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Cartas al centro

El pasado 31 de marzo más de 50 entidades y colectivos ciudadanos firmaron un acuerdo de voluntades mediante el cual estrecharon sus vínculos y propósitos, para trabajar unidos para darle un nuevo significado al centro de Medellín.

 

Al llamado también respondieron grandes escritores, que con sus singulares voces, plasmaron en papel lo que ellos querían expresarle al corazón de la ciudad. Siete fueron las cartas, emotivas, llenas de recuerdos, de pasado, de futuro. A continuación usted podrá leer una de ellas, las demás puede disfrutarlas en www.centropolismedellin.com

 


¿El Centro?: Sí, gracias

 

Por Luis Germán Sierra J.
Tengo muchos años, no digamos cuántos, que no tiene importancia; lo que sí la tiene, al menos para mí, es que muchos de esos años los he vivido en el centro de la ciudad, o mejor será decir que los he vivido queriendo el centro de la ciudad, queriendo lo que he vivido en ese centro.

Inconscientemente, aprendí que esa parte de la ciudad era fundamental en mi vida, que era fundamental en la vida de todo el mundo, por lo menos del mundo que yo más conocía y en el cual me gustaba moverme —hoy sé claramente que una ciudad sin centro es una especie de contrasentido, de cosa ridícula, como un cuerpo sin cabeza y sin alma—.

Los cines a los que iba con los amigos varios días en la semana; los cafés en los que nos sentábamos a echar carreta mientras bebíamos un café o unas cervezas o, solitarios, a leer; los auditorios en los que conocíamos gente y escritores y actores y pintores; las salas de exposiciones en las que fuimos explorando el arte hasta pensar ingenuamente que ya entendíamos mucho; las librerías en las que fuimos haciendo nuestros pinos de bibliófilos y a las que entrábamos a gastarnos, sobre todo, el tiempo más moroso del mundo, y hasta comprábamos uno que otro libro; los restaurantes a los que íbamos a almorzar (o a desayunar después de pasar la noche por allí cerca, en algún hotel de media petaca, pero limpio, en alguna compañía) con los amigos y, después, hasta con los hijos, que allí, en ese centro, también se fueron criando, bajo ese paisaje de multitudes y de cosas para ver y oír y tocar y comer y leer y aprender y comprar.

Pero del centro se fue todo el mundo y al centro llegó todo el mundo. Poco a poco se fueron cerrando los cines y las librerías y los cafés y las salas de exposiciones y los restaurantes —aunque quedan en pie algunos emblemáticos y resistentes—. Se fueron cerrando hasta las aceras para caminar. A las nueve de la noche el centro de Medellín es un buque fantasmagórico y más sucio que nunca. Tal vez esta ciudad nunca ha sido lo que los gobernantes nos han querido convencer que es: una tacita de plata. Lo que ellos han hecho, sobre todo, ha sido taponar los graves problemas que subyacen y que laten con cifras escalofriantes en muchos sentidos. Y también esos gobernantes se fueron del centro. “Ahí les dejamos”, parecieron decir. Y al centro llegó el griterío y el hacinamiento y la más absoluta informalidad, y el delito multiplicado por mil y el parche (el de mugre es muy grande) y las carnicerías y las aceras atiborradas y los serenateros y…

Duele oír que nadie quiere ir al centro (aunque vive lleno, hacinado, sonámbulo), que los encuentros se citan para los centros comerciales —encerrados, vigilados, súper iluminados— y que los hijos hoy, sin excepción, se crían allí.

Pero está claro que una ciudad sin centro, como es hoy Medellín, es un contrasentido, una cosa ridícula, como un cuerpo sin cabeza, sin alma.


El Centro de Medellín: ¿punto de encuentro o tierra de nadie?

 

Por Juan José Hoyos
Para los que habitan sus calles, el centro de una ciudad son muchos lugares en épocas distintas. A medida que la vida colectiva se transforma, con el paso de los años el centro se mueve y cambia de lugar, a veces en forma caprichosa; otras, guiado por la mano del hombre.

En la época colonial, el Centro de Medellín eran las calles que rodeaban algunos parques o iglesias como La Veracruz, San Benito o La Candelaria. A comienzos del siglo XX, eran las calles aledañas a los almacenes y los bancos del Parque de Berrío; a la Plazuela de San Ignacio y al Paraninfo de la Universidad de Antioquia; o a los negocios de abarrotes y las cantinas que rodeaban la vieja plaza de mercado de Cisneros.

