que nos traicionaba en las madrugadas en las que un apagón descuadraba la alarma y el titilar del “12:00” nos hacía coger del día. Hoy, un celular cumple esa función, o hasta el mismo televisor se encarga de darnos los buenos días. Un radio reloj no se consigue ya sino en el centro.

Calculadora científica: ¿recuerdan la famosa Texas Instruments?, un aparato con más botones que un almacén de Mil Variedades. Los más avezados lo usaban para sacar seno, coseno, tangente y secante, mientras uno solo para las cuatro operaciones básicas o para escribir “ELBEBE”.

Máquina de escribir: la vieja Smith Corona o la Olivetti Lettera 28 yacen por ahí refundidas en el cuarto inútil, cogiendo polvo en su estuche con cierre y con más óxido que el casco del Titanic. Pero qué aventura era escribir en ellas, sin margen de error y con el famoso Liquid Paper a mano o el limpiatipos mientras “chuzografiábamos” las portadas con Normas del Icontec para los trabajos del colegio.

El Beeper: antes de la democratización del celular, el beeper era el aparato más in para que lo desenterraran a uno de cualquier lado. “Buenas, un mensaje para el 7258, favor llamar a “fulano o perano, “que mande la plata que el examen salió positivo” y cositas así por el estilo.

Y aquí pensando, uno no debería ni deshacerse de estos artilugios electrónicos ni de los muebles esos afrancesados, porque, ya ven, como está tan de moda entre los millennials y los hipsters lo retro, quién quita que uno, añejando todo eso, el día de mañana salga de pobre vendiéndolos bien caros en un pulguero. Casos se han visto, porque ahora nada es viejo, todo es “vintage” y eso hace una diferencia bien grandecita en el precio.