Para los viajeros, el Centro era el lugar donde ellos bajaban de los vagones del Ferrocarril de Antioquia o de los camiones que los transportaban desde los pueblos. Para las familias que pertenecían a la élite, en cambio, eran el Club Unión, el Parque de Bolívar y las mansiones del barrio Prado.

Después de los incendios que destruyeron parte del Parque de Berrío y la plaza de Cisneros, el Centro pasó a ser la ciudad que surgió de esas ruinas. Las nuevas avenidas fueron transformando el paisaje: las viejas casonas que bordeaban la quebrada Santa Elena, una vez que su cauce fue cubierto por el concreto y el asfalto, cedieron su lugar a la avenida La Playa. Las demás sucumbieron, años más tarde, al paso de la avenida Oriental. La ciudad empezó a borrar su pasado a golpes de piquetas, taladros y cinceles.

Para los muchachos que nacimos en los barrios en los años cincuenta, el Centro era esa ciudad que crecía a una velocidad de vértigo en mitad del valle formado por el río Medellín, más allá de los límites de nuestro vecindario. Era el sitio donde estaban los grandes almacenes, los edificios del gobierno, los mercados populares, las clínicas, los hospitales, las grandes iglesias, los cementerios, las universidades, los bancos, los museos, las librerías, las bibliotecas, las oficinas de las empresas, los bares, los cafés, los restaurantes, las grandes plazas y parques públicos…

Con la desaparición de los teatros de cine en los barrios, el Centro también se convirtió para nosotros en una especie de refugio donde podíamos reconciliarnos con los sueños en teatros como El Cid, el Odeón, el Lido, el Ópera, el María Victoria, el Metro Avenida, el Libia… Al amparo de su penumbra crecimos viendo las películas de los grandes maestros, enamorándonos de las estrellas del cine y escuchando la música de nuestra generación.

En algún momento, todo ese mundo empezó a derrumbarse. Los grandes almacenes se trasladaron a los centros comerciales que se construyeron en los barrios de clase alta. La plaza de mercado de Cisneros desapareció junto con el Ferrocarril de Antioquia. Los edificios del gobierno se trasladaron al nuevo centro administrativo de La Alpujarra. Los bancos y las oficinas de las grandes empresas emigraron a El Poblado. Las librerías cerraron sus puertas…

Y lo mismo sucedió con los teatros… Después de que los taladros derrumbaron los muros del antiguo Teatro Junín para construir una torre de oficinas, su suerte quedó sellada. Casi todos fueron reemplazados por centros comerciales y edificios de apartamentos.

Hoy sus fachadas son como fotografías arrancadas del álbum de nuestras vidas. Y el Centro, con excepción de algunos lugares que sobrevivieron a la catástrofe, ya no es más la tierra amiga que nos daba cobijo.


Desenfocado

Por Paloma Pérez Sastre
Un GPS interno se empeña en conducirme a mi trabajo en el barrio Prado, cruzando el Centro por la avenida de ocho carriles que lo dividió sin piedad en los años setenta. Los durmientes de las pirámides de colores todavía navegan en las profundidades, y ya el ruido se impone sobre la palabra y la mirada. Apurados y cabizbajos, los caminantes cruzan cada semáforo en racimos silenciosos.

Desde una ventana del cuartel de policía, antes colegio de monjas (cuánto se parecen un colegio y un cuartel), una adolescente melancólica advierte mi paso. En su mirada, las callecitas de casas republicanas y la panadería de horno oloroso, donde vendían paquetes de recortes de parva. Todavía traquetean en sus oídos los taladros mecánicos rompiendo el suelo y repica el asombro ante el inmenso campo que se abría a golpes de almádena para cubrirse con placas de concreto.

En la iglesia de San José bautizan a una niña con nombre de ave doméstica. La cúpula de ladrillo ruñido apenas se adivina detrás de una valla mugrienta y vulgar. Un nudo de afecto y lástima me estruja. Siquiera vino el tranvía a liberar a Ayacucho de las chimeneas negras de los buses y a reemplazar los resonadores por el tintineo que acaricia el adusto Paraninfo de la Universidad. Te veo con los ojos de adentro, Plazuela de San Ignacio; fuiste mi casa, ahora te albergo. Tus claustros, testigos de la Guerra de los Mil Días, atesoran reservas del silencio amasado por monjes y académicos; y en ellas bebo.

Las aves de mi especie vuelven a su lugar de origen. Mi radar me sabe exiliada de ese Centro de caminar tranquilo que a diario se superpone a este Centro visto por la ventanilla, como dos imágenes que no enfocan. Como un paisaje desenfocado.





Orines con perfume de colegiala

 

Por Reinaldo Spitaletta
Querido y odiado Centro: Cuando tenías cara de muchacha bonita, con uniforme del Cefa o de La Presentación, cuando olías en Junín a pan francés y jugo de mandarina, cuando por el Parque Bolívar —tierra de élites de pipa y traje inglés sonaban las músicas matinales del domingo—, me enseñaste que entre más pisara tus calles, mis zapatos te querrían más.

Ve, como decía la tía Verania, me conquistaste a punta de fotogramas, y desde el viejo Oeste hasta Kubrick contribuyeron a mi educación sentimental; me ubicaste en la penumbra de pantalla encantada, en la que, a veces, alguna señora deslizaba su mano inquieta en búsqueda de un tesoro escondido, o, cómo no faltaban los cacorrones de media luz, un aseñorado señor se aficionaba a tocar muslo y salía trasquilado.

Quién lo creyera, pero en el Sinfonía vi a Genoveva de Bravante y, después, tal vez porque el dueño creía que era pura pornografía, varios filmes de Pasolini (Teorema y El Decamerón, entre ellos). Y como a un diletante, las tardes del Cine Libia me regalaron a Lina Wertmüller y Liliana Cavani; y primeros planos de la inquietante Liv Ullman.

Poco me interesaron tus misas, pero sí tus mesas de café, desde La Boa pasando por la extinguida Arteria de noches universitarias y alicorados paliques, hasta hundirme en las tinieblas etílicas del Jurídico, La Bahía y el Oro de Múnich, con estaciones en el Caló, un bar de coperas hermosas. Y, claro, aquel bar de escasas mesas, en una esquina de sindicalistas y tipógrafos: La Chispa, que parecía una sucursal de Lenin y sus bolcheviques.

En tu asfalto de tango y son echamos a volar guitarras nocturnas en días de estado de sitio mafioso, como un desafío a los que querían terminar con la noche. Y cantamos en las bancas del Parque de Bolívar trovas al Che y leímos a Cortázar. También, sobre ese mismo asfalto, vi caer policías y borrachos con los bolsillos al revés.

Tal vez, de tanto estar en tus entrañas, no me percaté de tus cambios: donde había un cine apareció un prostíbulo o una iglesia apocalíptica; donde había un cafetín, un parqueadero de motos. Y las librerías se esfumaron. Y solo quedaron bancas de especulación y bustos de próceres de hollín con mierdas de paloma.

Te sigo andando (¿amando?). Porque tu cara es múltiple. Bonita y fea. Musical y sorda. Sórdida. Y luminosa. Sos historia y memoria. Y tenés pájaros que atardecen en la Oriental. Divino y maldito. Sos centro de gravedad. Moribundo y naciente, con mezclas de olores extremos: meados de parque con perfume de colegiala.


Medellín, mi piel

 

Por Eufrasio Guzmán Mesa
¿Qué ha sido esta querida Medellín que tanto hiere y excluye? ¿Qué podrá ser? Algo no definido, visto ni oído y que estamos por paladear. Algo por construir, pero no se hace solo con ladrillos y parques, aunque también importan y se ven bellos cuando están tocados por el arte y la gracia.

La ciudad es un conjunto de gestos que suponen la activación de todos los sentidos: vernos, darnos la mano, mirarnos a los ojos, escucharnos, atentos a lo que duele, para palparlo. Hay que reparar lo que está descompuesto para que algún día podamos sentarnos como iguales a la mesa y celebrar lo que nos congrega. Observo toneladas de pavimentos nuevos, vías de diez carriles; zonas extensas, no para humanos, sino para máquinas particulares. Y comparo esa cifra con las pocas aceras y unas cuantas escalinatas eléctricas, y con los miles de habitantes desprotegidos, desposeídos, ajenos a las oportunidades, implorando un rincón dónde depositar sus huesos, un resto de andén, un lugar cualquiera. Para venir a saber que ese duro andén es mejor que los canalones, los despeñaderos que los llevarían de regreso a su hogar perdido en la tierra ajena que disputan bandos como feroces perros de presa.

¿Cómo nace la aldea humana? Se elige un paraje, se levantan empalizadas y moradas para la protección y el encuentro. Amo esta ciudad como si fuera mi piel, lo que en una es nuevo espacio y sector desconocido, en la otra es exceso, escoriación, mancha. Aprendo a convivir con ello. Salgo de mi coraza y emprendo la peregrinación a lo espontáneo y fresco que me reta, mi vida que es cada mañana diferente, la ciudad, nuestra morada mayor, están hechas con el tejido de nuestros sueños; son emanación de los cuerpos.

La ciudad es un recubrimiento vital, membrana que nos integra a la tierra. Por eso nos duele tanto y la llevamos en el cuerpo y el alma hasta la muerte.

La escritura y el arte de las calles vuelven a fundar las ciudades en la piel del espíritu que las vio nacer y terminan por volverse más fuerte que las piedras. Y por eso hoy, por la gracia de la palabra y el gesto, debe nacer una ciudad que ya no es la de los álbumes de cartones negros y fotos viejas, sino la rutilante y coral que nacerá cada mañana en la vida fresca de todos sus habitantes.


El Centro de Medellín: evocación y anhelo

 

Por Mario Yepes Londoño
Mis primeros años de crianza, entre 1947 y 1953, fueron en una casa de propiedad de mi abuela materna, ubicada en la Avenida de la República: el cuarto nombre de las vías que se alargan junto al cauce de la Santa Elena, la quebrada que empieza en La Playa y sigue en las avenidas Primero de Mayo y De Greiff; ésta muere en el cruce con Cúcuta, la carrera sostenida por un puente de ladrillos oculto por la cobertura pavimentada pero que nosotros veíamos, desde el tramo descubierto al frente de nuestra casa, cuando cruzábamos un puente estrecho que nos llevaba a uno de nuestros lugares favoritos de juego: la estatua de Francisco Antonio Zea, inmerecido mármol del maestro Marco Tobón Mejía; entonces la plazuela era un parque y no el muladar de hoy.

Siguiendo la quebrada llegábamos a la Estación Villa, donde todos los domingos íbamos con padres, tíos y primos a ver la llegada imponente, sobrecogedora, del tren de vapor de Puerto Berrío. En 1953 nos fuimos a vivir en el barrio Los Libertadores (San Joaquín), pero volvimos durante un año en 1956, cuando ya avanzaban los trabajos de cobertura del último tramo de la quebrada. Entonces desaparecieron de sus márgenes los guayacanes y las “mionas” cuyas flores llenas de agua nos lanzábamos a la cara. También desapareció la tienda donde mi abuelo paterno nos “vendía” bocadillos, y desapareció la infancia, y en poco tiempo se acabó el ferrocarril.

El Centro sigue siendo para mí un territorio donde se concreta Medellín, el rostro convulso de su organismo social. Viví varios años en el Parque de Bolívar y, alternando con barrios periféricos, recurrí a la misma zona siendo soltero en Bolivia con Bolívar, y luego casado (mi esposa se crio por allí) y con mis hijas, hasta cuando el avance del lumpen desterró a todo el que no viviera de cinco pisos para arriba y quisiera criar hijos sin peligro. Tuve que resignarme a no escuchar más las campanas de la Catedral (los curas han acabado con toda la buena música). Hace 35 años vivo en Envigado pero casi todos los días bajo al Centro.

Para mí, además de Guayaquil y otros bajos fondos, el Centro es el lugar donde escuché muchas veces la Retreta de la Banda de la Universidad de Antioquia, desde la era Joseph Matza; donde con buenísimos amigos fui a innumerables conciertos de Pro Música en el Lido y en el Junín; y donde estrené y mantuve obras de teatro y de ópera en el Pablo Tobón Uribe y en el Pequeño Teatro, y luego en El Tablado, hasta cuando vino el despojo.

Hoy el Centro, arrasado en su arquitectura inolvidable, sigue siendo fascinante para quien se sienta en su ciudad y en su país. Para quienes no pueden despojarse de su condición de clase para juzgarlo todo, es un horror indecible; algunos ni siquiera volvieron y otros no lo conocen. Sí, por allí circula toda la agitación, “el sonido y la furia”, pero también la belleza y la vida. El Centro es el vientre, la circulación obligada de una ciudad que ahora, al contrario de cincuenta años atrás, tiene gente viviéndola, que llega desbordadamente y la atraviesa desde todos sus puntos cardinales. La mayoría se encuentra en el límite de la supervivencia, del rebusque sin pausa y del todo vale, es cierto. Pero eso fue lo que construyó nuestra “clase dirigente”, la misma que se pasó a dirigir el mismo libreto y el mismo destino desde alturas cada vez más inaccesibles.

Tengo la plena certeza de que el Centro es recuperable, pero no lo hará por sí mismo ni solo: tendrá que hacerlo toda Colombia, cuando haya igualdad de oportunidades y educación en el respeto por la diversidad; cuando la gente recupere (o aprenda por primera vez) el disfrute del silencio y pueda conocer alternativas en la cultura que no sean más de lo mismo que le han molido.


Sentimiento por el centro

 

Por Ricardo Aricapa
En el Centro hay lugares que me gustan, los hay que me disgustan, y hasta me molestan, y no pocos me asustan. El Centro tiene unas imágenes que me emocionan y momentos que amo, y cuando no amo por lo menos me suben el ánimo. Los tiene también que me dejan frío, o me entristecen, o me bajan de nota, o me emputan. Y todo eso de una manera cercana, cotidiana, porque el Centro no es algo ajeno a mi vida, no es un asunto allá.

Ha sido por tiempos mi lugar de trabajo, actualmente lo es, y ha sido sobre todo mi hábitat durante muchos años, casi los que llevo viviendo en Medellín. Aunque no propiamente el Centro ha sido mi hábitat, aclaro, sino sus fronteras: los barrios Boston y Prado, que ya prácticamente se han vuelto Centro también. Una vez sí viví, como dos años, en el “centro-centro”, en el ojo del huracán, y no resultó muy amable.

¿Cuál es la razón de ese apego mío al Centro? Me lo pregunto ahora. Y la respuesta no puede ser completa porque los apegos vienen en buena parte del inconsciente, uno no se los propone ni los programa. Simplemente surgen, echan raíces; uno no se da ni cuenta. Pero en mi caso sí hay factores que creo pueden explicarlo.

Uno es el hecho de ser soltero empedernido y sin hijos, lo cual me ha salvado de la necesidad de buscar espacio en las afueras, en barrios más propicios para levantar una familia. Y dos, el no ser nacido en Medellín. Yo soy de Riosucio, Caldas; allí pasé la infancia e hice todo el bachillerato. Y uno es de donde hizo el bachillerato, se ha dicho. No soy pues de ningún barrio, no puedo decir como otros: soy de Manrique, soy de Belén, o del Poblado, o de Castilla. Yo tengo que decir que soy del Centro, que es como decir soy de ninguna parte, considerando que es un lugar de todos y de nadie.

Es un lugar de todos porque la estructura de la ciudad es radial, fue diseñada para que todo confluya en el Centro, como los radios de una bicicleta. De ahí el gentío que congrega, incluso los domingos. En alguna parte leí que el Centro mueve más de un millón de personas diariamente. Eso es mucha gente, como veinticinco veces el cupo completo del estadio Atanasio Girardot.

Y es un lugar de nadie porque no tiene dolientes, habitantes propios, familias residentes. Es un torrentoso caos de día, y un éxodo masivo al caer la noche, cuando se convierte en un oscuro desierto con pocos oasis. A las seis de la tarde las oficinas ya han apagado sus luces y han cerrado los talleres y las industrias; a las siete bajan sus cortinas los almacenes, un poco más tarde lo hacen los tecnológicos y universidades, y después de las nueve bajan el telón las salas de teatro que milagrosamente sobreviven, y a la altura de las diez ya es poca la vida que queda, son contados los buses y escasas las patrullas policiales. Y de ahí en adelante el Centro queda en otras manos, otros oficios y otras mañas, queda a merced de los habitantes de la noche, de los celadores, los taxistas, los indigentes, los drogadictos, las putas, los travestis, los malandros, los gatos callejeros…

Se habla de intervenir el Centro, de hacer cuantiosas inversiones para redimirlo y tratar de ordenarlo, lo cual es propósito loable, necesario, demorado incluso. Pero lo que si no se puede esperar, porque no se le pueden pedir peras al olmo, es que el caos se reduzca, que el Centro pierda su esencia tumultuosa y su vocación de bazar bullicioso. Eso no depende de la buena voluntad de un alcalde sino del modelo económico neoliberal que nos montaron, que en Colombia, y en el mundo entero, no ha hecho más que empobrecer a muchos y enriquecer a pocos.

Así que, en una ciudad de comerciantes como Medellín, en la que más de la mitad de la población económicamente activa tiene la aguja pegada en la economía informal, cuentapropistas que llaman, a la gente no se le puede pedir que no se rebusque con sus ventas y comercios callejeros; lícitos unos, otros no tanto, y otros abiertamente delincuenciales. ¿Y dónde se rebusca? Pues en el Centro.




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